lunes 29 de agosto de 2011

Gerald Brenan, las bufandas y Don Quijote


Gerald Brenan (1894-1987) creía con la misma inocencia que yo que se puede llegar a casi cualquier lugar caminando. Don Geraldo, como le decían sus amigos españoles, es considerado uno de los grandes hispanistas y escritores de viajes del siglo XX. Así que cuando me topé Al sur de Granada (1957), la seducción era inevitable. Y ciertamente, leer este libro dedicado a la región de La Alpujarra, y primordialmente al pueblito de Yegen, donde Brenan vivió durante varios años, es una delicia. Brenan no es ningún turista ni se recrea en meros exotismos y colores locales. Por decisión propia, con una pensión donada por el ejército, decidió vivir en esta zona pobre y medio olvidada de la Península y se contagió e integró plenamente a su forma de vida (se cuenta que tuvo varios hijos en la zona). Su texto nos hace experimentar profundamente la vida cotidiana en una aldea montañosa; recrea a los personajes, los paisajes, los olores, los sabores, las fiestas, los rituales y las costumbres del sur de España. Vidas reales y situadas en su contexto tradicional y supersticioso, hosco y cálido al mismo tiempo, que Brenan desentraña con calidez y un ojo curioso y observador (incluso, en algún apartado nos retrata a Virginia Woolf y al grupo de Bloomsbury, cuando van a visitarlo a La Alpujarra). Al sur de Granada es tanto una clase de antropología apasionada, como un sencillo libro de aventuras, caminatas y encuentros con variopintos personajes y linajes perdidos en el pasado. Aquí encontraremos tanto las canciones de los niños en Yegen para hechizar caracoles al atardecer, como las teorías de Brenan (apoyado en Frazer) sobre la evolución y la persistencia de los ritos y creencias de las sociedad agrícolas en las zonas sureñas y mediterráneas hispánicas: por ejemplo, la idea que tenían en las inmediaciones de Soria de que un viento fuerte podía embarazar a una joven (ahora entiendo con nitidez el poema "Preciosa y el aire" de Lorca). Digresiones históricas o antropológicas balancean casi siempre con buena fortuna el tono de experiencia y descubrimiento empírico que vive el viajero inglés durante su aventura. Dejo como colofón dos fragmentos que me tocaron en lo íntimo. Uno que justifica mi conocida devoción por las bufandas y otro que pertenece al excelente capítulo dedicado a los burdeles de Almería y brinda una de las reflexionas más luminosas que se me ocurre sobre Don Quijote.

"Con respecto a los vestidos se daban una o dos costumbres extrañas. Los hombres llevaban durante los meses de invierno una bufanda que, incluso cuando hacía bueno, les cubría la boca. Cuando se les preguntaba por qué hacían esto, respondían que resultaba peligroso dejar pasar el aire frío hasta los pulmones. Yo siempre sospeché que era por otra razón diferente, y que la costumbre era una reminiscencia mora. Las tribus Tuaregs del Sahara, que conquistaron España en el siglo XII, tenían la costumbre de llevar siempre la boca tapada para evitar que se introdujeran los espíritus malignos." (174)

"-Cada vez que vengo aquí te digo cosas bonitas, porque cada vez estás más guapa.
-Puedes guardarlas para tu amiga si es que la tienes. Quizás a ella la puedas engañar. Y ahora dime si has podido ver a aquel marinero alemán otra vez.
-Todavía no; pero lo veré pronto, preciosa.
-Bueno, pues asegúrate de que lo traes si llegas a verle. Me prometió un par de pendientes de oro y todavía los estoy esperando. ¿Y quién es ese extranjero que has recogido por ahí? Parece una persona tranquila.
-Le he contado cosas tan terribles de ti que te tiene miedo.
-Supongo que es un maricón, como tú. ¿Sabe algo de español?
-Más que tú, idiota. Ha leído el Quijote entero dos veces.
-¿Qué es eso? ¿Una historia de amor?
-Don Quijote- dijo un hombre de aspecto apoplético que se sentaba en la mesa vecina- es la gloria nacional de España. Quien no lo conozca no tiene derecho a llamarse español. Tiene un monumento en Madrid y todos los años la Academia Española, los miembros del gobierno y todas las autoridades de la ciudad le llevan flores. Fue nuestro primer revolucionario." (252)

