"Trabajaba incansable, levantando construcciones que luego él mismo echaba abajo. Construía minúsculas pirámides de verdades y, cuando ya las tenía levantadas, las derribaba para poder disponer de verdades con que construir nuevas pirámides."
jueves 23 de septiembre de 2010
Bolitas de papel, de Sherwood Anderson
Aquí una de las perlas del excelente Winesburg, Ohio, de Sherwood Anderson, tomado del relato "Bolitas de papel". Cabe en un tiempo en que las verdades personales están a la baja y sólo unos cuantos obsesivos son capaces de triturarse a sí mismos y a sus lugares comunes en el papel, con sus propias manos:
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martes 14 de septiembre de 2010
JM Riera de Leyva, Lejos de Marrakech
Había visto el libro unas dos semanas atrás, lo había ojeado en el botadero, lo dejé. Pero curiosamente, apenas el fin, volví a encontrarlo en la pila, leí dos relatos mientras estaba de pie y la gente empujaba a mi espalda. Esta vez tuve que llevarlo. Es un ejemplar viejo, tiene un precio rayado con tinta, el lomo y la portada están sucios, pero por lo demás no se arquea ni tiene marcas, como si nadie lo hubiera leído. Lástima. Porque Lejos de Marrakech se va desarrollando poco a poco en un conjunto de 17 relatos que cuentan la historia de una huida, de la fuga perpetua del protagonista, un hombre que no está nada a gusto con su vida. "Había decidido convertirme en otra persona. Porque me daba cuenta de que la única posibilidad de huir es transformarse," escribe el héroe, un escritor de relatos con tendencia voyeurista, que procura crearse una nueva identidad, gusta de cometer crímenes silenciosos, se enamora de casi cualquier mujer y tiene una deliciosa tendencia al escape y la vida de observación y charla en los bares. Esto es, en pocas palabras, el libro. Una novela en relatos con una prosa de deuda policíaca, con diálogos breves y precisos, nada de psicologías de caracteres, sino personajes apenas dibujados que entran y salen de cuadro, en una línea argumental independiente que termina conjuntándose en un excelente final. No busquemos poesía en Lejos de Marrakech, o por lo menos no esa de una prosa nerviosa, explosiva de imágenes u onírica. Pero sí hallaremos un ritmo cortado, una dicción, una voz que envuelve y va sorprendiendo porque el libro no se abandona. Allí está la dosis de delitos, fijaciones comunes, enredos, silencios y la historia de algunas mujeres en la vida del protagonista (fatales, inteligentes, del pasado) que harán las delicias de los cultores de la novela negra, o de quienes disfrutan la escritura cinematográfica. En una palabra, léanlo si lo encuentran en un botadero o caminando en el Centro. A mí el azar me sonrió.
(J.M.Riera de Leyva, Lejos de Marrakech, Barcelona, Anagrama, 164 pp.)
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viernes 10 de septiembre de 2010
La aventura, el viaje
El narrador como alguien que viene de lejos, que cuenta un viaje, una noticia lejana, pienso siguiendo a mi modo lo que leí en Walter Benjamin. Recuerdo también que leí en otro lugar que entre las grandes historias del hombre está siempre la del viaje. Es una antigua motivación narrativa. Contar las peripecias del recorrido a la tierra primigenia, la prometida, la dorada, la del rescate de una mujer, la de una guerra sangrienta; contar el regreso a casa o la visita al sitio de los muertos. Entonces escribo o intento escribir sobre eso. "Todas las historias son banales", dice un personaje de Tabucchi en su extraordinario Dama de Porto Pim, "lo que importa es el punto de vista". Y me aferro a ese lugar común y me pongo a contarlo a mi manera. Navegación y soledad. Barcos fantasmas; solitarios y vagabundos. Me descubro apelando a cierto género de aventuras, montones de libros que ya escribieron navegantes, exploradores, diletantes de lo exótico, marinos perdidos en océanos inmensos. Quizás llego tarde a mi personal corazón de las tinieblas. Pero me gusta, hoy creo en ello. Corto.
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miércoles 8 de septiembre de 2010
Del no-narrador
Tal vez porque nunca fui un narrador, aunque solía escribir lo que me pasaba. Quizás porque hace tiempo, alguien que volvió a verme después de años me dijo: "creí que ibas a ser ingeniero". A mí, al que siempre le ha importado un bledo la ingeniería o levantarme a reparar cosas. Tal vez por eso me ocupo tanto de hacer pruebas, de experimentar, de tratar de mirar los ángulos distintos, de ensayarle un tono y luego otro (aunque no lo haga manualmente, sólo lo piense). Quizás por eso tengo mi ensayo y error en cada historia, y juego y me tropiezo con formatos, los modifico, los adapto, los releo y los borro: por una pauta del fracaso. Tal vez porque ya casi no me visita la poesía. Quizás porque no soy lo que una vez un amigo me dijo de otro: "es un narrador nato". Sí, quizás por eso.
