martes 28 de junio de 2011

Pascal Quignard, Georges De La Tour


Georges De La Tour fue un pintor francés tenebrista (1593-1652), uno de los grandes representantes del barroco en su país, olvidado durante centurias, recuperado en el siglo XX. Pascal Quignard le dedica este breve libro. El volumen cuenta la historia de La Tour mediante la reseña libre de sus cuadros, a modo de una perfecta galería. Al mismo tiempo, están el Jeremías bíblico, los oficios o lecciones de tinieblas, el escritor Jacques Esprit, el fondo de la Guerra de los Treinta Años y la Peste. Lo primero que atrapa es el estilo cadencioso, somero, equilibrado de Quignard; todo tiene música y sentencia en su texto, todo se encadena como una serie de viñetas donde conviven prosa y poesía, pero el resultado es rotundamente visual, cromático, ordena al lector que consulte las obras señaladas. Ésa es quizá la lectura ideal, confieso que así la hice yo. Entonces se descubre todo lo que Quignard construye a partir de la narrativa mínima, dramática, cotidiana, en tonos de rojo y negro de La Tour. Imágenes de cuartos alumbrados con velas o cirios, rostros sorprendidos en pensamientos profanos o éxtasis personales. Cuerpos angulosos a punto de la muerte, mujeres semidesnudas que intentan matar pulgas, mendigos ciegos, fantasmas cuyos "cuerpos desaparecidos no pueden proyectar sombras sobre las cosas" (53). Quignard añade un elemento narrativo: la prefiguración como la revelación del destino trágico en la mente de los personajes. Escribe Quignard refiriéndose al San José, carpintero, uno de los cuadros más célebres del pintor: "En la infancia hay una vida oculta que es la prefiguración de lo que se vivirá, y que la impregna. El hijo de un carpintero sólo puede terminar clavado en la madera" (64). Pascal Quignard debe ser uno de los mejores escritores franceses vivos, a la par del magnífico Pierre Michon. Georges De La Tour es un libro genial, intenso, que parece escrito a la luz de las velas.

Pascal Quignard, Georges De La Tour, Valencia, Pre-textos, 2010, 102 pp.

