jueves 29 de julio de 2010

Handke y la frialdad

Lectura de Peter Handke. Encontré un pequeño volumen, La tarde de un escritor, que tiene un comienzo excepcional, pero fue arrastrándome en la contemplación exhaustiva, no falta de interés, pero sí cansada, de los objetos que ve en un escritor cuando sale de su casa. Un personaje que cree haber perdido el habla, y cuando sale a recuperarla, parece haber quedado entorpecido para toda relación humana. La parte que me sedujo: el personaje vagabundo, el amante de las periferias, la sensación de que el mundo se crea al instante en que es verbalizado, pero... ¿Crítica? ¿Examen de las relaciones humanas? No sé si lo de Handke sea una especie de Nouveau Roman, pero agradezco que aparezcan dos o tres chispazos que nos recuerdan que el escritor aún sigue, al menos levemente, unido al mundo. No obstante, a pesar de su meticulosa descripción, el mundo de Handke es un mundo abstracto, de puro murmullo, de perfiles y sombras; a mí me dejó pensando, porque no se trata de ver explosiones en el relato, pero me impresionó -no sé si para bien o para mal- la quietud de ese estilo, que sólo se me ocurre calificar de neutro. ¿Cómo lo habrá leído su editor, su primer puñado de lectores? Sé que lo de Handke gira en torno a la incomunicación, el silencio y, sobre todo, el concepto de distancia y de mirada -casi- cinematográfica del mundo. Como poner una cámara a correr y abandonarla. Y hay escenas hermosas, paisajes bellamente descritos, lentas evoluciones que nos pasman. Pero también frialdad, una robótica frialdad. 

sábado 24 de julio de 2010

Pierrot el loco (notas reencontradas)

Los dos protagonistas: Pierrot y Marianne. Él es escéptico, más controlado, pero se enreda en el amor y termina enloqueciendo y suicidándose absurda y románticamente. Al principio, este rebelde secreto está inquieto por la duración del amor de Marianne, a lo que ella le dice, en un plano secuencia donde conviven el lirismo musical, la traición y la violencia "Oh, mon amour. Jamais je ne t´ai dit que je t´ aimerai toujours" (Mi amor, nunca te dije que te amaría para siempre).
Y es que Marianne tiene ese aire evasivo, ligero, siempre en el arte de la fuga, que es necesario para el personaje, pero no se trata de una mujer irreflexiva ni tonta. Quizás, paradójicamente, ella es la más realista de los dos: Marianne no sueña con una eternidad, vive el momento porque es consciente de que más allá de esas puertas y de los paisajes del Mediterráneo, hay un mundo de violencia, organizaciones guerrilleras e infidelidades. Un mundo donde el amor puede caer en el aburrimiento, pero es hermoso mientras está vivo, hermoso "poder despertar tan bien en la misma cama". Por eso, ella requiere el vértigo, necesita "partir en vitesse" (irse rápidamente, como un leit motiv de su personaje), mientras Pierrot repite que todo se trata de escapar de un mal sueño con una chica, una pistola y un automóvil.
Pierrot le fou, de Godard (1965), plantea un viaje para escapar de una vida anodina, cercada de normas sociales, una elección de dos personas por vivir un idilio que está, desde el principio, condenado a lo mortal y lo efímero de los amores humanos (nuestros cuerpos son mortales, efímeros). No es el hombre que viaja para convertirse en héroe o sabio o chamán o liberador, sino el hombre que se va para estar más cerca de sí mismo, el hombre que deja aflorar esa parte loca e ilógica de su ser para volver a ser libre, aunque esa libertad se vive entregándose al peligro, a la fragilidad, a la escritura, y al acto de patear el trasero de algunos imbéciles. En corto: atreverse a conocer el romance unido al dolor, la aventura unida a la muerte, el amor unido a la traición.
La cabeza llena de explosivos, al final de la película, resume el estado "atravesado" de Pierrot: volarse la cabeza para ser libres, pero también para dejar de existir, a causa de un amor que ha terminado en tragedia, y quizás, también, porque la vida es un juego absurdo.
Cabeza explosiva, como imagen desnuda de este hombre de dualidades: Es Ferdinand Griffon, esposo burgués y domesticado por la convención; pero también Pierrot, el enamorado de Marianne, el viajante, actor, guerrillero personal cuyo máximo logro ha sido convertirse en un loco. El cambio de nombre en la cinta no es un elemento gratuito, confirma la transformación del protagonista a lo largo del filme: Ferdinand es el aburrimiento, el conformismo, el matrimonio convencional, el sistema de vida burgués; Pierrot es lo espontáneo, lo violento, lo amoroso-revolucionario-poético. (¿Apolo y Dionisos?)
He leído en otro sitio que, esencialmente en la película, Marianne destruye a Ferdinand/Pierrot personal, espiritual y artísticamente. Pero ése es un riesgo en todo conato amoroso, ¿no?

