miércoles 4 de enero de 2012

Muhammad Ali, novelista




Con ustedes Muhammad Ali, entrevistado por Playboy, en octubre de 1964. Entonces Ali todavía se llama Cassius Clay, no se ha convertido al Islam, no ha sido derrotado y es el bocafloja que empieza a vencer a los grandes pesos pesados de su tiempo. Ali todavía no ha peleado con Frazer ni con Foreman, en lo que serían algunos de los grandes showtimes de la era moderna. Pero Ali es Ali desde entonces. Leo las preguntas de Alex Haley, pero me impresionan más las respuestas. Ali busca en todo momento respeto, eso que le niegan los críticos ortodoxos del pugilato. Dice que siempre le ha gustado ser el centro de atención, que desde niño sus combates estaban llenos de otros niños que esperaban que alguien le quebrara esos labios gordos desde los que hablaba y fanfarroneaba, que su primer pelea fue a los 12 años contra un niño blanco y ganó. Ali dice sin tapujos que quiso saltar desde muy joven al profesionalismo, porque no quería llegar acabado y golpeado a su primera pelea.
Pero una de las cosas que más me impresiona de la charla del Campeón son sus enseñanzas narrativas, a modo de tenues tácticas que todo aspirante a escritor podría aprender. Me sorprende cómo Ali describe su manera de intimidar a los rivales, cómo se mete en la piel del otro peleador, cómo lo distrae con su boca para jugar con el otro en el ring, cómo lo engaña, incluso cómo crea un personaje de sí mismo, esa ficción, esa voz narrativa necesaria que le permitirá llegar al triunfo o ser efectivo. Me hace pensar en el modo en que algún escritor o director genial juega con nosotros en los instantes del arte. En algún momento, contra su rival Sonny Liston, Ali era that crazy Cassius Clay, el bocafloja que sería sacado a rastras por los médicos, el que hacía creer al otro que sólo era un fanfarrón más; pero fuera de las cámaras, a la sombra, Ali no para de entrenarse y de mejorarse física y técnicamente. Prepara su obra metódicamente, es aquel artista necio que siempre declara que está haciendo la obra del siglo ante las cámaras, y está convencido de su verdad y balbucea discursos, y llegada la hora, verdaderamente, la termina.
Cuando Alex Haley le pregunta por su preparación, Ali contesta casi como un novelista, un periodista, un escritor: "Sí (estudié a Sonny Liston). Su estilo de pelear. Su fuerza. Su punch. Cosas como ésas, pero eso era sólo una parte de lo que estudiaba. Cualquier boxeador estudiaría cosas como ésas del boxeador con el que va a pelear. Lo importante para mí era observar cómo actuaba Liston afuera del ring. Leí todo lo que pude de sus entrevistas. Hablé con la gente que lo había rodeado o que había hablado con él. Me tiraba en la cama y reunía todas esas cosas y pensaba en ellas, para tratar de hacerme una imagen de cómo trabajaba su mente. Y así fue como se me ocurrió que podía manejar las cosas, podía usar la psicología contra él –ya sabes, picarlo y ponerlo tan nervioso que ya lo habría vencido antes de que subiera al ring conmigo. ¡Y fue justo lo que hice!"
Muhammad Ali como ser obsesivo, como temperamento concentrado, como detective reflexivo que se aleja de sus puños para apelar a cierta lógica de personaje, al relato de su antagonista, y así descubrir la respuesta de su enigma. Era grande Ali como campeón, pero sobre todo como mente narrativa. "Cuando un hombre cree que estás loco, pensará dos veces antes de actuar. Imagina que estarás dispuesto a hacer cualquier cosa", dijo el Campeón recordando el incidente en que llegó a tratar de tirar la puerta de Liston a las 3 de la mañana. Luego se burla un poco de que el enemigo no tuviera una mente tan rápida como la suya, de que no examinara cuidadosamente todas esas acciones. Ahí esta Alí jugando al creador loco que se siente superior, al verboso surrealista, al showman que escandaliza las buenas conciencias, pero que tiene todos los ases bajo la manga. Algunos dirán que son rasgos del narcisista y del machito inseguro que busca ganarse el respeto social y el de sus pares mayores. Cierto, pero también queda claro que el Campeón es consciente y que los creadores no desconocen en sí mismos todo el cuadro antes mencionado.
Ali sabe lo que hace. Podía contar con perfecta lucidez su desempeño en el ring round por round, sabía lo que correspondía a cada momento, incluso sabía lo que vendría en el combate. Ali conocedor del ritmo del relato: "float like a butterfly, sting like a bee". Y por si fuera poco, Ali, boxeador-novelista, había logrado crear toda una ficción antes de ese clímax en el encordado. Recordaba montones de anécdotas como preámbulo del choque de los puños. Y lo disfrutaba. Y fanfarroneaba en ello. Con soberbia, con rimas simples y sencillas, que los críticos tildaban de horribles (aunque Ali tenía la boca llena de triste verdad: esos versitos con números eran más leídos y citados que cualquier verso de los poetas de su época).
Ahí esta Ali, en octubre de 1964, sentado y seguramente tan juguetón como envalentonado frente a los micrófonos de Playboy. Como el joven escritor que por fin se siente un demiurgo porque conoce a placer a todos sus personajes y sus intrigas, y sabe adónde va la obra de sus manos.


La entrevista Playboy con Ali en:
http://www.alex-haley.com/alex_haley_cassius_clay_interview.htm

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