lunes 26 de septiembre de 2011
Sueño y Ganzfeld
Sueño de hoy. Estoy en un receso entre clases en la universidad, salgo con un amigo a buscar qué comer. Los pasillos de la facultad se convierten de pronto en un mercado y mi amigo y yo buscamos, pero cada puesto se va llenando de más estudiantes hambrientos. Llegamos a un lugar que tiene su comal protegido detrás de un vidrio y mi amigo le pregunta a la mujer qué hay de comer. Vemos sólo frituras, embutidos, verduras viejas. La mujer recita una lista de platillos que no entendemos. Y de pronto mi amigo dice: ¿oye, por qué no probamos el Efecto Ganzfeld aquí? Y le digo que sí, aunque me quedo sorprendido de que él sepa que yo he estado escribiendo sobre eso durante este año, no recuerdo haberle contado. Y además no sé bien cómo podemos probarlo ahí, pero me doy cuenta de que alguien, como si fuera un tramoyista o el que maneja un telón, empieza a bajar las persianas del mercado y centra la luz en un punto. La pared está medio sucia, pero se adivina blanca. Todo lo demás se oscurece. Luz concentrada en un punto. Y mi amigo y yo lo miramos fijamente. Me doy cuenta de que hay un huevo cocido entre las verduras y el comal. La luz lo ilumina. Ahora ése es el blanco verdadero, circular. Y empezamos a marearnos, poco a poco. Todo parece convertirse en una sola cortina de blanco. Y la pared crea ondas. Y pienso que esto es real, como lo leí, como lo he escrito. Pero la mujer nos ordena que nos quitemos, que nos vayamos si no vamos a consumir. Y el sueño termina conmigo vagando, más adelante, sin haber encontrado comida, en una represión policíaca con patrullas disparando a unos estudiantes del Politécnico. Pero ese último sueño dentro del sueño ya no me pertenece.
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martes 20 de septiembre de 2011
Wade Davis, el río y los tejidos
"Caminó hasta el borde de la terraza. El punto clave, me dijo, era que los indios no tenían que desplazarse. La tierra era abundante, la irrigación buena; tenían todos los medios para sobrevivir y prosperar sin verse obligados a trepar y bajar por las montañas constantemente. Esto, ciertamente, les permitía acceder a una gama de comida y recursos más amplia y, desde un punto de vista material, podía ser todo lo que les importara. Pero Reichel comprendió que los desplazamientos eran en parte una metáfora, que al recorrer la tierra tejían una gran manta sobre la Mama Grande, siendo cada jornada como un hilo, convirtiéndose así cada migración estacional en una oración por el bienestar del pueblo y de toda la tierra. Los kogis mismos se refieren a sus ires y venires como tejidos. [...] (58)
Según Reichel-Domatoff, explicó [Tim], el tejido es una representación de las cuatro esquinas del mundo, y el punto de intersección de las varas cruzadas simboliza los picos sagrados de la Sierra Nevada. El telar también es el cuerpo humano, donde las cuatro esquinas representan los hombros y las caderas, y el cruce el corazón. De esta manera, cuando un hombre cruza los brazos, tocándose con las manos los hombros opuestos, se abraza a sí mismo y se convierte en el telar de la vida. La tierra misma, la superficie, también es un telar, una inmensa trama en la que el sol teje la tela de la vida. En las cuatro esquinas están los cuatro puntos de los solsticios y los equinoccios, los lugares geométricos entre los cuales el divino tejedor hace mover cada día y cada noche, creando así los mundos de la luz y de la oscuridad, de la vida y de la muerte. (60)"
Wade Davis, El río. Exploraciones y descubrimientos en la selva amazónica. Colombia, FCE-El Áncora Editores, 639 pp.
(Un fragmento magnífico de este libro memorable del biólogo y explorador botánico Wade Davis. La noción del pueblo kogi colombiano sobre los caminos como tejidos (o trazos) me recordó la idea central de otro libro extraordinario, Los trazos de la canción, de Bruce Chatwin, que trata de las peregrinaciones y los cantos de los aborígenes australianos.)