Gerald Brenan, Al sur de Granada, Barcelona, Tusquets, 332 pp.

martes 23 de agosto de 2011

Jack Kerouac, Los subterráneos

No soy un admirador de Kerouac, nunca formó parte de mis lecturas adolescentes ni me cambió el mundo con su prosa rítmica, habitada de jazz, alcohol y drogas. Pero llego a Kerouac por las menciones de Piglia sobre Los subterráneos (publicado en Argentina con el genial título de El ángel subterráneo) y me descubro leyendo de un tirón esta novela. La traducción de Wilcock hace lo posible por mantener la prosa libre, poética, espontánea y musical de K., y si bien, a ratos palidece o se siente pesada en sus intenciones de lograrlo, a veces se asoma una luz, un acento, una melodía que permite apreciar el gran fraseo de Keroauc, ese que recibió alabanzas de Miller y tantos otros en los años 50 y 60. Pienso en Kerouac como un gran escritor lírico, de asociaciones y digresiones tan brillantes como caprichosas, lleno de repeticiones y asonancias, sostenido ante todo por su talento y su capacidad de improvisación. Detrás del fardo de lugares comunes que vienen de narrar las mismas fiestas y los mismos amigos pretenciosos, "vitalistas" e intelectuales con todas sus variantes posibles (lo que siempre me ha alejado de K.), Los subterráneos también brinda páginas desgarradoras, profundamente emotivas y melancólicas, de la fallida historia de amor entre Leo Percepied (álter ego de Keroauc) y Mardou Fox, una chica negra (el ángel negro, débil, frágil y desaliñado) que es la motivación de este libro. Uno siente este amor desequilibrado y contradictorio, se le mete por dentro, y eso se agradece. Porque Keroauc comprueba que las mujeres siguen siendo uno de los grandes motores de los libros masculinos, y que es posible escribir cegado por el amor, la fantasía y la incomprensión del otro; algo en lo que estoy más que de acuerdo. Las mejores partes son los entrañables momentos (buenos y malos) entre Leo y Mardou, con la carretada de ilusiones que nunca se cumplirán (entre ellas, una idealización de México como lugar que acogerá el idilio de los amantes), y la obsesión de Leo por los sueños premonitorios que anuncian el final infeliz de la pareja. En fin, termino sintiéndome a gusto de escribir sobre el libro, pese a mi velado recelo por mis pobres experiencias anteriores con Jack. Enhorabuena por este relato de amor malogrado.

"Y es así como, una vez obtenida la esencia de su amor, ahora erijo grandes construcciones verbales, y de ese modo en realidad lo traiciono, repitiendo calumnias como quien tiende las sábanas sucias del mundo; y las suyas, las nuestras, durante los dos meses de nuestro amor (así lo creí) sólo fueron lavadas una vez, porque ella era una subterránea solitaria que se pasaba los días abstraída y decidida a llevarlas al lavadero, pero de pronto se descubre que ya es casi de noche y demasiado tarde, y las sábanas ya están grises, hermosas para mí porque así son más suaves." (47)

Jack Kerouac, Los subterráneos, Barcelona, Anagrama, 157 pp.

lunes 22 de agosto de 2011

Paul Éluard, dos poemas

"A medianoche"

Se abren puertas se descubren ventanas
Un fuego se enciende y me deslumbra
Todo se decide encuentro
Criaturas que yo no he deseado.

He aquí el idiota que recibía cartas del exterior
He aquí el anillo precioso que él creía de plata
He aquí la mujer charlatana de cabellos blancos
He aquí la muchacha inmaterial
Incompleta y fea bañada de noche y de miseria
Cargada de absurdas plantas silvestres
Su desnudez su castidad sensibles de cualquier parte
He aquí el mar y barcos sobre mesas de juego
Un hombre libre otro hombre libre y es el mismo
Animales exaltados ante el miedo con máscara de barro
Muertos prisioneros locos todos los ausentes.

Pero tú por qué no estás aquí tú para despertarme.

