domingo 30 de octubre de 2011

Ricardo Garibay, Fiera infancia

Éste es un libro que se siente. Fragmentario, nostálgico, lleno de oralidad y viveza. Garibay (1923-1999) hace sus memorias entre ires y venires, va y vuelve de su infancia a sus veinte años, recordando (andando sobre todo) las calles del San Pedro de los Pinos de los años 30 y sus alrededores (Avenida Revolución, Lomas de Becerra, Tacubaya). Geografía íntima del poniente de la ciudad, que aún tenía ríos e innumerables fresnos. Se trata de un texto que puede ser fácilmente caminado y contrastado, ahora que toda la zona es pavimento, avenidas y segundos pisos; porque incluso escrito en el año 82 ya todo suena a nostalgia y mejores días pretéritos. La pluma del hidalguense hace entrañables los distintos episodios de una vida: peleas estudiantiles, aromas de cocoles, la vieja fábrica de galletas Lara, las excursiones por las lomas cercanas, la vida de la calle, las piqueras, los primeros amores, los tiempos de las "escuelas escondidas" que las familias católicas mexicanas crearon en los años 30 ante la "amenaza comunista". Prosa intensa, lírica, de una brevedad que no decae, virtuosa a ratos, sobre todo en las páginas que narran la relación tormentosa entre el escritor y su padre (palizas tristemente memorables), así como las porciones dedicadas a la "pataleta" (un trastorno que Garibay sufría al modo de ataques de neurosis infantil) y la lucha interna del joven escindido entre una acendrada devoción católica de infancia contra los impulsos vitales y la curiosidad de la adolescencia. Sí, la memoria es antológica y tremendista. Es ficción. Ejercicio o terapia. Porque nada ha cambiado por dentro, siguen las mismas dudas, las mismas preguntas, los mismos golpes interiores de aquel niño rubio y chismoso que fue Garibay. El niño que se descubre uno mismo ante la menor provocación. Qué gusto encontrarme con esta primera edición de tapas moradas y una resortera, casi parecida a un volumen escolar. Un libro gozoso e impresionante.

"Estoy en medio del cuarto de baño, sobre el cemento verde. Hay un torbellino de no sé qué cosas a mi alrededor. Está quitándose el ancho cinturón negro, de pesada hebilla. Vuelta al aire. ¿De dónde me está agarrando, levantando, haciendo volar? ¿Cómo no me azoto contra el suelo? ¿Qué me mantiene en un aire podrido donde el cinturón se me estrella una vez y otra y otra vez y otra vez y otra vez y otra vez y otra vez?, malditas veces eternas, se me incrusta la hebilla en las nalgas, en el coxis, en la cintura, en las piernas, quemaduras, quemaduras, y me estoy cagando, me estoy miando, mis alaridos son estridentísimos, ensordezco, el cuarto de baño es un calabozo de paredes de hierro. El techo es infinitamente alto,un negror inalcanzable encerrado, asfixiado, y ahí me quedo, a media altura, sin gravedad, flotando brasas vivas, a un metro del cemento en un río de orines y de caca, jamás pude bajar del infierno." (46-47)

"Y hay un momento en que se dice: bien, de acuerdo, no puedo remediarlo, terminaré, sin más, ni modo; pero Dios mío todavía no, si acabo de comenzar, la infancia que cuento, aún la traigo montada en los hombros, aún sisea el aireo que me dejaron al pasar las mujeres de mis veinte años; aún no consigo una página imperecedera; aún no me explico ninguno de los misterios con que me he tropezado; aún no llega el momento en que pueda yo decir: por un momento, al fin, he estado de acuerdo conmigo, enteramente de acuerdo conmigo." (115)

Ricardo Garibay, Fiera infancia y otros años, México, Océano, 1982, 134 págs.

