sábado 26 de febrero de 2011

Georges Simenon, La nieve estaba sucia

Recién termino de leer La nieve estaba sucia, de Georges Simenon. No sé dónde leí o escuché que Simenon era un escritor de best-sellers, un prejuicio que me alejó de él mucho tiempo. Sin embargo, mi lectura de La nieve... da al traste con ese comentario, por lo menos en esta novela. Encuentro a un escritor realista y "moralista", con una prosa cruda y al mismo meditativa, de contenida sordidez, que plantea un tono que no puedo desligar del existencialismo. Novela que avanza rápidamente en acciones y se detiene también en el examen de su protagonista y los caracteres que lo rodean. Frank es un joven de 19 años que embona en cierta tradición del "enfant terrible", un muchacho que se degenera, que se "enferma" (la metáfora de la enfermedad está en toda la novela) moralmente debido al medio ambiente sórdido en que debe desarrollarse. Su madre regentea una casa de putas clandestina durante la ocupación de su país; Frank se relaciona con traficantes, ladrones, borrachos y asesinos; y por alguna razón, el joven siempre desea ir más allá del límite, a pesar de la posición de privilegio que ostenta. Pero aunque la sombra de Zola está en La nieve estaba sucia, el estilo de Simenon deja de lado las elaboradas teorizaciones sociales para sumergirnos en una maldad inmotivada, entre el arribismo y la ingenuidad, una maldad que suena casi animal o como licencia poética, pero que mantiene enganchados a la lectura. Aunque el autor retrata y escribe como si no se conmoviera de lo que le pasa a Frank, nunca deja de lado la intención del chico de ir "al otro lado de la esquina" y de que no tiene nada en común con la gente que lo rodea. Pero no hay guiños psicológicos o psicoanáliticos, no hay "pulsiones", sino sólo actos "viles" narrados en un lenguaje más absoluto, más abstracto, aunque no vacío de significado: tristeza, enfermedad, vacío, miedo. Eso hay en Frank, un tipo "de hielo" frente a los otros. Frank tiene esa maldad absurda, incubada por un desprecio al otro, por un estilo de vida que aprendió a dominar demasiado joven, por un ambiente criminal y abusivo adecuado, y que lo llevará finalmente a una suerte de redención cuando es encarcelado. Pero será también una redención incompleta, que toma tintes de abandono y extraño estoicismo. Simplemente decide aguantar, soportar la tortura (algo que siempre le ha obsesionado) de una policía también secreta y sin cara, y quebrarse interiormente en silencio cuando se topa con la única chica que lo amó alguna vez: Sissy. Novela cansada y estática en momentos, pero que revela desde una perspectiva cruel y desnuda, la vida durante la ocupación en Francia, aunque Simenon se cuida bien de dar datos precisos sobre la ubicación del relato. Quizás eso es de lo que más sorprende en el texto: esa cualidad de absoluto y sordidez que le da tintes alegóricos a la novela, el manejo de poquísimos elementos simbólicos (la nieve, la virginidad, la mirada por una ventana donde una mujer acuna a un niño) que remiten a un ideal de pureza o armonía que Frank nunca llegará a conocer, en un tono que recuerda al Castel de Sábato. Pero Frank no es un artista, es simplemente un alma perdida, abyecta, absurdamente cruel, un traficante, un niño bello y terrible que se precipita, sin ideales artísticos ni musas, en el pleno desencanto y la vacuidad, en el abismo.

Georges Simenon, La nieve estaba sucia, Tusquets, México, 1994.

jueves 24 de febrero de 2011

Peatón

Escritura difícil en los últimos días, entre mudanzas, cierres problemáticos y la ausencia de una computadora para vaciar las ideas o imágenes que estallan en el cruce de un semáforo o mirando por un ventanal a muchos metros de altura. Pero he retornado a la caminata, porque el trabajo se ha acercado y la alegría de mis piernas libres se contagia tímidamente al resto del cuerpo. Uno puede elegir menos vueltas y vagancias y tomar ciertos ángulos rectos que si bien parecen reducir la distancia, entregan menos tensiones o finales sencillos y predecibles: una diagonal donde se cruzan tres avenidas, por ejemplo. Así que elijo callejear, hacer un camino "vertebrado", un poco más lúdico por caprichoso. Noto el despertar de la ciudad, con sus carnicerías y tiendas, con sus puertas y cortinas que recién abren para nosotros y auguran que no todo es hacinamiento y vagones de lucha feroz en el metro. Aún hay peatones, aún se mueven por ahí, no están extintos. Se encuentran a cuentagotas en el lienzo entre terrícolas que lavan sus cocheras o sacan sus autos o compran tamales para el camino. Mujeres que se retocan el maquillaje mientras avanzan entre taconeos y hombres que todo lo miran, mientras batallan por cruzar una calle y no perder una llamada telefónica. Y hay niños, increíblemente vuelve a haber niños que acuden a la escuela y hacen preguntas a sus padres. Y en este universo callejero, los antagonistas: montones de coches que ignoran peatones y recuerdan luchas cavernícolas por territorios que parecen perdidos. Años de pretenciosa evolución para toparse con que las bestias manejan automóviles sólo por el capricho de un pulgar oponible o un crédito conseguido a sudor y mansalva. Jugos, mujeres, oficinistas. Un último cruce y finalmente llego: subo 36 pisos de golpe, sintonizo un leve dolor de cabeza y abro unas páginas de Simenon...

