(Cuando vaya a Tecolutla, le haré homenaje a su escollera con una imagen tomada por mi cámara. Corto.)
martes 24 de mayo de 2011
Escolleras
El lado del río es turbio, agresivo, con olas de dos metros que azotan contra las rocas. El efecto es parecido al de una coladera, que se vacía vertiginosa entre las piedras hacinadas sin cuidado por manos o palas o máquinas desconocidas. Olas que brillan. Vaciadero de espuma que vuelve al marrón o al turquesa acuático. Las orillas del lado marino son calmas. Bancos de peces se arremolinan en el lado sombrío de las rocas y los bloques de concreto, crean sociedades, apaciguan y discuten sus razones, deciden nadar o fugarse eternamente juntos al abismo de metro y medio de altura. Peces mosquitos nadando en el vientre oscurecido, filamentos en lo amniótico, alrededor de un sol que los atrae a su palacio o casamata subacuáticos: ahí no pueden entrar los niños gordos porque firman tácitas sentencias de percance, ahí no pueden entrar los pequeños porque inicia la furia debajo, en tanta calma, en todo aquello oscuro y pegando, naciendo quizás, que se oculta en la lisura sombría. Ductos secretos que en la orilla del mar brotan bajo olas más plácidas y dibujan humores marrones, como fábricas hundidas en la arena, usinas rompientes, pacíficas.
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jueves 19 de mayo de 2011
Enrique Molina, "También nosotros"
Sí, zarparemos con los últimos barcos.
Al mar también le duelen las piedras que lo ciñen,
cuando su ronca cólera no basta
a estremecer la muerte del pequeño marisco.
Apartadme de mí, de mi larga estadía.
Siempre el rostro y las manos, el sueño y el espejo.
Podrías recordarme como al humo:
para eso hay muelles de dulce declive.
Eternas criaturas de la tierra,
seguiremos andando debajo de las flores,
con ligeras estrías azules en el hombro.
Y acaso, reconozcan nuestros nietos por su pelo arbolado,
por sus ojos de tristes nadadores
y su manera de decir: "Otoño..."
(Hoy me he topado con este magnífico poema del poeta argentino Enrique Molina. Poeta y navegante de barcos mercantes, impulsor del surrealismo en Argentina junto a Aldo Pellegrini, amigo de Viel Temperley, los versos de Molina retumban contra el muelle humedecido del que me lanzo a nadar mis malos pensamientos.)
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jueves 12 de mayo de 2011
Elefantes y escritura
Poco a poco vuelvo a pensar en los elefantes. Desde hace tanto, cuando quise comparar las rupturas de Beckett con un posible lenguaje paquidérmico, los elefantes me perseguían. Oí las grabaciones del Kid A de Radiohead como una prefiguración del lenguaje de un hombre elefante que intentaba ser integrado y quizás terminaba nulificado por las convenciones sociales de su época. Llámenlo el famoso caso de J. Merrick en la Inglaterra victoriana, pero también el caso del "poeta" que intentaba hacer poesía desde su aislamiento. Una soledad casi noble por bestial, desde la que pretendía conectarse con los otros. Y entonces el elefante era ruptura discursiva, voz fragmentada e invadida de los discursos de los demás, de publicidades, parodias o recomendaciones de sanidad para su cuerpo enfermo, monstruoso y embrutecido. Ahora el tiempo ha pasado y muchas de esas grandes palabras o conceptos se han ido quedando atrás. Y el hombre elefante se fue haciendo un paseante, un vagabundo entre calles, microbuses, en catas o cenas de etiqueta. Su lenguaje se fue haciendo más breve, no como el balbuceo crónico que antes pretendía, sino con esa brevedad y sentencia que nos trasmite la angustia del momento. Lenguaje defensivo, debo decir, del que se sabe presa a todas horas. Y últimamente a los textos paquidérmicos les ha nacido otro engendro. La exploración natural del animal, el elefante, mediante pequeñas investigaciones biológicas. Exploro ese murmullo, eso que grita por debajo: la bestia con el proceso de gestación más largo entre los mamíferos terrestres (22 meses), su incapacidad de saltar, su naturaleza vagabunda, su memoria legendaria, su trompa multiusos que le permite reconocer y hacer su peculiar duelo por el cadáver de un antepasado a mitad de la sabana, su coito brevísimo, su extraordinaria naturaleza nadadora (que ha creado teorías de su probable origen acuático). Estás hablando fuerte, barritas como un loco, elefante.
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miércoles 4 de mayo de 2011
Patrick Leigh Fermor, "Pan y piedras"
"Cuando, pasada media hora, despertamos, dos pequeñas figuras, de pie y a poca distancia de nosotros, nos miraban. Detrás de ellas, una media docena de cabras se había materializado: su presencia no había sido anunciada por el metálico sonido de los cencerros. Las llamamos, pero las figuras no respondieron ni se movieron; sólo se aventuraron a aproximarse a fuerza de numerosos encarecimientos y garantías de que no éramos ni ladrones ni forajidos. Se trataba de dos niñas, de diez y doce años, que iban descalzas, harapientas, y cuyo rostro era el de los iconos, de una extremada belleza. Bronceadas como gitanas, su pelo había sido cortado con impericia, y sus piernas morenas estaba cuadriculadas a causa de las cicatrices de las espinas y de los cardos. Se sentaron sobre unas piedras, una al lado de la otra, sujetándose las rodillas con las manos, y, absortas, nos miraban con sus inmensos y luminosos ojos negros, que, extraña mezcla de inocencia y sabiduría bajo unas cejas amplias y arqueadas, como trazadas con pluma, parecían abarcarles la totalidad del rostro. Delicadas, de agraciada contextura y solemnes, no podían ser otra cosa que griegas; no tanto las griegas del mundo pagano como las de la especie espiritualizada que mira larga e intensamente desde los muros de Santa Sofía y de Rávena: la desconcertante combinación de retraimiento y voraz intensidad que irradian las órbitas de las madonas y las emperatrices orientales."
(Patrick Leigh Fermor, "La abominación de la desolación" en Mani. Viajes por el sur del Peloponeso, Barcelona, Acantilado, p. 31. / Ésta es una de las más bellas descripciones femeninas que he leído en el último tiempo.)
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