jueves 16 de junio de 2011

Jean-Luc Godard, Alphaville


Mucho se ha escrito sobre la genial Alphaville (1965), escrita y dirigida por el gran Jean-Luc Godard. Así que no intentaré un análisis, sino sólo un conjunto de impresiones sobre una película que me cimbró por su lenguaje y por la identificación que trasmite respecto a nuestra realidad actual. El filme de Godard amalgama la ciencia ficción y el cine negro. Alphaville, metrópolis del futuro, vive controlada por el doctor Von Braun y su máquina Alpha 60. Todos los habitantes son obligados a vivir según las leyes y cálculos de la lógica que la propia máquina produce, en un presente vaciado de sentido (no hay pasado ni futuro, se les bombardea todo el tiempo), donde cada acto se ha mecanizado y todos los sentimientos han sido erradicados (incluso llorar por un luto es un delito de estado). Algunas de las escenas más poéticas del filme nos muestran las ejecuciones de los criminales de la ciudad: con la alcurnia como testigo, esos hombres que aún tienen resquicios de ternura o se atreven a sentir son acribillados y lanzados a una piscina, donde si sobreviven o se resisten, un conjunto de bellas nadadoras los ahogan. Los diálogos de Alphaville son potentes, filosóficos y profundamente poéticos: como en todo Godard, conviven en un bello montaje con distintas obras literarias: ahí está la poesía de Paul Éluard y su Capital del dolor, fragmentos borgianos, declaraciones de libertad individual que chocan contra una "Biblia" que funciona como código moral y que, luego se explica, es un diccionario del que cada día se borran más y más palabras prohibidas. También lucha el amor misterioso entre dos desconocidos contra las constantes seducciones impostadas y el placer visto como mercancía que se vive en Alphaville. La "normalidad" citadina termina anulando la conciencia (concepto clave en la cinta) de sus ciudadanos y propicia el intento de Von Braun por dominar y asimilar con su modelo al resto de los estados de la galaxia. Todo lo anterior es contado sin explosiones, ni maquetas, ni efectos especiales o digitales. Alphaville es una ciudad francesa sesentera, como cualquier otra. No hay máquinas impresionantes, ni trajes, ni armas sofisticadas. Toda la magia radica en la palabra, como sucede en tantas obras de Godard, que crean atmósferas con luces, claroscuros, dibujos, palabras obsesivas, planos atrevidos o excelentes resoluciones en su fotografía en blanco y negro. En Alphaville destaca además el recurso de la voz en off rasposa de un narrador malvado que hace de contrapunto al héroe, el agente encubierto Lemmy Caution, alias el periodista Ivan Johnson. La vitalidad, peleas y persecuciones del maduro Lemmy contrastan con la actitud y parlamentos mecánicos de los demás personajes. Ahí, en Alphaville, Lemmy encontrará a Natasha Von Braun, la hija del malvado profesor con planes de controlar al mundo, y el amor entre ambos será la única terapia para destruir la máquina, al científico loco, y finalmente, lograr la salvación de Natasha. Sí, cuando veo Alphaville me descubro romántico, existencialista e idealista todavía. Magnífica en su canto a la vida, a la expresión del sentimiento y a la espontaneidad de la conciencia por encima de un progreso tecnológico que anula el misterio de lo humano, la cinta entrega ese Godard siempre poético, crítico de su tiempo y discursivo políticamente, pero antes de los arrebatos excesivos y las rupturas más caprichosas y algo panfletarias de sus filmes posteriores. Como última muestra, dejo un par de diálogos paradigmáticos y geniales de la entrañable Alphaville, con el secreto reparo de que Lemmy Caution pueda reclamarme por ponerlos en un blog:

"(Interrogatorio de Alpha 5 a Lemmy Caution, alias Ivan Johnson)
A5-Viene de los Países Exteriores. ¿Qué sintió cuando viajaba a través del espacio galáctico?
LC-El silencio de estos espacios infinitos... me asustó.
A5-¿Cuál es el privilegio de los muertos?
LC-No morir más.
A5-¿Qué es lo que más ama en este mundo?
LC-El oro y las mujeres.
A5-¿Usted sabe qué es lo que transforma la noche en luz?
LC-La poesía."

"El profesor Jeckel me preguntó por qué maté al hombre del baño si de todos modos sólo era una prueba psicológica. Le respondí que estoy muy viejo como para perder el tiempo hablando, así que sólo disparo. Es mi única defensa contra la fatalidad." (Lemmy Caution)

miércoles 15 de junio de 2011

Baudelaire, dos citas animales

"Aquel carácter de animalidad y voluntad que se desprende de modo misterioso de un aparato geométrico y mecánico de madera y de hierro, tela y cuerdas; ese animal monstruoso creado por el hombre al que el viento y las olas añaden la belleza de su rumbo."

"El niño lo ve todo en novedad, se encuentra siempre ebrio. Nada viene a ser tan parecido a aquello que es la inspiración como la alegría con que el niño va absorbiendo la forma y el color (...). A esta oscuridad alegre y honda se ha de atribuir ese ojo fijo y animalmente extático de los niños mirando hacia lo nuevo".

Ambas citas son tomadas de El arte romántico, de Charles Baudelaire, tal y como aparecen en el apartado "Animal" del excelente Atlas Walter Benjamin. Aquí dejo el link:
http://www.circulobellasartes.com/benjamin/index.php

miércoles 8 de junio de 2011

Bertolt Brecht, "Canción de una amada"

1. Lo sé, amada: ahora se me cae el pelo por mi vida salvaje, y me tumbo en las piedras. Me veis beber el aguardiente más barato, y camino desnudo al viento.
2. Pero hubo un tiempo, amada, en que fui puro.
3. Tuve una mujer que era más fuerte que yo, como la hierba es más fuerte que el toro: se vuelve a erguir.
4. Ella vio que yo era malo, y me amó.
5. No preguntó a dónde conducía el camino, que era su camino, y quizás iba hacia abajo. Cuando me dio su cuerpo, dijo: esto es todo. Y fue mi cuerpo.
6. Ahora ya no está en ningún lado, desapareció como una nube cuando ha llovido, la abandoné y cayó, pues ése era su camino.
7. Pero de noche, a veces, cuando me veis beber, veo su cara, pálida en el viento, fuerte y vuelta hacia mí, y me inclino ante el viento.

