miércoles 29 de julio de 2009
Cómo aprendí a amar las historias de viajes
No recuerdo en qué momento empezaron a gustarme las historias de migración o de viajes. La primera que se me viene a la cabeza en este momento es Esperando a los bárbaros, de Coetzee. Aunque también podría leer buena parte de El tambor de hojalata, uno de los textos más significativos e indispensables de mi vida, como un libro de viajes. Quizás es un dejo perdido de la idea del lector del siglo XIX, que leía emocionado, curioso, las crónicas viajeras de otros hombres en otras partes. Mi dejo medio patético y anacrónico de lector romántico. En fin, la vocación viajera me llama y no pelea con los momentos de cierta pereza y estabilidad que también busco. A varias personas cercanas les he dicho que de niño, aunado a otras vocaciones y labores, siempre quise ser vagabundo. Hacía un bulto, lo enrollaba en un palo de escoba incompleto y me lo ponía sobre el hombro. Viajaba de cuarto a cuarto, del mío al de mis padres. Imaginaba la vida de un lado a otro, con zapatos rotos y una barba enmarañada y teniendo todo el tiempo para mí y mis pesquisas. Entonces la pasaba bien, lo hacía en las últimas horas de la tarde y la verdad, no comprendo cómo nadie me veía o me comentaba algo, si vivíamos en un departamento minúsculo. Todas estas reflexiones y recuerdos me llegan por la lectura de Los emigrados, de Sebald. Alguna vez espero poder terminar un libro de relatos de viajeros que en realidad conduzcan a mis propios viajes. Un libro que parezca muy real, donde los hilados de la ficción y el testimonio no se vean. Contar viajes largos y cortos, pero no sólo al exterior, sino donde las travesías internas y las divagaciones, como éstas, tengan su espacio. Me son una vocación también querida y aquí pongo el punto final para no aturdir al desocupado lector con este rodeo.
viernes 17 de julio de 2009
Comentario portátil
Hace unos días leí a Vila-Matas y volví a sentirme en casa. Siempre me ha gustado su lado irónico y su ternura que diluye el patetismo maléfico que tiene en algunos textos, sobre todo en los cuentos, que me encantan. Decía que revisité uno de mis libros preferidos, Historia abreviada de la literatura portátil, y de nuevo sentí el aliento fresco, la comunión de vida y escritura, el soplo de cierta vanguardia o cofradía de esperanzados, especie de santos pecadores heterodoxos, que confían en que lo vital y lo literario no tienen por qué divorciarse. En esos textos disfruto mucho de los planes líricos y arrebatados de sus protagonistas, la aparición constante y oscuramente divertida del doble (los odradeks), su construcción de vidas imaginarias en el límite de lo artístico y lo chusco, su profunda melancolía al lado de una inteligencia y un acervo bibliográfico que, si bien impresiona, se ve más como el gusto de compartir una experiencia lectora, que como una petulancia erudita. En fin, la forma fragmentaria es también algo que me mueve en cuanto al tiempo y ritmo narrativos, pero esto no pretende ser una disección de esa joyita de Vila-Matas. Quede solamente como un comentario vagabundo y una invitación a volverse un poco loco, fundar conspiraciones artísticas y viajar por el mundo alelado en un submarino inmóvil.
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Vila-Matas
viernes 10 de julio de 2009
Primer año
Nacemos de muchas maneras distintas. Yo nací de nuevo un 9 de julio del año pasado, tras la muerte de mi madre. Nací a la orfandad y a la extrañeza, un nacimiento a la fragilidad que muchas veces no comprendo, pero me rodea día a día. Ayer por la tarde, luego de un año, volví al lugar donde enterramos a mi madre. Ella no está allí, me lo digo, pero el lugar es un símbolo, es un vacío de tierra donde otros han colocado su imagen y los restos de su cuerpo, así que acudí al sitio y me senté y pensé y hablé mucho con mi hermana. El sol pegaba fuerte, casi insoportable, y pensé qué lejos estaba de esa imagen de los cementerios sombríos y solitarios, con montones de espíritus prendiéndose y apagándose frente a nuestros ojos ciegos. Puse las flores y luego leí dos Salmos que a ella le gustaban. Salmos que yo leía en el desierto y que también leía para ella cuando el dolor venía a su cuerpo y las noches se hacían largas y tortuosas. Después de un rato me levanté (llegaba una familia con su ataúd y sus mariachis) y salí del lugar. Todas las palabras dichas para mi madre, para nombrarla, para traerla de vuelta, eran inútiles. Pero había que recordarlo, aunque el día fuera un día más y todo siguiera su curso. Fue inevitable que por la noche me topara con los versos de Sabines: "Amanecí triste el día de tu muerte, Tía Chofi. Pero ese día fui al cine e hice el amor".
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