martes 26 de octubre de 2010

Haroldo Conti (dos impresiones)

I

Algunos de los cuentos de Haroldo Conti me impresionan vivamente por primera vez, ahora que he sido capaz de entrar en su fraseo, en su dicción a ratos poética y entrecortada, en su puntuación a veces lapidaria. Conti y los árboles, que aparecen personificados y fusionados con los hombres en el maravilloso "Balada del álamo carolina" (nótese la musicalidad del título). Conti y la naturaleza, los ríos, los barcos, los pequeños personajes de su Chacabuco, en la provincia de Buenos Aires. Inventores fallidos ("Ad astra"), corredores obsesivos, familiares ilustres y amores fantasmales en un rinconcito medio olvidado del mundo.  Conti es un escritor donde a ratos la anécdota se nulifica por completo y sólo está el placer de la escritura, en perjuicio del relato, aunque no de un estilo personal y muy vívido, donde también sorprenden algunos relatos ágiles y humorísticos ("Devociones") o el cuento político ("Cinegética") con deudas al relato estadounidense. Un Conti que recuerda en su trazo poético y desnudo del "paisanaje" y las islas algo de la magia mítica de Pavese. Todo este Conti lírico, poético, casi franciscano en su amor por los animales pequeños (grillos, pájaros) hace que su desaparición durante la dictadura militar en Argentina se vuelva más dura y dolorosa.

II

Conti. ¿Consideraciones de su estilo? Conti es un hombre que narra a veces con lentitud y es detallista en extremo. Digamos que narra acciones descriptivamente, no es más general cuando podría serlo. Esto podría ser una tara: su amor por cierta "secuencialidad" narrativa. Su precisión como de manual o instructivo. Le gusta narrar el avance de la tarde, las estaciones, los procedimientos y las esperas. Pero el fraseo de Conti, si se me permite el símil, es como un latido. Porque cuando entra en ritmo, cuando sus personajes empiezan a hablar, es maravilloso. Todo avanza con naturalidad, las cosas se mueven. Lo mismo sucede cuando Conti se pone lírico: su prosa es muy cercana a la poesía y descubrimos una "luz rítmica". Todo, particularmente lo inanimado, se contagia de vida y cercanía. 
Grillos, árboles, ríos. Como compañeros, quizás sinónimos o extensiones de Conti.

(Haroldo Conti, Cuentos Completos, Bartleby, Madrid, 323 pp. Prólogo de Gabriel García Márquez).

martes 12 de octubre de 2010

Harold Brodkey, "Inocencia"

He leído varios comentarios sobre Harold Brodkey (nacido Aaron Roy Weintraub), escritor estadounidense nacido en 1930 y fallecido en Nueva York en 1996, enfermo de sida. Las historias sobre Brodkey oscilan entre la genialidad que él pregonaba de sí mismo y la personalidad abrumadora y egocéntrica, incluso insoportable, que lo distanció de otros escritores y también le pasó factura del lado crítico. Brodkey pregonó una gran obra y fue dilatando el tiempo de entregarla hasta que nadie le creyó. Se sostuvo de una obra inexistente (aunque no es el primero que lo hace). Y sin embargo, Brodkey, al contrario de otros, sí la escribió. La creó y corrigió y refundió como un obseso toda su vida. Se llama El alma fugitiva y por lo menos es grande por voluminosa, debe tener unas 900 páginas y confieso que sólo he leído unas cuantas hojas. Pero sí he leído otras cosas de Brodkey y puedo decir que el tipo es un gran escritor. Un escritor desmesurado, insoportable y sorprendente, un loco que de verdad escribía creyéndose el mejor escritor que parió Estados Unidos o incluso el siglo XX. Incluso en Esta salvaje oscuridad, su libro de enfermedad, donde narra el proceso de su muerte debido al sida, Brodkey sigue convencido de que es el mejor, el más guapo, el más sexual, el bebé que fue casi robado por su madre adoptiva porque era simplemente el más hermoso. Y es que Brodkey escribe como un virtuoso (y por fin llego al punto/ y verán que la frase no es gratuita). Brodkey es famoso por escribir un cuento sobre un orgasmo femenino, un cuento de más de 30 páginas centrado en el orgasmo de Orra, una chica bien de Harvard que se jacta de ser una tigresa sexual, pero nunca ha vivido la "pequeña muerte". Y Brodkey elige para este duro trabajo de héroe griego a su alter ego obsesivo: Wiley Silenovicz, el joven aspirante a escritor, conquistador desparpajado y niño terrible. "Inocencia" es un cuento largo, complejo, sostenido por el virtuosismo de sus metáforas e imágenes, de sus posiciones y reflexiones, por su ritmo en consonancia con el compás pélvico y las embestidas masculinas y la caprichosa, deliciosa, esquiva geografía inferior de Orra. Recuerden la magia de la prosa de Cortázar, pero retiren el jazz y los diálogos cercanos, y cámbienlo por un observador más mordaz y egoísta, anonadado consigo mismo, por darle placer a ella porque así obtiene el suyo. Revancha, sumisión, poder, egoísmo, ¿amor? "Inocencia" es excesivo a ratos, es incluso intelectual y coquetea en todo momento con la pedantería, con la prosa en su estado más pretencioso, exhibicionista, arquitectónico pero, increíblemente, llega. Por eso es un cuento genial, impresionante. Porque Brodkey lo consigue y eso es lo importante hablando de este pequeño universo narrativo, más allá de la personalidad, de los embates, del personaje que uno cree de sí mismo. 