(Versión de Jesús Munárriz y Jenaro Talens; magnífico, Brecht.)

lunes 6 de junio de 2011

Robert Aickman, Cuentos de lo extraño

Robert Aickman, escritor inglés (1914-1981), es considerado un gran escritor de relatos "de lo extraño" de la segunda mitad del siglo XX. Francamente yo no lo conocía y creo que anteriormente sólo existían un par de cuentos de su autoría traducidos al español, pero Atalanta acaba de editar esta selección de seis relatos extensos. Aickman es escritor de atmósferas donde se asoman amenazas posibles, crímenes o fantasmas que nacen más de presentimientos, sensaciones y temores de los personajes, que de una exposición del artificio o del monstruo. Aickman no es ingenuo: no vende al conejito saliendo de la chistera para maravillarnos. Leyéndolo, comprendo que ha leído mucho y se sabe integrante de esta tradición de cuentistas de misterio que los ingleses han cultivado desde Walpole: casonas o mansiones fantasmales que silban asesinatos, casas de muñecas que parecen adquirir vida por las noches, propiedades de lujo decadente en que resuenan ruidos de trenes. Me llama la atención de Aickman un rasgo: casi todos los cuentos del volumen están narrados desde voces femeninas. No sé si por un anhelo de resaltar la vulnerabilidad de los personajes ante una amenaza que es más psicológica que física; o por un gusto especial por ellas, porque su manera de caracterizarlas las hace atractivas incluso sexualmente para el lector, crean el deseo de que "les pase algo": se habla de sus senos, sus piernas, de si el hombre "extraño" que las recibe en su casona les parece guapo, etcétera. Quizás el símil peca de simplista, pero es como una de esas películas de espanto veraniegas, donde las chicas de buen ver corren asustadas en bikini o con la ropa húmeda pegada al cuerpo, escapando de quién sabe qué monstruo sumido en la oscuridad y la lluvia. Esto choca un poco, pero uno piensa que buena parte del "pop" del género abusa de la relación entre sexualidad y crimen. También habría que notar la presencia recurrente de los sueños de los personajes como partes del relato y advertir sobre momentos reflexivos francamente irrelevantes en el narrador. Lo interesante es que el mejor Aickman, el atmosférico y sensorial, logra retenernos después de sus parrafadas excesivas. Puede construirnos desde una isla griega abandonada con tres mujeres misteriosas, hasta una habitación con barrotes en una gran mansión venida a menos. Y aquí viene el último comentario: Aickman no escribe finales, suspende sus relatos, los interrumpe. Quizás porque sabe que hay quien aboga porque no quedan finales para la literatura, por lo menos no finales brillantes. Quizás porque los finales clásicos para esta "extrañeza" psicológica terminan siendo obviedades. Quizás porque es incapaz de hacerse cargo de la historia que perfiló en cincuenta o sesenta páginas. Así que acepta la etiqueta de escritor moderno por su concepción inacabada de la anécdota, pero uno siente ganas de reclamarle cierta dejadez en el último aliento de sus historias. Porque se perfilan grandes ideas, grandes anécdotas y símbolos (queda flotando la gran metáfora del insomnio en "En las entrañas del bosque") y finalmente no las vemos brillar. Acaso, pese a agradecer su sutileza y su oficio literario, una parte de mí todavía espera que aunque no salga el conejito, por lo menos aparezca un grillo en la chistera. Corto.

(Robert Aickman, Cuentos de lo extraño, Atalanta.)