viernes 27 de agosto de 2010
Como el profeta después de...
Aprender a narrar lo personal como si se tratara de lo ajeno / Cuidado cuando los sueños de los otros se reproducen en los sueños personales / Cuidado con soñar después del sueño, después de la muerte, después de la violencia / El narrador como "alguien que viene de lejos", decía Walter Benjamin / Voy a imaginarme -otra vez- que vengo de lejos
lunes 23 de agosto de 2010
Poco a poco
Pronto estos días se irán transformando en otros, de otra textura y otro peso, aunque suene a obviedad. Pronto volveré a mirar, a tener noticia, a dar avisos de que soy más que una presencia, a darme cuenta de la gente que me saluda en la calle. Hoy me encuentro con estas palabras de Cioran y me aferro a ellas: "Lo que se escribe sin pasión acaba aburriendo, aunque sea profundo. Pero a decir verdad, nada puede ser profundo sin una pasión visible o secreta. (...) Habría que escribir sólo en estado de efervescencia." ¿Y qué pasa cuando eso que se escribe es al mismo tiempo que una cura personal contra fantasmas y pasados dolorosos, un trámite, una jodida obligación silenciosa? Falta poco, me digo, me repito.
miércoles 18 de agosto de 2010
Esa mujer
Pasé por la facultad y esa mujer estaba ahí, un nombre como otros, un rostro que parece familiar, pero entonces no le puse mucha atención. La había conocido antes, unos años atrás y de hecho no me impresionó. Páginas y páginas y se fue al cajón del olvido. De pronto, por un azar, me piden un artículo y tengo que volver a ella. La busco desganadamente. El libro no aparece en mi casa, pero en el camino de regreso empiezo a recordar una anécdota terrible, un amor, locura... y a Dido. Así que al día siguiente, ya de noche en el depa, busco su fotografía y ese poema. Entonces pulso y escucho la voz grave y fabuladora de Rosario Castellanos con su potencia melancolía, su melodía doliente. El poema me atrapa, lo lamento a su lado. ¿Quién iba a decirlo? De repente se aparece Castellanos y me llegan recuerdos, rumores, imágenes que sobre ella atesoraban profesores en Filosofía. Su cabello despeinado, sus ingresos psiquiátricos, su genialidad. No me explico qué ha pasado, pero sucede que leer 4 o 5 de sus poemas me entregan una imagen más vívida, un sentimiento del mundo arduo y doloroso, en un periodo en que he sucumbido en mí mismo con tal de pagar mis deudas tesísticas con Viel. Lo lamento, Rosario. Nunca fui uno de tus seguidores, nunca te enaltecí ni brindé por ti, pero hoy, en este tiempo, tengo cosas que agradecerte. Porque me hablas, carajo, y es lo menos que se le puede pedir al poema, a la voz de un escritor.
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Rosario Castellanos
domingo 8 de agosto de 2010
Julian Barnes y la muerte
Pero ¿qué médico va a darte el diagnóstico que conviene a tus requisitos literarios? "Me temo que hay buenas y malas noticias." "Dígamelo francamente, doctor, necesito saberlo. ¿Cuánto me queda?" "¿Cuánto? Yo diría que unas doscientas páginas, doscientas cincuenta si tiene suerte o trabaja rápido."
Aquí una de las muchas líneas memorables del memorable libro de Julian Barnes, Nada que temer, editado por Anagrama. Reflexión sobre la muerte que se liga inevitablemente al recuerdo y a la historia familiar, a la lectura, la escritura y la filosofía del fin que nos aguarda. No es manual de heroísmos personales ni panacea para la muerte. El libro vale mucho por su reflexión, su ironía, sus chistes, sus graciosas digresiones, sus citas que se suspenden entre lo sublime y lo demoledor, sus meditaciones agudas sobre Dios, su diálogo con otros escritores y músicos -Flaubert, Renard, Stravinsky, Russell, entre muchos más- vistos desde la perspectiva mortal que los acechó también a ellos. ¿Qué dice la tumba de Ford Madox Ford o cómo es la de Jules Renard? ¿Y los últimos momentos de Maugham, Montaigne, Goethe...? ¿Podemos desprendernos de la idea de la muerte, somos conscientes de nuestros últimos momentos? ¿Nos hemos enredado en una muerte burocrática, maquillada y artificial? ¿Extrañamos todavía a Dios por eso, aunque tantos lo hayan condenado a muerte? En fin. Échele un ojo si puede, desocupado lector. (Quizás convenga leerlo de noche, para potenciar unos cuantos malos sueños con guiños divertidos.)
Aquí una de las muchas líneas memorables del memorable libro de Julian Barnes, Nada que temer, editado por Anagrama. Reflexión sobre la muerte que se liga inevitablemente al recuerdo y a la historia familiar, a la lectura, la escritura y la filosofía del fin que nos aguarda. No es manual de heroísmos personales ni panacea para la muerte. El libro vale mucho por su reflexión, su ironía, sus chistes, sus graciosas digresiones, sus citas que se suspenden entre lo sublime y lo demoledor, sus meditaciones agudas sobre Dios, su diálogo con otros escritores y músicos -Flaubert, Renard, Stravinsky, Russell, entre muchos más- vistos desde la perspectiva mortal que los acechó también a ellos. ¿Qué dice la tumba de Ford Madox Ford o cómo es la de Jules Renard? ¿Y los últimos momentos de Maugham, Montaigne, Goethe...? ¿Podemos desprendernos de la idea de la muerte, somos conscientes de nuestros últimos momentos? ¿Nos hemos enredado en una muerte burocrática, maquillada y artificial? ¿Extrañamos todavía a Dios por eso, aunque tantos lo hayan condenado a muerte? En fin. Échele un ojo si puede, desocupado lector. (Quizás convenga leerlo de noche, para potenciar unos cuantos malos sueños con guiños divertidos.)
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viernes 6 de agosto de 2010
Fragmento
Rodeado por imágenes de agua, por los ciclos de enfermedad-muerte-resurrección, por accidentes intempestivos (¿hay alguno esperado?) y palabras de Artaud, de Bachelard, de Temperley, de Barnes... Todo se mezcla en la cabeza y luego intenta colarse orgánicamente en unos papeles que poco a poco van desfalleciendo. Se mezclan las palabras del agua, y de la herida y del ritual, el peyote, la enfermedad, la poética quirúrgica, el recuerdo de un lugar alto y borroso. Y sin embargo, uno se queda callado durante minutos y minutos interminables, en una estación del Metro.
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