jueves 13 de mayo de 2010
El cielo gris
Hace unos días llovió fuerte en la ciudad y se fue la luz en el departamento. Me quedé mirando el cielo por la ventana. Casi nunca abro las cortinas, pero esta vez lo hice y me tendí en la cama a mirar. Cielo gris. La noche que no acababa de entrar, no oscurecía por completo. Nada, nunca, todo detenido. Miré y miré, tenía muchas cosas que pensar, muchas ideas, recuerdos, obsesiones, pero estaba el cielo gris y yo buscaba esa calma, afuera. En lo alto del edificio vecino se mecía una cuerda que se extendía hasta otra construcción de enfrente. La ilusión de la lluvia y algunos relámpagos me hicieron pensar en un equilibrista, caminando en su danza, para cruzar al otro lado. Pensé en ese hombre imaginario. Pensé que andaba con un pararrayos, luego pensé que, más bien, andaba allá arriba en busca de revelaciones lluviosas. El cielo fue gris mucho tiempo. Recuerdo que vi un rayo y pensé que el hombre desaparecía, para aparecer otra vez adelante, ya montado en el techo, mirándome también. Pensé en cerrar las cortinas, pero no pude. No sé cuánto tiempo estuve así. Aletargado por la droga lluviosa. (La piel gris como reflejo del cielo.) Hace mucho no sucedía. Quizás no importa mucho, pero quería consignarlo.
martes 11 de mayo de 2010
Dos islas
Hoy no quiero un día de solemnidades. No quiero hablar de libros. Mejor, islas. Desde ayer, me quedé pensando en lugares que deseo conocer muy pronto. Y fue gracioso, pero llegaron a mi mente dos islas. Una de ellas, las Azores, que conozco por ese magnífico libro de Tabucchi, Dama de Porto Pim (maldición, mencioné un libro...). El otro son las islas Faroes (o Feroes, o Feroe). No recuerdo cuando me empezó la fascinación por ellas, sé bien que nadie me las recomendó ni las mencionó nunca. He tenido comentarios adversos sobre el archipiélago, sobre todo en relación con la matanza tradicional de calderones. No justifico la violencia contra los animales, pero yo no voy de caza, voy a las islas, a sus praderas verdes donde no crecen arbustos, a sus impresionantes acantilados, a sus fiordos, sintiendo el viento eterno que hiela la sangre, voy a oler sus pescados ahumados colgados fuera de las casas con techos rojizos de dos aguas, a su festival medieval, quiero oír un resquicio de antiguas lenguas nórdicas. Quizás eso es lo que yo he creado con lecturas tergiversadas de la isla, pero francamente no me importa. Alguna vez soñé que mi familia iba a dejarme al aeropuerto y todo mi equipaje a las Faroes era un mapa a colores de la isla y una chamarra gruesa. Yo asomaba por un gran ventanal y ahí enfrente, cruzando el mar, después de Gran Bretaña, estaban los pastos verdes de esas islas anónimas, perdidas, cercanas. Fue un sueño genial. Posible.
martes 4 de mayo de 2010
Cien días, de Lukas Bärfuss
Estoy terminando de leer la novela Cien días, de Lukas Bärfuss. Excelente en el recuento de la mente y sensaciones del protagonista, el joven David Hohl, que llega a Ruanda como integrante de una de las tantas asociaciones europeas de ayuda a naciones africanas y pasa en el país los cien días de una de las matanzas más cruentas y terribles en la historia contemporánea. Sorprende Bärfuss por su lirismo elegante y sus episodios donde conviven despojamiento-violencia-poesía, sucesos donde el cuerpo, las necesidades primarias y la obsesión amorosa toman un lugar preponderante. Sorprende también por el cúmulo de pequeñas historias y personajes secundarios de la novela, que desnudan la hipocresía y la sensación de superioridad, el ánimo salvífico y moralino que rodea muchas de las empresas de este estilo. No se trata de quemar vivas a estas instituciones internacionales, sino de mirar por debajo y retratar las motivaciones secretas de algunos de estos proyectos. Particularmente Bärfuss es duro, pero siempre refinado, en la crítica de este ánimo salvador, finamente colonizador, "civilizador". Hombres europeos bien trajeados que viven muchas veces un romanticismo y un ansia de aventura que no los deja impregnarse, vivir la verdadera realidad africana, protegidos en casas con aire acondicionado, comida refinada y privilegios coloniales. Bärfuss no se solaza en una crónica de la matanza. No hace tanto una crónica del infierno, sino de la ordenada maquinaria que lo producirá. Dejo unas líneas de esta novela magnífica, esas que refieren la sensación de asfixia que vive David cuando es arrastrado por una multitud descontrolada, que acudió a ver a un famoso papa polaco, en su visita a Ruanda. Que lo disfruten.
Y luego dos, tres segundos después, ya no tenía a nadie delante de mí, me encontré enfrentado directamente al muro y fui arrastrado como si lo fuera lijando, sentí el sabor del ladrillo, de la mezcla, de mi sangre, y un segundo antes de perder el conocimiento, sentí ese súbito perder el suelo bajo mis pies. Fue como si fuera un pez en una red que se izaba a bordo de la embarcación. Sentí que me tironeaban, zamarreaban, desgarraban en direcciones opuestas, desde abajo, de donde yo venía, y desde arriba, hacia donde me tiraban. Y después sentí un crujido, como si en la máxima tensión algo se desgarrara, y yo me imaginé un cartílago, el ligamento de una articulación, un miembro, y sentí que la boca se me llenaba de algo, escupí pero no logré sacármelo de la lengua, y luego negro y ahí se acabó todo... (Bärfuss, p. 85)
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