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lunes 19 de septiembre de 2011
John Cheever, Falconer
Novela extraordinaria. Había leído unas pocas cosas sueltas y muchas referencias sobre Cheever, pero desde que tomé Falconer (1977), me atrapó. Así de sencillo: es uno de esos textos que no te dan un respiro y te involucran de inmediato. Ekeziel Farragut, el protagonista, es acusado del asesinato de su hermano (lo golpea brutalmente con un atizador) e ingresa a Falconer, una cárcel. La historia en Falconer es la de Farragut, con el número 734-508-32, un hombre de 48 años, casado y con un hijo, y la variada fauna de presos en esta prisión. Casi todos los reclusos han sustituido su nombre por algún apodo (Pollo, Cornudo, Mudo, Tapia, Jody) y todos tienen historias tan reales como terribles por contar. También el propio Falconer tendrá una historia cruda que involucra el odio familiar desde niño, el deseo abortivo de sus padres, el rencor de su hermano, un matrimonio de hipocresías y egoísmos, todo un coctel que terminará revelándose en el desenlace. Pero el tono realista, directo y casi naturalista de la novela está perfectamente balanceado con toques de un durísimo humor negro y con las ensoñaciones de cada uno de los presos. El propio Farragut es un drogadicto (necesita inyecciones de metadona), aunque en la vida de afuera parecía un modelo de padre y ciudadano promedio. Está es la gran crítica de Cheever, su visión desencantada y mordaz, pero siempre inteligente y calmada, de la sociedad estadounidense de los años 60 y 70. Y la medianía aparente de los personajes acaba conectando porque descubrimos su locura y sus tragedias en los soliloquios de algunos: es esta locura delirante y repetitiva de la historia personal, venida de la soledad y el confinamiento, del aislamiento y la falta de visitas, que compone un fresco de un sistema carcelario tan decadente como real. Así que veremos a todos, incluso a Farragut, hablando en voz alta, contando a ratos sus vidas, sin que parezca que alguien los escucha. Veremos a Farragut despertando y sufriendo de delirios por los ruidos del inodoro, lo veremos escribiendo cartas que nunca llegarán a su destino, enamorándose de otro preso, soñando con el amor homosexual, enfermando y haciendo una radio para enterarse de los motines de una prisión cercana. Toda esta naturalidad, este tono en plano "general" de la vida criminal y carcelaria, pero matizado de la exploración interna de los personajes, nos crea una familiaridad que asombra, desconcierta, pero la mayoría de las veces conmueve. Rodrigo Fresán ha escrito un excelente ensayo sobre Falconer como una teoría contemporánea de los círculos del infierno dantescos. Pero este infierno de Cheever está en la tierra, en medio de nosotros, y posee un desenlace casi poético y bastante esperanzador. Dicen que Cheever lo escribió a razón de siete páginas por día.
John Cheever, Falconer, Barcelona, Emecé Editores, 262 pp.
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Montañas en México
No soy geólogo, pero empiezo a amar las piedras, las montañas. Este año he podido hacer algunos viajes y he armado mi pequeño top de montañas en los estados de Guerrero, San Luis, Oaxaca, mis recuerdos de las montañas azules de Chiapas, que han germinado en un cuento que trabajé en el último año. México es un país montañoso y yo soy amante del desierto por cuestiones personales y espirituales, pero ahora le toca mi devoción a la montaña. He conocido las montañas de Veracruz, parte de la sierra de Hidalgo, pero ahora que empiezo a caminar, a poner más atención, sé que es diferente. Es diferente mirar los ríos serpenteando abajo, mirar las piedras verdes en Oaxaca por debajo de pastos frágiles, la sensación fantasmal y poderosa en la noche montañosa de San Luis con algunos macizos impresionantes, la visión de las garras de tigres (así las llamamos) llenas de follaje en los montes intrincados de la sierra de Guerrero. Poco a poco iré armando un mundo mental y fotográfico de ellas, es lo que hasta ahora puedo decir. E iré al desierto, lo sé, pronto.
