Éste es un libro que se siente. Fragmentario, nostálgico, lleno de oralidad y viveza. Garibay (1923-1999) hace sus memorias entre ires y venires, va y vuelve de su infancia a sus veinte años, recordando (andando sobre todo) las calles del San Pedro de los Pinos de los años 30 y sus alrededores (Avenida Revolución, Lomas de Becerra, Tacubaya). Geografía íntima del poniente de la ciudad, que aún tenía ríos e innumerables fresnos. Se trata de un texto que puede ser fácilmente caminado y contrastado, ahora que toda la zona es pavimento, avenidas y segundos pisos; porque incluso escrito en el año 82 ya todo suena a nostalgia y mejores días pretéritos. La pluma del hidalguense hace entrañables los distintos episodios de una vida: peleas estudiantiles, aromas de cocoles, la vieja fábrica de galletas Lara, las excursiones por las lomas cercanas, la vida de la calle, las piqueras, los primeros amores, los tiempos de las "escuelas escondidas" que las familias católicas mexicanas crearon en los años 30 ante la "amenaza comunista". Prosa intensa, lírica, de una brevedad que no decae, virtuosa a ratos, sobre todo en las páginas que narran la relación tormentosa entre el escritor y su padre (palizas tristemente memorables), así como las porciones dedicadas a la "pataleta" (un trastorno que Garibay sufría al modo de ataques de neurosis infantil) y la lucha interna del joven escindido entre una acendrada devoción católica de infancia contra los impulsos vitales y la curiosidad de la adolescencia. Sí, la memoria es antológica y tremendista. Es ficción. Ejercicio o terapia. Porque nada ha cambiado por dentro, siguen las mismas dudas, las mismas preguntas, los mismos golpes interiores de aquel niño rubio y chismoso que fue Garibay. El niño que se descubre uno mismo ante la menor provocación. Qué gusto encontrarme con esta primera edición de tapas moradas y una resortera, casi parecida a un volumen escolar. Un libro gozoso e impresionante.
"Estoy en medio del cuarto de baño, sobre el cemento verde. Hay un torbellino de no sé qué cosas a mi alrededor. Está quitándose el ancho cinturón negro, de pesada hebilla. Vuelta al aire. ¿De dónde me está agarrando, levantando, haciendo volar? ¿Cómo no me azoto contra el suelo? ¿Qué me mantiene en un aire podrido donde el cinturón se me estrella una vez y otra y otra vez y otra vez y otra vez y otra vez y otra vez?, malditas veces eternas, se me incrusta la hebilla en las nalgas, en el coxis, en la cintura, en las piernas, quemaduras, quemaduras, y me estoy cagando, me estoy miando, mis alaridos son estridentísimos, ensordezco, el cuarto de baño es un calabozo de paredes de hierro. El techo es infinitamente alto,un negror inalcanzable encerrado, asfixiado, y ahí me quedo, a media altura, sin gravedad, flotando brasas vivas, a un metro del cemento en un río de orines y de caca, jamás pude bajar del infierno." (46-47)
"Y hay un momento en que se dice: bien, de acuerdo, no puedo remediarlo, terminaré, sin más, ni modo; pero Dios mío todavía no, si acabo de comenzar, la infancia que cuento, aún la traigo montada en los hombros, aún sisea el aireo que me dejaron al pasar las mujeres de mis veinte años; aún no consigo una página imperecedera; aún no me explico ninguno de los misterios con que me he tropezado; aún no llega el momento en que pueda yo decir: por un momento, al fin, he estado de acuerdo conmigo, enteramente de acuerdo conmigo." (115)
Ricardo Garibay, Fiera infancia y otros años, México, Océano, 1982, 134 págs.