sábado 31 de octubre de 2009

Pablo D´Ors, su desierto

Acabo de terminar El amigo del desierto, de Pablo d´Ors. Desde que vi el título el libro me llamó, por mi afecto mezclado con desasosiego al recordar esa temporada horrible, paupérrima, luminosa que pasé en el desierto metafórico, en el desierto corporal, dentro de mí. La sensación que el libro me deja es compleja. En mis andanzas por el desierto, dentro de mí mismo o en la escritura de otros (como en los poemas de Raúl Zurita), el desierto se me apareció como algo terrestre, corporal, como una piel con textura y cicatrices. Había algo de memorioso y bíblico en el desierto, algo de muerto y a la vez móvil, que me hechizó. Así he contado mi desierto para mí mismo o para otros. Quizás por eso, cuando comencé El amigo del desierto, me pareció primeramente abstracto y sucesivo. Una línea. La escritura era precisa y fluida, pero la falta de matices, la anécdota secuencial y el anodino viaje inicial que contaba empezaron a desanimarme. Entonces, de pronto, poco a poco comenzó a aparecer el desierto que narra D´Ors. Distinto al mío, pero que también tiene su validez y su mérito. Yo le reprochaba a D´Ors la sensación de que su desierto era sólo un paisaje, sin retoques o arrugas o detalles, y que de hecho, más precisamente, su desierto era un mapa. Un concepto. Una caligrafía. Y a mí me encantan los mapas, pero no quería un desierto visto como un mapa. Buscaba carne, piel, cicatrices. Entonces, entre mi polémica personal y la escritura de Ors fui hallando el desierto a su modo y vi a su narrador convertirse en un "dibujante abstracto", en un calígrafo que encuentra su placer en la soledad, la distancia, en la reducción que experimenta mirando el infinito de la aridez. Y descubrí que hacia el final de este libro desigual, inteligente y abstracto aparecen las joyas, las revelaciones: porque el desierto es una "nada física" y cuando uno está ahí, lo vive, entiende que "se nace para vivir y nada más", que los dibujos del desierto "podían representar esas misteriosas rayas que la naturaleza dibuja en las manos de los hombres con toda minuciosidad"y que basta caminar por este sitio para convertirse en alguien diferente. En este texto, no hay textura ni descripciones impresionantes, ni siquiera una peripecia que nos azote, pero hay algo que decir, y eso, creo, es lo que más importa. Para concluir este vagabundeo, comparto la que considero la frase más brillante y rotunda del libro: "Lo que me atrae del vacío es el éxtasis de la posibilidad".

martes 27 de octubre de 2009

Lectores anónimos

Ordenamos cuentos, relatos, poemas, fragmentos, pedazos, cosas que escribimos con la esperanza de que un lector anónimo (aunque quizás conocemos su nombre en secreto) se contagie de ritmos, sensaciones y secuencias de vida. A veces lo preparamos con unas palabras, con una experiencia compartida, con lecturas; a veces simplemente lo topamos en la vida y en ese instante lo escrito gira en torno a sus ojos; en otras ocasiones francamente no nos importa. Ordenamos unos pocos folios con más o menos errores en espera de que alguien entienda el respirar que, creemos, vive en unas cuantas hojas en las que depositamos más o menos horas, coraje, alegría, violencia o resignación. Sin duda, el acto de compartir, de arrojar un texto por la mirilla de los ojos ajenos es un acto exhibicionista. Por fortuna, aún elegimos esta manera, este vicio, para llegar a los otros. 

viernes 23 de octubre de 2009

Libros y cajas

He estado buscando mis libros en las cajas de mudanza. Según yo, había apartado los títulos que consideraba indispensables para mí, para no volver a armar desorden y estar en paz con mi conciencia o mi curiosidad. Primero creí que necesitaría un libro solamente, así que medio abrí la caja y tanteando saqué uno, luego fui por otro, después uno más, hasta que terminé moviendo el colchón que asfixiaba la caja, abriéndola y hurgando todo lo que podía. Me sorprendió ver que los libros que más necesitaba estaban en los niveles más bajos, como sepultados bajo libros que también me son queridos, pero no necesarios en este momento. Así que me sumergí ahí y saqué los títulos que me hacían falta y me sentí tranquilo hace dos noches. Tuve una buena velada, dormí muy bien. Anoche, volví a pensar que necesitaba un libro. 

miércoles 14 de octubre de 2009

Apunte sobre Vittorini

Acabo de leer una novela de Elio Vittorini, Conversación en Sicilia, pequeña crónica personal de un viaje a Sicilia que emprende el protagonista, Silvestro. La novela es inmersión en la infancia, viaje en todo momento, como reza continuamente una especie de leitmotiv en el libro. Es "estar en el viaje", hallarse con los antiguos, con la madre que se abandonó hace 15 años, con los campos, los insectos, el vino y las montañas, volver a la casa, sí, pero no sólo eso. No es mero neorrealismo italiano, si acaso, como a mí, nos suena despectivo el término en estos días. Hay poesía, reflexión, un trabajo con la prosa basado en las repeticiones y las melodías, pequeñas disertaciones sobre el dolor y la sangre y el trabajo, montones de pequeñas charlas con los hombres comunes y corrientes que Silvestro se topa en su camino y que parecen actuar al modo de un coro de drama antiguo. Andariego, Silvestro, con una melancolía que le viene de algún lado y no sabe por qué, ya sólo puede caminar y ver y escuchar para librarse de las "furias abstractas" que lo acosan. La novela de Vittorini se conecta ciertamente con Pavese por esa valoración profunda de lo atávico y lo sencillo que era el mundo campesino de su tiempo, pero a la vez recuerda a Shakespeare como en una escala mínima, en voz baja. Dejo aquí el comienzo: "Aquel invierno era yo presa de furias abstractas. No diré cuáles, no es eso lo que quiero contar, pero sí que eran abstractas, ni heroicas ni vivas: furias, en cierto modo, por el género humano perdido."