viernes 28 de enero de 2011

Jorge Ibargüengoitia, Dos crímenes

Regresó por la nostalgia, porque ando parco de emociones en las lecturas. Recuerdo que fue uno de los primeros libros que leí de un autor mexicano y en ese momento me gustó mucho. Ahora que lo pienso, los escarceos amorosos de Marcos con Amalia y Lucero eran lo que más me llamaba la atención. Me gustaba esa manera transparente, simple, de contarlos (yo tenía entonces 15 años). Pero el libro no trascendió de más interiormente, se quedó guardado entre otros. Ahora que he vuelto a leer Dos crímenes, muchos pasajes volvieron a mi mente. La casa del tío Ramón, las comidas, la geografía de Plan de Abajo. La historia es sencilla: Marcos es un comunista e ingeniero fugitivo que regresa a su pueblo provinciano huyendo de una falsa acusación como terrorista; ahí vive un conjunto de enredos sexuales y monetarios con su familia, hasta que descubren su secreto y ocurren los dos crímenes anticipados en el título. Ahí está todo lo clásico y apreciado de Ibargüengoitia: su prosa ágil y cristalina, sus diálogos perfectamente narrativos, su ensañamiento crítico por algunas costumbres y modos provincianos. Uno conoce pronto a los personajes y tiene ganas de que El negro le dé la vuelta a esa familia de ambiciosos, los Tarragona. También es interesante el papel primordial que el sexo, la provocación y el coqueteo tienen en la trama. Pero aquí viene lo que, debo confesar, me quedó a deber en la novela. Por una parte, la capacidad de mentir de Marcos y de que las circunstancias le sonrían para ello raya en lo inverosímil. Claro, el tío rico que le suelta a Marcos el dinero a manos llenas, la madre y la hija potables y de paso cachondas, la novia del  fugitivo a distancia, pero siempre añorando el reencuentro. Y eso está justificado si pensamos en el tratamiento como un "enredo" altamente representable. Hay sobreentendidos, silencios, azares, confusiones y picardías sexuales. Pero entonces viene el cambio de voz narrativa: la voz de Marcos pasa a la del farmacéutico Pepe, y algo sucede. Como que la historia, la gracia, la agilidad, se diluyen. No es que se vuelva moroso, sino que toma guiños de falso policiaco provinciano y creo que ya no logra retomar el tono. Admiro a Ibargüengoitia, pero desconozco si en esta novela, por su afán por ser reconocido por ser más que un humorista, procura pericias técnicas (sobre todo en sus narradores) que le sobran a la historia. Él ya era un estilista y a la vez un gran observador de la tontería y la impostura humanas. De cualquier modo, siempre agradezco al guanajuatense por novelas tan amenas, críticas e inteligentes como Los pasos de López, Los relámpagos de agosto o Maten al león. Creo que Ibargüengoitia es uno de los más efectivos e inteligentes escritores mexicanos y que mi opinión sesgada sobre Dos crímenes no tiene de qué preocuparle. 

domingo 9 de enero de 2011

El tranvía de Buñuel


Leo sobre ríos y vagabundeos diversos en este principio de año. El punto de partida es Conti; luego el gran poema "Vagabundo" de Ungaretti, escuchas los versos desgarradoramente desnudos de Idea Vilariño en un acento de mujer porteña. Pero la imagen climática llegó anoche, cuando vi la película La ilusión viaja en tranvía de Luis Buñuel (México, 1953). Extraordinaria comedia del camino, se desarrolla en un viejo tranvía tomado a raíz del delirio alcohólico de sus protagonistas (el Caireles y el Tarrajas). Dos obreros que no desean que el tranvía 133 sea desmontado y se proponen darle un último paseo de una noche, en un recorrido que se extiende de más y acaba plasmando una odisea enredada y azarosa. La visión "realista" del México del medio siglo (con sus crisis de salarios y producciones enajenadas por comerciantes tramposos) cede paso a un cómico surrealismo que retrata la vida obrera y popular, y no deja de lado las críticas a las consabidas instituciones (religiosas, mercantiles, de gobierno). La ineptitud del sistema se plasma ingeniosamente y sin toques retóricos, pero también con licencias poéticas donde las yuxtaposiciones inesperadas de imágenes atisban esa estética donde la propuesta aún no se ha demeritado por el vicio de buscar sorprender con el exceso. Ahí está la secuencia divertida y maliciosa de los pasajeros del rastro y de las viejas que fingen pobreza y les sacan unos cuantos pesos a otras mujeres, entre cabezas de puercos, hígados y demás vísceras, en una noche capitalina alucinada. Y hay más elementos en esta pequeña joya: el personaje obsesionado con su lealtad "a la empresa", el deseo sexual reprimido, las picantes pastorelas mexicanas, las burlas contra los huérfanos. Y el deseo de desviarse, de esquivar la autoridad, de confundir la buena intención con el posible delito, cruce a cruce. La cinta permite un último "reto" documental: provee una estampa de la ciudad que perdimos tras los microbuses, metrobuses y distribuidores viales; y nos pone a prueba para trazar el camino del Caireles y el Tarrajas (acompañados de una Lilia Prado que a cincuenta años de distancia saca más que un suspiro...): Eje Central, Churubusco, San Antonio Abad, Reforma... A modo de epílogo personal, comparto con el lado de allá la foto de arriba, tomada en Ciudad Universitaria el año pasado.

sábado 1 de enero de 2011

Gao Xingjian, La montaña del alma

Leo unos cuantos capítulos de La montaña del alma, del chino Gao Xingjian, Premio Nobel de Literatura del 2000. Libro prestado hace mucho por un querido amigo, libro que intenté leer y en algún momento abandoné y quedo sepultado o emparedado entre otros volúmenes. Pero el aire invernal le hizo bien. Leo las bellas descripciones de Xingjian, su viaje por los rincones de China en busca de la montaña anímica, sus vagabundeos en una reserva de pandas, su intento por conquistar a una joven y su contacto con la sabiduría milenaria china, que parece rodearlo a cada paso. Inscripciones en puentes, leyendas de ancianos, rocas que cuentan historias de mil años atrás. A ratos, incluso el protagonista suena abrumado porque hay una historia que le habla, no importa al lugar que voltee, y él se siente en la necesidad de escribirla. Cargas de significado que pueden ser atroces si uno se está yendo, sobre todo, si al igual que el personaje, uno no sabe lo que anda buscando. Idealización y sueño de la montaña, sueño de su lugar, de su revelación, de sus señales. "Andas errante por las calles, con la mochila a la espalda, pensando descubrir en esta localidad una señal" (14). ¿Es uno un mejor o peor viajero por vivirlo así, por arrancar el camino (hacia cualquier parte, hacia afuera) buscando signos? ¿Puede uno mirar de verdad? Recién regreso de un viaje por Guanajuato y me lo pregunto. Y aquí comparto una última cita del libro, para que los ojos miren e imaginen sus propias montañas:

"El hombre sigue las vías de la Tierra, la Tierra sigue las vías del Cielo, el Cielo sigue las vías de la Vía, y la Vía sigue sus propias vías" (72).

Salud.