sábado 4 de septiembre de 2010
Vértigos (Adán Medellín)
Con una mezcla de pudor y alegría, entrego a los lectores mi primer libro de cuentos. ¿Qué se dice en una situación y un sitio así, sin parecer ridículo? Mmm... Agradezco el apoyo cercano y lejano, incluso involuntario, para la confección del mismo. Me hago responsable de los Vértigos, no queda de otra, je, con todo y sus torpezas y que pueda ser perfectamente olvidable (aunque confío secretamento en tres o cuatro de esos textos). Si alguna vez lo quieren o desean leerlo, avísenme.
miércoles 1 de septiembre de 2010
La Castañeda (apuntes del manicomio)
El Manicomio General, conocido por todos como La Castañeda, por su ubicación en los terrenos de la antigua hacienda homónima en Mixcoac, se inauguró el 1 de septiembre de 1910 y fue en su tiempo una imagen de la modernidad psiquiátrica. Hay fotos de don Porfirio y su impresionante bigote blanco, desde que puso la primera piedra del lugar hasta que hizo la comida inaugural, al lado de la crema y nata de la época. Hay en la Castañeda una veintena de pabellones que separan a los ingresados en distinguidos (as), alcohólicos (as), tranquilos (as), peligrosos (as), epilépticos (as), infecciosos (as); además de mortuorio, baños, establos y pabellón de doctores.
Pero la Castañeda no conoció un trato VIP y enclaustró entre sus muros a todo lo incomprensible de la época: enfermos mentales, militares con traumas de guerra, sifilíticos, lesbianas, homosexuales, heroinómanos y pachecos de todas las edades y clases.
Cabezas rasuradas, miradas perdidas, trabajadores fumigando a los pacientes para evitar que se empiojaran. Entre las fotos documentales del sitio, entre esa masa indiferenciada de miradas, cuerpos arrimados de a tres en un catre, y hombres sentados en el piso, hay unos pocos seres célebres. Aparece el señor Alberto Nicolat todo vestido de negro, "mesías, ladrón y traficante de drogas" de aquel tiempo, hombre tristemente célebre a principios del siglo XX mexicano por su vocación de narco avant la lettre. Hay dibujos de un interno que se creía militar y organizaba batallones de orates. A mí, entre tantas imágenes que conmueven, la foto que me quedó en la memoria es la de un grupo de hombres que parecen escuchar un concierto o la amonestación de algún terapeuta motivador o moralista de la época (quizás mi recuerdo lo tergiversa). Pero el detalle que me llama la atención entre esos pacientes vestidos con pantalones y bata clara es uno: hay un hombre ahí sentado, como todos, con la mirada de hastío y melancolía, que parece tan "normal" como cualquiera, pero se vuelve especial porque es el único entre todos esos desarrapados y malditos por la sociedad que aún trae puestos calcetines, un modelo que parece elegante y muy armónico, el único que no trae la piel desnuda debajo del pantalón, hasta donde la toma permite apreciarlo. ¿Llevaría poco tiempo ahí? ¿Conservaría un resquicio de vanidad, un anhelo de distinguirse de sus otros compañeros? ¿Sería una especie de mandamás dentro del pabellón? ¿O simplemente tendría frío y aún no habían logrado robarle de noche esas prendas, que defendería con ferocidad de los otros? (Testimonios de la época hablan del frío avasallador de las madrugadas en la Castañeda, que incluso lograba calmar a los locos y los hacía dormir apilados, cuerpo contra cuerpo, usando al vecino de almohada). No lo sabré, y sólo puedo intuir su historia imaginada en estas pocas líneas.
En fin, la leyenda negra de la Castañeda (maltratos, abusos, tratamientos con visos de tortura, pésimas condiciones sanitarias, "prisión y burdel" en palabras de una interna) alcanzó periódicos de la época y contribuyó a su cierre a fines de la década de los 60, que llegó a calificarlo como "insalubre depósito de despojos humanos". Actualmente demolido, del Manicomio sólo queda la fachada de Servicios Generales, que se trasladó piedra por piedra a Amecameca. ¿Qué nos convierte ahora en locos? ¿Quién lo decide? Dejo esta visión de la locura en la Castañeda: esa locura que, según las teorías de principios de siglo, era propia de la civilización y la modernidad y se contagiaba, entre otras cosas, por leer demasiado.
(Fuente: visión personal de mi asistencia a la exposición La Castañeda. Imágenes de la locura-100 años después, en el Museo Archivo de la Fotografía, Guatemala 34, Centro.)
www.iih.unam.mx/.../ 2010/imgs/poster_locura.jpg
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