De La vie immédiate, 1932.

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"En el corazón de mi amor" (fragmento)

Jamás soñé con noche tan bella
Las mujeres del jardín tratan de besarme
Sostenes del cielo, los árboles inmóviles
Abrazan fuertemente la sombra que los sostiene.

Una mujer de corazón pálido
Guarda la noche en sus vestidos
El amor ha descubierto la noche
Sobre sus senos impalpables.

¿Cómo poder gozar de todo?
Mejor borrarlo todo.
El hombre de la movilidad total
Del sacrificio total, de la conquista total
Duerme. Duerme, duerme, duerme.
Borra con sus suspiros la noche minúscula, invisible.

No sufre ni frío ni calor.
Su prisionero se ha evadido para dormir
No está muerto, duerme.

Mientras dormía,
Todo lo asombraba,
Jugaba ardorosamente,
Miraba,
Oía.
Su última palabra:
"Si volviera a empezar, te encontraría sin buscarte".

Él duerme, duerme, duerme.
En vano el alba alza la cabeza.
Él duerme.

De Mourir de ne pas mourir. Versión de Aldo Pellegrini.

(Aquí, dos poemas de Éluard que me recuerdan el insomnio de anoche hablando, paradójicamente, de los sueños tórridos, pesados.)

martes 9 de agosto de 2011

Edgardo Franzosini, una cita




"No me considero un fanático de la verdad histórica. Al contrario, pertenezco al clan de los que están convencidos de su relatividad y de su condición de inaprensible, así como del hecho de que, en última instancia, es sólo el fruto de una ilusión. Además, por lo que se refiere a la forma literaria denominada biografía, estoy convencido de que el biógrafo no debe, en caso necesario, tener reparos, ni sentir temor de suplir con sus propios medios lo incompleto de los documentos o, peor aún, su ausencia. Y agrego además que, en el caso de que dichos documentos existan, uno no debe preocuparse excesivamente por serles fiel, para no correr el riesgo de comportarse como aquel carpintero mexicano -acerca del cual un día el poeta surrealista Benjamin Péret habló al poeta surrealista André Breton- que, habiendo recibido el encargo de hacer un dormitorio igual al de la fotografía publicada en un catálogo, acabó por fabricar la cama, las mesillas de noche, el tocador, el armario y las sillas exactamente como aparecían en perspectiva."

Edgardo Franzosini, Raymond Isidore y su catedral. Barcelona, Editorial Minúscula (Paisajes narrados, 6), pp. 31-32.

Aquí un fragmento del extraordinario librito de Franzosini sobre Raymond Isidore, el hombre que construyó y decoró su propia casa con pedacería de platos y vajillas, en las afueras de Chartres, Francia. Decía Isidore que cuando la idea lo aferraba , "llevo a cabo mi trabajo como si me guiara un espíritu..., un algo que me imparte órdenes, que me dice cómo debo hacerlo. Cuando está bien instalado en mi cabeza, empieza a expandírseme por todo el cuerpo, pero sobre todo por las manos, por los dedos, y me impulsa a trabajar" (90). Le tomó 26 años de su vida y desplazó unas 15 toneladas de material. Le bastaron un par de manos y una obsesión. Un link por si es de su interés:
http://tejiendoelmundo.wordpress.com/2010/01/12/la-mansion-picassiette-la-otra-catedral-de-chartres/