jueves 27 de octubre de 2011

James Ellroy, LA Confidencial

James Ellroy (1948) es un impresionante escritor de novela negra. La Dalia Negra es un libro magnífico, una de mis novelas favoritas, y ahora me tocó el turno con L.A. Confidencial. Otra novela que golpea: tremenda, ambiciosa, a veces exagerada y monumental en su tamaño, exigente por la cantidad de información que maneja y el montón de nombres que nos echa a los ojos, lleno de subtramas y personajes que exponen la corrupción policíaca, redes de pornografía infantil, tráfico millonario de heroína, y las distintas formas de hacer justicia de los tres personajes principales (Bud White, Ed Exley, Jack Vincennes), todos pertenecientes al Departamento de Policía de Los Ángeles. La novela abarca 8 años de historia policíaca y su núcleo es el homicidio múltiple en un pequeño restaurante, el Nite Owl, que conectará con todos los elementos ya mencionados. Además, combina recortes y notas periodísticas en algunos capítulos, que le dan una apariencia de verismo notable. El libro arranca un poco lento, pero es una gran experiencia, tanto física como intelectual. A ratos sólo nos queda dejarnos arrastrar por la corriente, confiar en la voz narrativa. Pero al terminar uno siente haber leído dos o tres novelas policíacas y se imagina a Ellroy tejiendo sus plots y bosquejando en los cientos de hojas de sus famosos esquemas narrativos, como un verdadero obseso. Aquí se repite un leit motiv de Ellroy: el hambre de justicia de un hombre (el sargento Bud White) en los casos olvidados de jóvenes prostitutas asesinadas, que abreva directamente de la dura historia personal del escritor (Ellroy sufrió el brutal homicidio de su propia madre en 1958, en un caso sin resolver). Todo lo anterior, en el marco de la California de los años 50, lleno de glamour, estrellas de cine, parques de diversiones para niños y la animación de caricaturas (¿referencia a Disneyland?). L.A. Confidencial forma parte del llamado Cuarteto de Los Ángeles (junto a La Dalia Negra, El Gran Desierto y El Jazz Blanco), y es una excelente muestra de la gran novela de crimen contemporánea, antes de que Ellroy evolucionara a un estilo casi telegráfico, elíptico, y por momentos más complejo. El filme homónimo basado en la novela apareció en 1997.

James Ellroy, L.A. Confidencial, Barcelona, Ediciones B, 1993, 621 págs.

martes 18 de octubre de 2011

John Steinbeck, A un dios desconocido

Otra novela extraordinaria. Confieso que desconfiaba de John Steinbeck (1902-1968), sobre todo por críticas que había leído en la red y que primordialmente involucraban su concesión del Premio Nobel en 1962. Pero esta primera novela que leo de Steinbeck es grande y eso que no es su obra más celebrada y famosa, Las uvas de la ira (que ahora ansío leer pronto). A un dios desconocido es la historia del joven granjero Joseph Wayne, quien recibe la bendición de su padre y se marcha de Vermont a California porque quiere tener una tierra para sí. Ahí, la vitalidad del paisaje y las oportunidades le sonríen tanto que manda traer (como José en el Génesis) al resto de sus hermanos. Además, Joseph desarrolla un apego especial por el roble que le da sombra a su casa, al punto de creer que el árbol resguarda el espíritu de su padre muerto. Lo cuida, le habla, le da sencillas ofrendas, se siente protegido con él. Inicia entonces la historia de una suerte de breve patriarcado, con pasajes llenos de poesía y vivísimas descripciones de este valle californiano. Pocas novelas tan apasionadas por la fertilidad terrestre, animal y humana como ésta. A un dios desconocido está lleno de referencias bíblicas y paganas que saltan por todas partes, pero que no cansan al lector. Joseph es a veces José, a ratos Abraham, incluso un poco Jesucristo. Pero también es un hombre natural, que ama los bosques y las aguas con tal intensidad, que pueden causar escándalo o extrañeza en los otros. Un ser en el que "las cosas antiguas de la sangre" laten con toda la fuerza, más allá de cualquier religión institucionalizada. En él todo es camino a la fertilidad; no hay individuos, sino pueblos que dan origen a nuevos pueblos. Y uno puede pensar en paganismo o en el alma universal de la naturaleza en estas páginas, pero pese a las probables influencias de Jung o Joseph Campbell, la novela evade el tratado antropológico. Es amable, avanza y se detiene, pero siempre mantiene su ritmo estacional (como puede sentirse en algunos textos de Cesare Pavese o Haroldo Conti). Esto me parece sobresaliente, porque el lector experimenta el fluir del tiempo en el relato, vive cada estación. Leerlo es como haber recobrado algo, porque esta sensación está abolida en la mayoría de la narrativa urbana. Quizás el punto culminante es que la gran bendición de Joseph terminará tornándose en aparente maldición, expresada en esterilidad y sequía de su granja amada, cuando el árbol-padre es talado por el hermano religioso de Joseph. El anima mundi arrojará al protagonista a coquetear entre la locura y la revelación durante toda la novela, y terminará dejándolo sin esposa, hijos, ni hermanos; debido a la intolerancia religiosa, los accidentes fatales o la búsqueda de supervivencia de sus congéneres. Entonces el mundo yermo requerirá un sacrificio para restaurar los ciclos de vida, que Joseph emprenderá finalmente. En fin, un texto con resabios míticos y bíblicos, con simbolismos y arquetipos consistentes (padre-árbol, mujer-tierra, arraigo del hombre-tierra), pero que puede leerse como una deliciosa novela natural sobre los ciclos perennes de la vida y la muerte.