Harold Brodkey, "Inocencia" en Relatos a la manera casi clásica, Barcelona, Anagrama, págs. 189-225.

viernes 8 de octubre de 2010

Vargas Llosa, Nobel

Y por fin, después de tanto, Mario Vargas Llosa se llevó el Nobel. Son muchos años de un trabajo abarcador y total, de una novelística de registros variados y personajes inolvidables, de ensayos agudos y opiniones polémicas (sobre todo, extraliterarias). Varias novelas de primera línea, necesarias para la literatura (Conversación en la Catedral, La casa verde), pero sobre todo para sus lectores, avalan a Vargas Llosa. Es complicada una sola opinión sobre él, porque es uno de esos hombres-mundo, imponentes y abrumadores por su cantidad y calidad bibliográfica, por lo titánico de sus intereses y proyectos dentro y fuera de las letras, y porque su "personalidad" (su "yo") no puede dejarse de lado en su obra (uno de los puntos predilectos de sus detractores). En mi caso, entre lo que he podido leer hasta ahora, recuerdo con cariño especial la levedad de Pantaleón y las visitadoras y esa novela de dictadura impresionante e incisiva que es La fiesta del chivo. Así que me uno a la felicitación por su labor literaria, pese a todos los tintes, criterios y decisiones polémicas que pesan sobre el Nobel, porque el suceso se lee como un premio que pone otra vez sobre la mesa la importancia de las letras latinoamericanas. Corto. 

viernes 1 de octubre de 2010

Sensaciones del viernes

Ayer recorrí una parte de la ciudad con tres mochilas pesadas a cuestas y volví a ver el caos, los coches atrapados entre otros coches, la cara anónima de los oficinistas, los caminos que se cortan y alejan con innumerables vallas naranjas que te fuerzan a dar un rodeo más. Me encantan los rodeos, pero cuando puedo elegirlos, no cuando uno está sometido a tantas reconstrucciones viales, voluntades de terceros y policías con gestos mecánicos y patrullas atravesadas. Me imaginé una jornada al modo de "La autopista del sur" cruzada con un relato kafkiano: el cuento de un tipo cargado de mochilas, que nunca podía llegar a su destino y tenía que dormir y proteger sus bultos, hasta que finalmente, varado en la avenida, se daba por vencido y abandonaba su equipaje entre la gente para salir del tránsito. Salía caminando y se alejaba de los vehículos, a contracorriente de ese encierro absurdo y por fin, en una amplia calle, presintiendo el sol y la libertad que anhelaba, terminaba encontrándose con otra valla naranja. Qué patético fatalismo. (Sé que Don Porfirio nunca se imaginó Reforma de ese modo, quizás incluso pensó que había construido una avenida que era infame por su enormidad considerando su tiempo y los transportes de la época.)
En fin, el aliento del viernes avanza frío. Ha venido el cambio de estación, como bien decía una amiga. El sol es frío, el aire es frío, y reconozco el periodo en que el aire empieza a lijar levemente y acostarse en el pasto ya no será sencillo con las hierbas taladrando también frías. Ahora empezarán a mostrarse las hojas doradas crujiendo bajo los pies y volverá cierta melancolía. Uno no puede hacer mucho cuando es animal de estaciones. Tan sólo adaptarse.