martes 15 de febrero de 2011

J.M. Coetzee, Verano

Mi primera lectura de J.M.Coetzee fue Esperando a los bárbaros. Me pareció un libro magnífico, con una dicción fría de un protagonista frío, pero me gustaba mucho la alegoría de barbarie y civilización; la visión temorosa, peligrosa del paisaje exterior; la frustrada relación amorosa entre el protagonista y la chica aborigen; ese sentido dubitativo de justicia que aparecía de pronto en la novela, un sentido muy personal, que la distinguía respecto a un panfleto contra la desigualdad. Después de eso leí otras novelas de Coetzee (En medio de ninguna parte, Desgracia...) y no me engancharon. Demasiado equilibrio y matemática narrativa, demasiada parquedad, demasiada sensación de estar en una tierra de silencios, inhóspita, violenta casi robóticamente. Quizás era el tono. Con todo y eso, hay otro libro que me gusta del sudafricano: Juventud, su autobiografía juvenil y es sobre todo por sus reflexiones y angustias en torno a la escritura. Con la prosa desnuda que lo caracteriza, retrata el tiempo del joven Coetzee lleno de dudas en IBM, extraño en Inglaterra, luchando por hacerse poeta, renunciando y regresando a la escritura. Es el Coetzee atribulado, a fin de cuentas, y yo me vivía como tal y necesitaba un compañero. Esta larga introducción es para tratar de justificar, acaso comprender, la lectura de Verano. Leí el libro con una secreta esperanza de toparme con más del Coetzee atribulado, en contrucción. Leí críticas elogiosas, listas de recomendaciones. Y sí, aparece Coetzee retratado a partir de figuras o personajes que lo "conocieron", amantes o quereres frustrados, compañeras de academia, una prima. El libro arranca bien, pero de nuevo Coetzee hace su personaje Coetzee. Frío, apartado, monolítico, yendo de un lado a otro en una camioneta destartalada. Y todas las mujeres (sus personajes entrevistados) dicen lo mismo de él. Lo toman como un ser neutro, asexual, un hombre sin fuerza, sin virilidad, un solitario. Y eso se entiende desde el primer apartado. Pero el libro sigue restregándonos que Coetzee no tenía una personalidad fuerte, una personalidad excepcional. No hay otra perspectiva, no parece haber matices ni en los seres más allegados. Siempre distancia. El autor ni siquiera juega un poco con su ficción personal. Cierto que escribir una autobiografía novelada en el siglo XXI debe esquivar los lugares comunes de otras biografías, sobre todo las idealizaciones que convierten en celebridad y héroe al biografiado. Aunque me pregunto si la base del género autobiográfico no fluye siempre como una mentira individual, una licencia, un ajuste de cuentas. Una escritura, una visión personal del mundo. Recuerdo las páginas encendidas de Chateuabriand, o la oscilación entre lo cerebral, lo visceral y lo poético en el Diario de Pavese. Los fragmentos de Piglia, los Cuadernos de Cioran. Hasta las fantasías poéticas de Neruda sobre sí mismo. Recuerdo el libro prodigioso, excepcional, mágico de Pierre Michon (Vidas minúsculas), una biografía contada a partir de sus abuelos, madre, y demás conocidos, incluso antes que él naciera. E intento entender por qué Coetzee gasta páginas y páginas en decirnos que él no es excepcional. Tanta ansia de convencimiento cansa. Tomarse 250 páginas para toparnos con una muralla, para oír las historias de otros personajes que francamente no nos conectan porque en realidad no conocieron interiormente a Coetzee y nosotros llegamos al libro por Coetzee, el autor, el hombre. Me queda la amarga sensación de un texto prescindible: ahora tengo la misma impresión de Coetzee que si no hubiera leído Verano. Es una escritura limpia, coherente y económica, por supuesto... pero "demasiado frío, demasiado pulcro... Demasiado falto de pasión", como concluye el propio autor, a través de una de sus amantes frustradas.

viernes 4 de febrero de 2011

Cioran (algunas ideas camineras)

En la mañana pensé en Cioran, me acordé de sus paseos en París, me acordé que se encontraba a veces con Beckett, de noche, en un parque, sin haberse citado. Dos exiliados insomnes que compartían el silencio, dos tipos que experimentan de forma profunda el lenguaje. Dos filósofos en sus respectivas parcelas. Sé porque pienso en Cioran, aunque el día no sea "cioranesco" (no es gris ni otoñal). Cioran me hace pensar en una lucidez pesimista tremenda, me hace pensar en una profunda desesperación, en una ligazón con la carne que a veces le es insoportable, pero todos los días la cultiva. Admiro el estilo incisivo y en ocasiones desgarrado de los libros de Cioran que he leído: De lágrimas y santos, Ejercicios de admiración y sobre todo sus Cuadernos. Cioran es una vida literaria del desesperar. Estaba siempre atravesado, renegaba y abrazaba con la misma fuerza. Me hace pensar en un tipo que, tratando de alejarse de la santidad, experimentó su propia ascesis.  Le bastaba con las tinieblas de su propia mente. Notar las desgarraduras, vivirlas, poner el lenguaje todos los días en la mira para narrarlas. Qué difícil es el vicio de pensar, quedarse pensando, no poder liberarse de la cabeza, oír cada pensamiento, cómo rebota o se clava o desaparece. Hoy lo pensaba mientras caminaba de vuelta al trabajo. Disfruto caminar porque ahí nacen y desaparecen los pensamientos en tiempo real. Estímulos, destellos, imágenes rotas. Y el ritmo de los pasos.