Anoche vi en casa una entrevista que le hicieron a Juan Carlos Onetti en España, creo que en 1976. Otros han hablado del temperamento parco y silencioso de Onetti; su tiempo frente a la cámara lo confirma. Callado, tímido, entrecortado, con una evasión lenta y constante en el vaso de whisky que tiene al lado. Onetti habla menos que poco. Confieso que al terminar el programa, una insoportable modorra me mandó a la cama y no pude hacer nada más. El efecto Onetti, a quien le encantaba pasar las horas tumbado. No pude salir hasta el día siguiente, luchando contra mí mismo, medio jodido, para ir al trabajo. De Onetti recuerdo, más que sus novelas, sus relatos. Sobre todo tres de ellos. "Ejsberg en la costa" es uno de esos cuentos que, pienso, leeré hasta el día que me toque morir. Lo he leído solo, acompañado, en voz alta y baja: es una historia de amor, real, contundente, dura, perfecta a su modo. "Un sueño realizado" es uno de esos relatos a los que me afilié, gracias a la recomendación de un conocido: entendí que yo había encontrado en Onetti a un compañero de cierta obsesión y de búsqueda. El texto era escrito para mí y sus palabras me guiaron para depurar la carga propia. Tanto a "Ejsberg..." como al "Sueño..." espero dedicarles un día algo más que unas líneas. Pero el último texto de Onetti que me interesa es "El infierno tan temido". Y me pegó verdaderamente hace unos minutos, cuando lo releí. Porque Onetti, en su cansina entrevista, le dedicó unas pocas palabras que lo alumbraron de manera distinta. El cuento narra una historia de venganza y despecho, sobre un voyeurista involuntario y quebrado, pero sobre todo creo que debe leerse (y Onetti lo dijo) como una historia de amor (añado: desoladora). Quizás el texto se alarga un poco, da algunas vueltas contra sí, pero creo que a muchos que deseamos escribir literatura nos habría encantado escribirlo. Por lo menos a mí me es imposible quedarme impávido ante esto:
Era aquél un comienzo húmedo de primavera, y muchas noches Risso volvía caminando del diario, del café, dándole nombres a la lluvia, avivando su sufrimiento como si soplara una brasa, apartándolo de sí para verlo mejor e increíble, imaginando actos de amor nunca vividos para ponerse en seguida a recordarlos con desesperada codicia.Salve, Onetti, tumbado y desencantado. A pesar de tu desesperante parquedad, a pesar de tus efectos perjudiciales sobre la energía vital de los individuos.