miércoles 13 de julio de 2011

La voz de Artaud

Me estremece. No está impostada, al parecer, aunque como saberlo con ese actor y mentor de la crueldad. La suya recuerda la voz de las brujas como nos hacen imaginarlas en los cuentos infantiles. Habla de la crueldad, habla de Dios, habla del hombre como un animal erótico. La voz de Artaud se queda trabada en la sangre, porque es espantosa, lastimera, cruel, porque es la voz de una mujer en el cuerpo de un hombre que pudo atraernos por su presencia, pero a quien le han otorgado el terrible privilegio de estar destrozado. Entonces, habla quizá desde el infierno, pero habla también desde un lugar por adentro, en la sangre, habla desde otro tiempo. Címbrate, ponle esta cinta a tus hijos para que sepan lo que alcanzarán si se vuelven genios y locos. Címbrate, para que sepan lo que es romperse de verdad y se dejen de jueguitos falsamente vanguardistas. “Dios, el azar bestial de la animalidad inconsciente”. Óyelo decírtelo, al hombre transformado en un ángulo frágil y enloquecido. La belleza terrible y perdida y recobrada para hablarte en pedazos. El hombre erotizado y descontrolado engendra en una pulsión productora de monstruos a su Dios, te está diciendo ese hombre. ¿Querías mirarlo, con sus manos, exprimiéndose, hablándose, interpelándose? Ahí está tu profeta.



viernes 8 de julio de 2011

La chilena de Gómez

Vamos a recordarlo muchas veces. Minuto 90. Tiro de esquina por la derecha. Espericueta centra, Gracia prolonga el balón a segundo poste y Gómez, con la cabeza sangrante (la herida tiene entre 7 y 10 centímetros en el parietal izquierdo), se tira una chilena e impacta el esférico con el botín derecho. La pelota cruza al poste contrario, esquiva con parsimonia el esfuerzo del último defensor alemán, pega contra el poste y entra a la portería. Torreón se incendia, ahora por encima de sus 35 grados celsius. La remontada es histórica: es un 3 a 2 final, después de ir perdiendo cuando quedaban menos de 30 minutos de juego. Cuando el árbitro pita, el estadio está eufórico, los hombres aplauden y echan porras, las muchachas se abalanzan desde las gradas para abrazar, besar y tomarse fotografías con los seleccionados sub-17. Hay abrazos, risas y lágrimas entre los futbolistas adolescentes. No son héroes, pero la televisión y los políticos los harán parecer como tales durante toda la vida. Hay cosas que el destino sella, que el azar nutre y los jugadores que estuvieron ahí verán que los momentos más grandiosos a veces se transforman en los segundos más pesados de llevar en toda una existencia. Pero entretanto la gente corea el nombre de Gómez, que ahora, con la adrenalina que empieza a bajar, se siente confundido, adolorido de la cabeza, exhausto, quiere salir y a la vez llora, ha perdido algo de sangre. Pero no se va, la gente quiere que aguarde en el campo, los compañeros lo detienen y lo abrazan, él espera finalmente, aplaude. Porque Julio Gómez, el 8 en la casaca, va a ser el "elegido" por mucho tiempo. Reproducirán su imagen al lado de otras imágenes históricas del deporte y del ideario del deporte popular mexicano. Y las variables, todas juntas, la salida de Can (el mejor jugador de Alemania, por lesión) y la debilidad de los teutones ante el clima, se han conjuntado y valen y a la vez ya no importan. Porque usarán esta imagen en discursos, en llamadas, en slogans publicitarios, motivacionales y políticos. Porque es futbol, porque es México, porque es una victoria (y contra Alemania, en torneo oficial, en campeonato del mundo). México se ha levantado. Ha sido un partido emocional, con errores y volteretas, con genialidades de ambos lados. Eso Gómez lo entenderá después, no ahora, tiene que preparar el siguiente partido, corrijo, tiene que ver si estará en condiciones físicas de llegar al partido con un Estadio Azteca atiborrado el próximo domingo y 115 mil almas gritando. Porque Gómez regresó a la cancha después de estrellarse cabeza a cabeza contra el goleador alemán (Yesil) en el gol olímpico de Espericueta, después de haber conseguido el primer gol en un remate con el hombro, después de perderse 5 minutos mientras le anudaban un vendaje a lo Frankenstein y le cambiaban la camiseta manchada de sangre. Y ya el sólo regresar le aseguraba la devoción de la gente. No había más cambios, el equipo debía enfrentar los últimos minutos y luchar contra el "fantasma de los penales". Y trotar, colocarse de nuevo, tocar el balón. Y anotar. Anotar contra la herida y el cansancio, en el último minuto, el gol de la victoria. Anotar de chilena, acaso el gol más espectacular y deslumbrante en el futbol, una conquista de sabor especial para el fanático mexicano. Porque vio hacer la chilena a su grande, a su goleador histórico: Hugo Sánchez. Porque la chilena de Hugol era una imagen de plasticidad, un efecto acrobático que simulaba un vuelo y un rifle de espaldas, dibujando una escuadra perfecta para incrustarse en el ángulo, en un partido contra el Logroñés. Eso es la chilena de Sánchez: arte en su espacio más plástico y físico, técnica y dotes al servicio del gol. Pero lo de Gómez, con su dolor, con su cabeza vendada, con el cuerpo inclinado y en desequilibrio, casi pegado a la tierra, con ese toque descuadrado, un rozón lateral que coquetea por toda el área con un despeje, por su fragilidad en el disparo, por su ayuda del poste, es otra cosa. Lo de Gómez es dolor y esperanza, imperfección y contingencia. Lo de Gómez es explosión y sangre, y ocurre en un Mundial. La chilena de Sánchez es sublime; la chilena de Gómez, extenuada y muscular, se convierte en sus falencias y heridas en un gol legendario, porque se parece, más que todo, a la vida.