lunes 22 de febrero de 2010
Manos, de Sherwood Anderson
A veces uno desearía toda la soltura y la agilidad en su escritura. Es parte de las leyes secretas de los relatos clásicos. Que el camino esté limpio en ellos (una línea de agua) y todos los que nos leen accedan a su cauce sin problemas, mirando y saludando a las palabras sin que éstas estorben. Escribir un relato ligero, pero con la profundidad humana necesaria que evite que nuestra historia se vuelva sólo una noticia más en el mundo repleto de notas y datos que vuelan y se pierden en segundos. Pienso todo esto apenas terminado el primer cuento de Sherwood Anderson en Winesburg, Ohio. El cuento del que hablo se llama "Manos". Es un cuento breve, que cuenta una historia cristalina, donde el protagonista ve con cierto miedo una parte de su cuerpo. Una historia donde conocemos a un personaje tierno y solitario, cuyo mejor lenguaje es aquel del tacto, no el de la palabra. Esto origina su tragedia en el mundo, su reclusión, su aislamiento. Hay montones de teorías sobre el relato, hay clasificaciones sobre los mismos, cruces de géneros, estrategias. Pero creo que, aun sabiendo todo esto, uno busca relatos con esta sencillez y precisión, con esta dosis mesurada (pero innegable) de poesía. Una historia donde el estilo está ahí, pero es tan sutil que al aparecer logra brillar sin opacar lo narrado. Quizás estamos en un mundo distinto, que busca otras cosas, relatos que miran dentro del entramado literario, que juegan con homenajes e intertextualidad y autoficciones y versiones apócrifas. Sé que no estamos en 1920. Quizás me dejo llevar por una nostalgia totalmente anticuada. Quizás en unas horas me habré olvidado de "Manos" por una noticia más turbia o algo más vanguardista y "nuevo" y "arriesgado". Pero "Manos" vale la pena. Y mucho. Sin análisis filológicos, sin estudios estructuralistas. Cuando hallamos un relato así, hay que decirlo, compartirlo. Una historia por la que vale seguir buscando, intentar escribir.
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miércoles 17 de febrero de 2010
Derborence, la locura natural
Anoche terminé Derborence, novela del escritor suizo francófono Charles-Ferdinand Ramuz, escrita en 1934. Derborence es la narración de un desastre natural y humano en una zona limítrofe entre culturas e idiomas distintos; se dice ciertamente que la novela habla del poder natural enfrentado a los hombres, pero yo rescato aún más la atmósfera fantasmal y desolada del sitio, la manera como los temores ancestrales rodean a los habitantes y, sobre todo, la locura natural que termina por seducir al protagonista, un cuerpo que ha bajado de lo alto de Derborence, pero cuya alma está perdida, extraviada todavía entre las rocas de un derrumbe sorpresivo. En una entrevista, se dice que Juan Rulfo declaró que le habría gustado escribir una novela: Derborence. Otros más arriesgados dicen que se basó en ella para escribir Pedro Páramo. Dejo el dato aquí, no voy a compararlas. Pero sí diré que hay en Derborence una melodía que inicia desde el nombre (ya el propio Ramuz lo menciona en el fragmento final), una dicción entrecortada y repetitiva en relato, una descripción poética pero que nunca se vuelve cansina de las montañas del Vaud, el intento por rescatar la voz viva de los montañeses. Cuando parece que la anécdota se debilita, a mitad del libro, por un milagro que recuerda una telenovela, entonces surge la verdadera seducción de las voces entrecortadas de los desaparecidos, de los presagios de un pastor medio enloquecido, de una mujer embarazada por un hombre que, luego de la catástrofe, respira, pero ya no existe. Quede una invitación a la lectura de Derborence y un agradecimiento a Iván García, que me lo recomendó.
miércoles 10 de febrero de 2010
Fragmentos y disparates
Hay días en que uno se siente hilarante, hay días en que uno es un muro, callado. En otros, no queda sino ser fragmentario y disperso, porque todo el sentido del día parece sólo una iluminación entrecortada. Hoy no parece el día en que pueda desanudarme, desamarrarme, pero necesitaba escribir, así que lo hago con estos retazos de otros, que lanzo al aire:
"Sibarita del paseo reflexivo, de pocas cosas se jactaba más que de sus hazañas ambulatorias." (Luigi Amara, sobre Robert Walser).
Viaje alrededor de mi habitación, un librito de Xavier de Maistre, que simplemente con su título maravilloso me dan ganas de leer.
O qué tal esto de Boris Vian, mecánicamente desalmado: "Dentro de todo hombre obeso hay una máquina delgada que gesticula violentamente para que la dejen salir".
"Corazón independiente/ corazón que no controlo/ vive perdido entre la gente/ obstinadamente sangrando/ corazón independiente." Fragmento del fado "Estranha forma de vida", de Amália Rodrigues, que le dio nombre a la novela homónima de Vila-Matas (Extraña forma de vida), que ahora leo.
Y para culminar estos fragmentos disparatados, aclaro que la entrada de hoy realmente habla de lo que hice ayer.
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jueves 4 de febrero de 2010
Citas del coraje
Hay citas que nos persiguen; la mía, en este momento, es una que hallé en un libro de Cioran: "Toda violencia interior es contagiosa". Me remite a otra frase que leí hace tiempo en una novela de Joseph Roth: "Nunca vemos todo tan clara y fríamente como cuando presentimos la inminencia del abismo y sus tinieblas". No pretendo ser oscuro ni trágico. Lo que me gusta de ambas citas es esa inclinación a mirar la verdad interna, a reconocer la enfermedad o las tinieblas interiores sin hacerse a un lado. No es una negación, no es una impostura. Mirar de frente. Mirar aunque el mundo se vuelva inestable o se derrumbe. Saber lo que uno siente. Saber sintiendo, sin mentirse. Sentir el golpeteo o el choque del viento en violencia. Mirar a pesar de la bruma o de esos enormes espacios, esos acantilados repletos de vacío donde de pronto puede colocarnos la vida. Es el inicio del coraje, me parece.
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