lunes 1 de agosto de 2011

Bulgákov y la morfina

El escritor ruso Mijaíl Bulgákov (1891-1940) fue un morfinómano consumado durante sus años de juventud, como médico de provincias. Conoció el éxito por un periodo corto y luego fue perseguido por los comunistas, que llegaron a prohibir sus libros y las representaciones de sus obras, por el sentido del humor y la crítica al sistema que exhibían. Una ocasión me prestaron uno de sus libros, pero debí regresarlo sin leerlo, por circunstancias vitales que no vienen al caso. Así que cuando la palabra morfina volvió a mi mente, en una serie de pesquisas y conexiones misteriosas, busqué hasta encontrar a Bulgákov. Morfina es una selección de relatos que pertenecen al libro "Notas de un médico joven", aunque hallé otra versión de que Morfina es el libro completo y llevaba por nombre "Ciclo de cuentos". (Dejo esta investigación genealógica para después.)
Por lo pronto, lo que importa es lo que uno puede descubrir en Bulgákov. Ante todo, nos hallamos ante una narrativa de la experiencia, porque el libro está contado desde el punto de vista del inexperto, o del hombre que recuerda su época de juventud y de temor en los inicios de su oficio. En Morfina, se retrata la sensación perpetua de la lucha contra la muerte, que se transfigura también fuera del consultorio, por ejemplo, en el miedo que tiene el médico durante los viajes nocturnos por la nieve ("aquel enloquecido océano blanco", la llama Bulgákov) para ver a sus enfermos.
La urgencia terapéutica llena de suave tensión los relatos, nos entrega un fluir narrativo contrarreloj. Y es que este libro nos aporta algo más que estilo (llano, cálido, sencillo, fluido), en un tiempo en que los malos escritores se escudan en escribir "correctamente" (hablo de esos no pueden contar nada, sino sólo mostrarnos que dominan el insondable secreto de la sintaxis sujeto-verbo-complemento). Pero me disculpo en la digresión y continúo. El libro de Bulgákov es un libro escrito desde esa lucha del joven y recién graduado contra las tinieblas del mundo, contra las supersticiones rurales, pero sobre todo, contra la inseguridad en sí mismo, en su capacidad propia.
Morfina podría leerse como un brevísimo Bildungsroman del oficio médico, no sólo como un conjunto de anécdotas enlazadas. No obstante, se agradece la ausencia de léxico médico y tecnicismos, la agilidad, pero sobre todo la humanidad de los personajes en unos pocos trazos. Son historias simples, que no pretenden retratar el alma humana rusa o eslava, pero cuyo abrevadero en la fuente cotidiana, sin ser triviales, permite que alcancen universalidad e identificación con el lector. Aquí aparecen la lucha contra la ignorancia y la cerrazón pueblerinas en "Tinieblas egipcias" o el miedo al sentimiento de la muerte en "La tormenta de nieve".
Morfina se ubica entre los años 1917 y 1918, aunque los relatos están fechados en 1925 y 1926. Pero aquí no aparecen las secuencias trágicas de la revolución rusa, porque Bulgákov nos habla desde el aislamiento y la lejanía rural, no desde la "tormentosa" y civilizada Moscú. Otro punto que me atrajo es que en Morfina no abunda la literatura que se sustenta en sí misma como discurso. Se habla de volúmenes de anatomía, dibujos de partos, tratados de obstetricia, del vademécum, de recetas. Pero hay poquísimos libros "literarios". Un par de menciones a Chéjov, a Tolstoi, a Fenimore Cooper o la comparación con el Robinson con el joven doctor de Bulgákov, puesto que ambos comparten la condición de aislamiento en sus islas deshabitadas, uno en su pedazo de tierra en el mar, el otro en el lejano Múrievo. Hay otro comparativo del médico con el detectiva, vía Sherlock Holmes. Y hasta ahí. Porque no hay tiempo de leer cuando uno atiende más de 1oo pacientes al día, ni siquiera de terminar de rasurarse, como se observa en otro de estos cuentos magníficos.
Así que Morfina vale por toda su brevedad e intensidad, por su retrato de la soledad de un médico rural, la inseguridad de la juventud y el temor incesante a la responsabilidad que tenemos todos cuando descubrimos que los demás nos necesitan o nos exigen una respuesta. Y por si fuera poco, Morfina vale oro por el relato homónimo, un testimonio a modo de diario de ficción que nos descubre al Bulgákov morfinómano que logró salvarse de su adicción y cuyo estilo fragmentario y despojado nos entrega una serie de estampas que son un vívido descenso a los infiernos: alucinaciones, robos, instantes filosóficas, destrucción moral, amorosa e individual. Porque, dice el narrador adicto, morir por abstinencia de morfina, es peor que morir de sed.

Mijaíl Bulgákov, Morfina, Barcelona, Anagrama.

Post data: Si conocen un médico, denle el libro. Y luego pregúntenle si Bulgákov eran tan buen narrador como galeno.