domingo 24 de abril de 2011
Sendereando
miércoles 13 de abril de 2011
Héctor Viel Temperley, "Equitación".
Y las primeras veces que ocultando sus pechos
y sus rostros caían sus cabellos
eran mis manos las que los apartaban
porque al comienzo ellas no se atreven
a tocárselos siquiera
y para hablar sin luz se sirven de ellos
como de las rejillas de los confesionarios
“Cada tantos minutos
sus cuerpos rígidos se desplomaban
como ramas hachadas que aunque las contengamos
con los brazos en alto
igual se abrazan a los hombres rasguñándolos
y nos impiden ver el cielo
La primera vez siempre como una altísima ola
que una playa muy larga espera en todas partes
Las demás como baldes con hojas que alguien vuelca
siempre en el mismo sitio:
en el espacio libre entre dos cuerpos
y entre espasmo y espasmo
(más o menos seguidos
según se liberaban en ellas las virtudes
del fuego y la obediencia –y yo que iba contando
hasta llegar el último:
oh número final siempre lejano!—)
buscaban a mis ojos con ojos asombrados
agradecidos imperiosos dulces [...]
“También de rato en rato acariciaba
sus cabellos sus hombros suavemente
masajeaba sus tríceps cuando desfallecientes
apoyaban sus manos en mi pecho
como en una montura donde hay crines pegadas
y así se sostenían sin rigidez cansadas
como si terminaran de quitarles del pecho
a un hijo que no sabe mamar bien todavía
Pero luego de un poco más de charla
ellas solas buscaban el vaso como se hace
para abrir de a caballo una tranquera
y además ordenaban sus cabellos
rápidamente y con la mano en alto
después de cada nuevo espasmo como golpe
de viento en las espaldas despeinándolas […]
y sonreían…
Y así de espasmo a espasmo
iba creciendo un monte pálido [...]
Y el hombre
desaparecía en hombres
y los hombres en pequeños seres
hábilmente elegidos en secreto […]
cada uno de ellos en la punta de un hilo
de semen de una red
con araña y sin víctimas
“Y como por la punta
apoyada en mi pecho
de un embudo rosado gigantesco
caían sus historias
y ninguna palabra de amor necesitaban
para ser más perfectas
Y dentro de ese embudo rosado yo encontraba
pan bañado en alcohol para mis aves
para el tiempo
para los límites del mundo
Por ellas todo desaparecía y flotábamos inmortales
días y días
lejos de las ciudades
aunque odiara a sus almas y a la mía [...]
hombre y mujer enamorados pero ignorantes:
necesitándose sin saber para qué ...
(Héctor Viel Temperley, "Equitación" en Legión Extranjera. Viene en la Obra Completa, publicada en Argentina por Ediciones del Dock, y en México en la Poesía Completa, por Aldvs.)