domingo 11 de septiembre de 2011
Lev Tolstói, Los cosacos
Tengo la teoría de que muchos escritores trabajan sus respuestas al futuro o profetizan sobre sí mismos en sus textos, algunos más, otros de modo menos consciente. Por lo menos, esta vez, podría confirmarse con Los cosacos de Tolstói, una bella novela de juventud que el conde Lev escribió tras su visita a este pueblo de guerreros, mientras intentaba salir de una vida de derroche e hipocresía en San Petersburgo. Los cosacos es la historia del idilio entre Olenin (álter ego de Tolstoi) y la bella cosaca Marianka (algo que al parecer le sucedió en realidad a Tolstói), además de un retrato del valor cosaco con otros dos personajes importantes, Lúkashka y el viejo (y simpatiquísimo) Yéroshka. Novela disfrutable y ágil, de contrastes y leves idealismos sobre este famoso pueblo (el único personaje que parece desmerecer es la indecisa joven cosaca), y que representa la alternativa de Tolstói por la vida natural, guerrera y tradicional que encarnan los cosacos, contra la rutina de imposturas, maquillajes y murmullos engañosos que había en la corte citadina. Además cabe decir que Los cosacos nos da una idea aproximada de la mentalidad, valores y costumbres del pueblo a mediados del siglo XIX. Aquí está lo que Tolstói pensaba y sentía, me parece, en ese momento de decisión entre amores "puros, naturales y abnegados"(Marianka) y los amores "impostados", que en realidad muestran la difícil elección entre dejar su vida de juerga o tratar de ser feliz adentrándose en la vida "natural" y campesina. La elección de Tolstói será finalmente la segunda (aunque nunca se casará con una cosaca) y lo llevará a hacerse un escritor crítico y realista, y posteriormente un patriarca apasionado, contradictorio, anarquista, progresista, acusador y medio alocado. Creo que el fragmento más intenso, por lo que representa de revelación sobre el propio escritor y toda la evolución de su protagonista, es la carta que Olenin redacta al final de la novela. Aquí dejo un fragmento por si se quiere seguir mi sesgada lectura profética o simplemente disfrutarlo:
"Me imagino esos rostros estúpidos, esas ricas mozas casaderas que parecen decir con la expresión de su cara: "Está bien, puedes acercarte aunque sea rica"; me imagino esa manera de sentarse y de volverse a sentar, esa desvergonzada alcahuetería y ese eterno chismorreo y afectación; esas normas que dictan a quién dar la mano, a quién saludar con la cabeza, con quien conversar; y finalmente ese eterno aburrimiento en la sangre que se trasmite de generación en generación (y todo ello de manera consciente, con el convencimiento de que es indispensable). [...] Pero lo único que yo deseo es perderme por completo [...] deseo casarme con una cosaca, y si no me atrevo a hacerlo es porque eso supondría alcanzar la cima de la felicidad, de la que soy indigno." (185-186)
Lev Tolstói, Los cosacos, España, Atalanta, 228 pp.
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lunes 5 de septiembre de 2011
Tlayacapan y los chinelos
"Ha tenido noticia cierta esta jefatura de que en esa población se está disponiendo una cuadrilla para el próximo carnabal, ridiculizando á varios personajes de respetabilidad y con vituperio á la Religión Católica, provocando con esto una alarma de las personas de juicio y criterio; por lo que prevengo á U. expida oportunamente el Reglamento á que deben sujetarse esas cuadrillas, prohibiendo personificar á las autoridades constituidas y á las Religiones toleradas o á sus Dignidades, bajo las penas ó multas á los infractores, que U. estime oportunas."
Independ. a. y Lib. Yautepec feb. 7 de 1872.
(La ortografía es según la cita reproducida en el Museo del Ex-convento de San Agustín en Tlayacapan, Morelos. Da cuenta del origen de la festividad de los chinelos en ese pueblo y me divierte porque insta a prohibir que los habitantes se rían de sus potentados y autoridades, sobre todo, las eclesiásticas.)
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