El boxeo crece en las trilogías. No sólo en el renglón económico, sino en lo que respecta a su propia leyenda, a la hechura de su historia. Ali vs Frazer quizá sea la más recordada a nivel mundial, pero en los últimos tiempos la de Manny Pacquiao vs Juan Manuel Márquez era la favorita de la mayoría de los mexicanos. Como en los grandes combates, los antecedentes, la polémica, los contrastes, el destino fallido y dudoso para uno de los combatientes surten para una historia genial. Habían transcurrido 7 años desde la primera contienda. Pacquiao, zurdo, veloz, noqueador súbito en los últimos combates destrozando a cualquier peleador que le pusieran enfrente, subiendo o bajando en la váscula a placer. Márquez, guardia diestra, técnica depurada, estrategia y elegancia boxística, pero con una veteranía que le podía jugar una mala pasada. Era la pelea del poder contra la inteligencia, la del pegador contra el estratega (aunque incluso estos clichés merecen sus matices).
En las dos peleas anteriores, hubo un ganador incierto. El empate en la primera contienda, la segunda por decisión dividida para Pacquiao, que había tenido el privilegio de los golpes de poder, irrefutables. Y después, el negocio, la pelea que "el público quería ver", el arreglo entre promotores, la oferta, la aceptación de los 5 millones de dólares para que se encuentren de nuevo el filipino y el mexicano, pero bajo las condiciones de Pacquiao: peso: 144 libras, lugar: Las Vegas.
Preparación ardua, como quizás nunca para Márquez, ganando una musculatura que jamás había tenido y con el temor de perder velocidad y fuerza. Promoción abarrotada en México, Estados Unidos y Filipinas. Más de 40 mil personas en el DF para ver a ambos púgiles, por sólo poner un ejemplo. Y la pelea, que era una cuestión ya personal para Márquez como boxeador, de repente se convirtió también en un compromiso especial para el reciente Midas, el espectacular Manny. Si antes no había visto nada extraordinario en la batalla, ahora Pacquiao tenía dos fotos de Márquez en su pera. Las tenía para motivarse, no quería olvidar la "falta de respeto" de Márquez al portar una playera durante su visita a Filipinas donde se declaraba el ganador despojado de los combates anteriores. "Siempre que subo al ring, pido porque nadie salga lastimado", decía con velada ironía sobre el mexicano. Y Márquez respondió a las preguntas reporteriles que él no necesitaba una foto de Manny en su gimnasio para entrenar. "No la necesito porque tengo a Pacquiao en la cabeza", decía, "lo miro en cada sparring que se sube conmigo a entrenar". Sí, llenemos nuestra tinta con la historia del último combate del maestro contra la estrella de moda, contra el llamado "mejor peleador libra por libra", el pequeño que había silenciado o mandado a dormir a Cotto, Margarito, Hatton, Mosley, entre otros.
Y el combate fue de estrategia, parsimonioso, cerrado, nebuloso. Con Manny buscando a Márquez y el mexicano aplicando toda su paciencia y toda su conocimiento para salirse del alcance del filipino, caminándole al contrapie, alejándose de la poderosa zurda del filipino, rápida como un destello (que ya lo había derribado en las primeras dos peleas), entrando, dejando buenos golpes, saliéndose de nuevo, sin dejarle la distancia cómoda al Pacman. La visión de un Pacquiao que, aunque fuerza la pelea, no logra entrar del todo, conecta, pero también recibe. Incluso Márquez se da el lujo de entrar en el intercambio, aunque sabe que no le favorece. Y lo tocan, pero también toca. Ninguno cae. Cabezazos de uno y otro bando, que marcan los rostros, los hinchan, pero permanecen sin embargo limpios.
Pacquiao cada vez más desesperado, confundido, agarrado al ritmo que pone el mexicano, que ahora, como hace tanto tiempo no lo hacía baila con cadencia. Los rounds 5 al 9 son de lo mejor que quizás boxeó Márquez en su vida. No aplastando, sino dando cátedra. Conectando los ganchos, metiendo el volado en el momento preciso, quitándose con cintura los embates del Pacman. Después, el cierre violento y apresurado de Pacquiao, que lo lleva a ganar quizás los últimos asaltos. Resuenan los gritos: "Márquez, Márquez, sí se pudo, sí se pudo", de la mayoría de mexicanos que llenaron el MGM. Y cuando suena la campana, los mexicanos, hartos de guerras, fraudes, daños colaterales, heridas comunales, laborales y privadas, se frotan las manos, celebran. Márquez alza los brazos en señal de triunfo, se pone un sombrero de charro. El campeón del pueblo ha vencido al "devorador de mexicanos".
Y entonces, las tarjetas. La primera decreta un empate. Las dos siguientes dan el triunfo a Pacquiao. Los dioses oscuros del boxeo tienden de nuevo sus lazos indiscutibles, afrentosos. Incredulidad, deshonor del ring, rechifla en vivo y desde las casas, desvelada que culmina en mentadas de madre contra el televisor y en el sospechosismo. La clase y la elegancia se olvidan; los asistentes avientan de todo al filipino, que escapa un poco por la puerta de atrás. Márquez, incrédulo, sale desde antes en silencio.
Y a la mañana siguiente, el domingo, todos dicen en México que Juan Manuel ganó. "Le ganó al chino", dicen dos señoras en el café. "Joven, le ganó casi todos los rounds", me argumenta el mesero. Mentada de madre a Pacquiao resuena en Avenida Juárez. Sí, queríamos ver ganar a J.M.Márquez. Por el ajo nacional ya dicho, por la pelea, por el deseo de hybris y compensación de las deidades del boxeo y la justicia poética. Quizás si hubiera apretado más en el último asalto, quizás tenía que noquear, así y sólo así se le gana a un campeón en Las Vegas.
Y ahora que se habla de una cuarta pelea y de que Márquez dice que la aceptaría pero sólo con sus condiciones, yo digo no. Márquez no volverá a pelear así. Pacquiao no volverá a ser este estuche de dudas, esa desnudez de argumentos, esta falta de respuesta ante el rigor y la danza de la estrategia. No recibirá estos contrataques, no abrirá las manos así en la duda, no se inclinará titubeante en su esquina. Era ésta. El veterano campeón no volverá a vencer de una manera tan fina, tan sutil, y a la vez tan clara y tan elegante. No tendrá el hambre y el ansia de revancha que tuvo esta vez, porque los ajustes de cuentas se sirven mejor en su día y en su punto, no recalentados. Porque el boxeo, como el prendimiento de la muerte, como las grandes obras literarias, viene regularmente en paquetes de tres. Y no lo digo por menospreciar a un excelente púgil. Lo digo simplemente porque esa noche de sábado, tan parcial, tan humano y tan emocional como fui, yo también vi ganar a Juan Manuel Márquez.