"Los calcetines de lana que había puesto a secar en la rejilla seguían mojados. Eran signos de la vida de Elizabeth que todavía no habían desaparecido. Joseph reflexionó serenamente sobre ello. No se puede segar una vida de repente. Una persona no está muerta hasta que las cosas que cambió hayan muerto. Su efecto es la única prueba de su vida. Aunque lo que quede sea un recuerdo triste, una persona muerta no desaparece, no se acaba. Pensó: "La muerte de una persona es un proceso lento y largo. Matamos una vaca, y está muerta tan pronto como nos hemos comido su carne; pero la vida del hombre se extingue de la misma manera que la turbulencia de las aguas tranquilas de un estanque, en olas pequeñas extendiéndose y aumentando según se acercan a la tranquilidad."" (200)

John Steinbeck, A un dios desconocido, Barcelona, RBA Libros, 271 pp.



sábado 15 de octubre de 2011

De malas con Cormac McCarthy

Ésta es la cuarta vez que intento entrar en una novela de Cormac McCarthy. Pero no, no puedo. Sé que dicen que es el otro gran escritor estadounidense de culto que queda vivo, después de lo de Salinger, y aunque me gusta el perfil de hombre renuente a entrevistas y fotografías, refugiado en una casa de campo y de escritura "dura" en páramos rurales, simplemente no me llama. Leo sus novelas página tras página, sobre todo No es país para viejos y La carretera, y veo episodio tras episodio, laconismo y diálogo sucesivos, y simplemente puedo pensar en otras novelas mientras pienso en las suyas. Pienso en otros escritores que me han emocionado más con anécdotas mínimas o materiales desérticos afines. Y esto sucede a pesar de que cada vez me interesan más este tipo de novelas, estas geografías de sangre. Pero ya he vivido otros casos en que alguien se trata más de una actitud que de una prosa. En fin. Quizás tan sólo no es el momento para leerlo.

lunes 3 de octubre de 2011

Sobre Vértigos en SLP

Dejo aquí el enlace a la nota que apareció en el Diario Pulso, de San Luis Potosí, sobre la presentación de mis Vértigos, gracias a invitación de mi querida Amanda Cárdenas.

http://mival.mx/pulso/Pdfs/San%20Luis/20110813/SLH1319.pdf

Henri Cole, "Sin niños"

Durante muchos años quise un niño,
aunque sabía que sólo iluminaría la vida
por un tiempo, como una estrella sobre un árbol; creí
que la felicidad por fin se impondría,
como un pájaro sobre una jaula sucia, instándome,
embajador de la carne, a escapar del duro
manicomio del sexo.
Tumbado sobre mi cama,
soy como un novio que busca sucesivamente unirse
a alguien y resistirse a que eso le devore.
El amor de un hijo por su madre es como un río
que divide el continente para alcanzar el mar:
eso creí una vez. Cuando moriste, Madre,
me quedé solo al fin. Entonces regresaste,
lúgubre y codiciosa como el mar, para reclamarme.

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CHILDLESSNESS

For many years I wanted a child
though I knew it would only illuminate life
for a time, like a star on a tree; I believed
that happiness would at last assert itself,
like a bird in a dirty cage, calling me,
ambassador of flesh, out of the rough
locked ward of sex.
Outstretched on my spool-bed,
I am like a groom, alternately seeking fusion
with another and resisting engulfment by it.
A son`s love for his mother is like a river
dividing the continent to reach the sea:
I believed that once. When you died, Mother,
I was alone at last. And then you came back,
dismal and greedy like the sea, to reclaim me.

(Henri Cole es un poeta estadounidense, nacido en Fukuoka, Japón en 1956. "Sin niños" viene en La apariencia de las cosas, trad. y prólogo de Eduardo López Truco, España, Quálea, págs. 32-33.)