viernes 16 de julio de 2010

Vagabundos

Vestía un saco largo y sucio. De un momento a otro pareció agitado y sacó de una bolsa llena de cachivaches un cepillo, con el que empezó a lavarse los dientes. Colocó pasta en las cerdas mugrosas, y empezó a tallar y tallar. Aquello era una urgencia, quizás, una desesperación de sacarse algo que le molestaba la boca. Quiere limpiarse la lengua, las palabras, el lenguaje, pensé. Continuó así hasta la estación siguiente y después bajó corriendo del vagón, arreando su bolsa, para perderse. / Recuerdo a otro que todas las mañanas aparecía en el cruce de dos calles, en un pequeño monumento a un libertador olvidado, y parecía inspeccionar el jardín alrededor de la estatua y mirar con la soberbia que tienen los locos, enfundado en un largo abrigo rojo, que le añadía un toque de distinción a su maraña de pelos oscuros. Nunca se quitaba ese abrigo, parecía estar desnudo debajo. El del tapado rojo, le decía una amiga argentina. / Hay una más que se sienta rodeada de bolsas de yute y de plástico y maldice a toda la gente que pasa. No parece vulgar. Su lenguaje es adornado, su prédica es rápida, repleta de analogías y juicios a los seres invisibles con quienes discute. En su retórica venenosa, atenta contra los que van a la iglesia, atenta contra Dios y contra los niños, el odio le chispea en los ojos cuando se decide a alzar la vista si alguien, involuntariamente, le camina muy cerca. No me he atrevido a sentarme con ella. Temo que me revele demasiado y me arruine la estancia en el mundo.

miércoles 14 de julio de 2010

Réquiem por Felino

Mientras luchaba por darle coherencia a la experiencia reveladora de Viel, mientras intentaba que mi tesis adquiriera sentido para arrancar a partirme el alma con las esquirlas de Hospital Británico, me topé de pronto con la fecha: 14 de julio. Sí, es otra vez 14 de julio y hoy se cumplen 10 años del fallecimiento de mi abuelo. Si una vocación puede ser aprendida, la mía con el intento de leer y escribir se cimentó en Felino Medellín. Él fue mi motor. Él me marcó con sus charlas, me mostró sus escritos para añadirle sobresaltos a mi infancia de futbol y enamoramientos súbitos, me dio la confianza de compartirle mis textos más olvidables, me llevó a un taller de poesía, se desveló contándome sus historias de rancherías en la Huasteca Veracruzana y me abrió las puertas de su biblioteca, la que finalmente me legaría. Mi iniciación literaria, con sus taras modernistas y los poemas de Peza y de Nervo, con la música de García Lorca o tantos ejemplares amarillentos de Porrúa comidos por los años, tiene un cómplice anciano. Ha pasado el tiempo y se ha ido cierto romanticismo y trasnoches y sueños. Pero se mantiene la necesidad, la búsqueda, el ego ridículo de creer que hay algo adentro, mezclado y misterioso, que debe ser dicho. Ahora que los días lluviosos y soleados se suceden caprichosamente, recuerdo esa noche en que puse El club de la pelea de vuelta de la preparatoria, estando mi casa sosegada y solitaria. Me había sentido mal toda la tarde y de pronto sonó el teléfono y todo encontró su explicación: mi abuelo se había ido para siempre. La última vez que lo vi, NO me había prometido que nos veríamos el sábado siguiente. Eso me lo repetiría yo mismo muchas veces. Dosis de dramatismo para un carácter proclive a ciertas tragedias y explosiones silenciosas. Gracias, abuelo Felino, tienes mucho que ver en este crimen. 

