martes 17 de noviembre de 2009

Paradise Motel, una cita

"Se había preguntado si, al enamorarse de Rachel Mackenzie, había contraído alguna responsabilidad parcial por su muerte. Se había preguntado si el amor viola a ciertas personas, puesto que tienen que revelar demasiado sobre ellas mismas y se sienten tan llenas de agujeros y debilidades que ya no pueden seguir viviendo.
Le conté a Helen que no había sido capaz de pensar en ninguna respuesta. Me miró y me apretó el brazo:
--Ezra, creo que tienes razón, en cierto sentido. Sin embargo, no hay forma de evitarlo. Cuánto más se aman las personas, más se violan. Sudan, luchan, aúllan, se penetran y quieren saberlo todo acerca del otro. La intimidad no está permitida. Se interrogan sin piedad. De modo que tiene razón, pero si los amantes no se violan entre sí, el amor muere."

(Tomado de Eric McCormack, Paradise Motel, p.134. Este ajado libro amarillo, hallado por azar en una librería, me desconcertó desde que empecé a hojearlo. Leí cuatro o cinco frases, me impresionaron, sospeché una trampa que yo mismo me tendía. Lo dejé primeramente escondido, como para que nadie pudiera tomarlo, ni siquiera yo, pero después, como el criminal, volví a la escena, hurgué mis propias huellas y pude encontrarlo. Espero escribir más adelante sobre él.)

martes 3 de noviembre de 2009

Mis no-charlas con Raúl Zurita

No recuerdo exactamente el primer momento en que leí a Raúl Zurita. Había oído mucho de él por Enrique Flores y quizás la fama y el buen criterio de Flores lo ponía para mí en un lugar más elevado, pero lo cierto es que en un primer momento Zurita no me impactó, de hecho lo consideraba muy parecido a otro poeta chileno, Juan Luis Martínez. Fui leyendo los poemas de los desiertos y me atrajo el tono bíblico, aunque lo valoraba sólo en cuestiones formales, me gustaban su uso de las líneas, las inscripciones y los silogismos matemáticos. Entonces, cuando estuve en el desierto personal, Zurita me representó una visión, una salida, una de las pocas cosas que me fue dado leer y ser capaz de compartir con otros. Oí el tono de Zurita (también entonces recuerdo a Gamoneda) y supe que tenía que ir por ahí para volver a escuchar mi ritmo interno y si tenía algo que decir, estaba más bien en eso, en esas sílabas seguidas y sin puntos, en esa manera de mirarse mirando al desierto. Entonces leí de verdad INRI o algunos poemas de Anteparaíso. Me iluminaron. Cuando todo era noche y aridez, me iluminaron de verdad, me hacían llevadera la vida, me dieron frutos del desierto. No sé por qué me he puesto a recordar esas noches frente a las páginas, cuando pensé que el mundo estaba roto y sin esperanza. Tal vez porque Zurita y la lectura de Isaías eran lágrimas y promesas por una geografía sin vida, pero latente. A punto de ser. Porque Zurita, a su modo, había sufrido su cuerpo como yo (me decía) sufría el mío. Y pude ir hacia afuera por cosas como ésa. Porque alguien hacía hablar al desierto y las arenas eran una madre, una mujer, decenas de desaparecidos o un Dios que te hablaba golpeado, pero te hablaba. Porque había una voz en el vacío.