sábado 26 de septiembre de 2009
Pez en el hielo
Hay un cuento de Piglia que trata de un hombre que ha perdido a una mujer y para escapar de ella decide irse a Italia a estudiar la obra de Cesare Pavese. El relato se llama "El pez en el hielo" y su título proviene del fragmento de una carta que Pavese escribió a una amiga, días antes de matarse. Es una imagen del estado del amante tras la pérdida del ser amado (no en el vértigo del nado, sino en la inmovilidad latente del flotar), así como una breve exploración narrativa a las grandes crisis del lenguaje que se dan en la obra del escritor italiano, que coinciden con el tiempo en que Pavese perdió a Constance Dowling, la actriz estadounidense de la que se enamoró perdidamente y que lo llevó, tras su rechazo, a suicidarse con unos tubos de somníferos. Las historias de amor y desamor se repiten en todos nosotros y eso no las convierte en lenguajes comunes. Las crisis de lenguaje llegan entonces por la pérdida, la renuncia o el abandono, cuando no sabemos hablar, no podemos hablar, las palabras están averiadas, hay demasiados sentimientos tirando o ahogando el lenguaje que conocemos. "No tenemos un lenguaje para los finales", dice un verso de Juarroz. Y al mismo tiempo, el otro lado según Günter Grass: "La pérdida me hizo elocuente". Uno no sabe dónde lo hará desembocar su pérdida. ¿En un río, un mar, un charco secándose? Peces en el hielo, en distintas ocasiones de nuestra vida, a veces aunque no nademos, sólo nos queda flotar.
viernes 11 de septiembre de 2009
Niño perdido, de Rothenberg
La lectura de este breve poema de Jerome Rothenberg me ha dejado simplemente noqueado. Eso, junto a los poemas finales de Celan en Amapola y memoria, han teñido el día de una extraña, profunda nostalgia. Dejo el poema de Rothenberg sin esperar que tenga los alcances que tuvo en mis adentros, pero sí como una sencilla ofrenda melancólica para este viernes de septiembre.
NIÑO PERDIDO
Me arrancaron del sol blanco y me
trajeron al sol negro, me
hicieron dormir entre hileras de abrigos:
yo era un niño de ciudad perdido en el campo, una
herida en la mano era todo lo que sabía de los sauces
¿Puedes entender, oyes el ancho
bramar del viento contra el flanco
de la vaca, y los grillos que corren por mis
mangas, los grillos llenos de noche, como
pequeños soles negros? Inténtalo, yo también lo haré.
Sólo este grito guarda mi corazón, sólo este lamento.
Me arrancaron del sol blanco y me
trajeron al sol negro, y ahora no hay puerta
ni camino por donde volver.
miércoles 2 de septiembre de 2009
Francotirador receloso
No siempre tenemos la claridad para decir lo que debemos decir. Es decir, el dolor en un hombro puede parecer una serpiente enroscada o un hongo cultivado por algún demonio nocturno, secreto, y lo que sucede, en la palabra simple, es que duele. Hoy he pasado casi toda la mañana intentando contar la historia de Héctor Viel Temperley, en un diálogo con unas pocas cartas que le escribió a su hija y otro amigo suyo poeta. Me las facilitó Gabriela Milone, una estudiosa de Viel. De nuevo voy entrando en la redacción de la tesis, lanzo una moneda al aire, quizás al abismo, y me digo que el primer capítulo está terminado en una redacción provisional. O quizás es lo que anhelo decirme para tener tranquilidad. Olvidar el dolor. Como colofón, transcribo las siguientes palabras de Temperley, que se explican a sí mismas: "...y por eso me he convertido en un francotirador receloso... No pertenezco a la sociedad o sueño con no pertenecerle y con eso no vivo bien ni mal pero creo que esa ligera altivez me ayuda a meterme en mí buscando una salida hacia otro mundo. La poesía tiene esa altivez y flota libre o bastante libre sin necesitar nada de nadie. No conozco otra cosa menos agarrada a la materia".
Etiquetas:
tesis,
Viel Temperley
Suscribirse a:
Entradas (Atom)