viernes 9 de julio de 2010

Dos años

Voy a recordarla siempre no como la última vez, no como en el último beso que le di en las mejillas frías, no en aquella ceremonia borrosa. No la recordaré en su delgadez, en su dolor, en la calvicie asistida por la maldita quimioterapia, no la recordaré fundiéndose, apagándose, tomando el medicamento "x" para curar lo que "y" le había destruido. Las luces terrestres a veces se vuelven demasiado altas, demasiado frágiles, deben marcharse. Mirarla entonces no fue para mí le réveil mortel, el despertar a la conciencia de la muerte, porque lo conocía por la partida de mi abuelo y de mi prima, porque ella lo fue hablando conmigo y con Judith paulatinamente, para que el miedo no nos paralizara y supiéramos qué hacer: salir de lo espectral para hacer lo necesario. Por eso quiero recordarla en su alegría y su calidez, en su extraordinaria manera de amar y escuchar a los otros, en su vocación por enseñar a tantos, en sus consejos demasiado perfectos para un mundo imperfecto, en su fe inmensa en un porvenir glorioso que no podía saber y del que no existen certezas. La recuerdo bailando en el metro junto a mí aquella música silenciosa en nuestra mente, la recuerdo haciéndome confidencias en el mar gris calmo de Tecolutla, la recuerdo riendo o mirando una película o comiendo un pescado empapelado o cuidándome en tantas noches que son una noche que ya no vendrá. Quiero recordarte mirando adelante, madre, María Cristina Medellín Vargas, y daré salvas en tu honor viviendo lo que me quede y rompiéndome el alma, a dos años de que has partido. 

miércoles 7 de julio de 2010

Pensando el Mundial

¿Qué nivel vi en el Mundial? Sé que todavía no termina, que apenas hace una hora terminó la segunda semifinal y que esta entrada tendrá poca vida, porque en unos días tendremos un campeón inédito. Eso es positivo, me parece. Un cambio en el guión, con dos equipos (España y Holanda) que apuestan a jugar y a ganar, por lo menos en su tradición reciente. La gloriosa Naranja Mecánica contra la Furia Roja, aunque ahora los roles no son los mismos. Dirían los nostálgicos: nada es lo mismo. Holanda no es el futbol total: es más frío, equilibrado y con carencia de genio; España es una sinfonía de toques, apertura y paciencia. Pero vale la pena, porque los "históricos" no propusieron mucho: allí el no-juego-a-nada italiano, el manifiesto astrológico de las vedettes francesas, el sueño desinflado de Maradona con 5 atacantes y el me-acuesto-con-la-esposa-de-mi-amigo de los ingleses. Sólo Uruguay y Alemania sacaron la cara, y vaya que lo hicieron, con sus armas, su dramatismo, su entrega o su eficacia, sobre todo de los últimos, por momentos, espectaculares. En fin. Ahora se termina el Mundial y pasarán 4 años largos, tortuosos, de convocatorias de chocolate, manoseos de jugadores y unos cuantos espejitos por vender. ¿Volverá el futbol total, la línea de 3, el diez, el catenaccio? Lo que podría asegurarse es que habrá algún nuevo comercial de un nuevo C. Ronaldo y unas cuantas iniciativas en el carro patriótico. Me quedo con el gol de Van Bronckhorst, con unas cuantas gambetas de Messi, con el contragolpe alemán y con el Uruguay-Ghana, que leí por GameCast diferido, como en una versión ultramoderna del radio de mis abuelos. Ya veremos qué ocurre. Suspenso.