jueves 25 de junio de 2009
Recordando al Hombre Elefante
Hace más de tres años, dediqué buena parte de mis noches a escribir una serie de poemas en torno a John Merrick, El Hombre Elefante (inmortalizado por la excelente película homónima de David Lynch). En ese entonces, el H.E. me pegaba rotundamente por su rostro desgraciado y en jirones, por la confusión de los otros entre su animalidad o su humanidad, por esa dignidad casi patética que ostenta de lord inglés en el filme. Leí su historia y pensé que Merrick era como un signo de nuestro tiempo, y mucho más, un signo de mi tiempo, de los conflictos de identidad, de la ligereza unida a la condición paquidérmica del rostro, de que los estragos de la vida son inevitables en nuestras caras, arrugas, granos, lunares. Como si aún, de toda vileza y desgracia, pudiera nacer la dulzura. La cara contrahecha de Merrick era un lenguaje roto y en hilos. Según yo, trataba de disgregar y romper ese lenguaje, de fragmentarlo, de jugar con la página. En fin. No pondré aquí toda la "poética" de mi Merrick, pero sí hago patente que luego de muchas veladas y experimentos, apenas quedaron un par de poemas de todo aquello a lo que yo había confiado mis noches. Hace unos días, una invitación me hizo sumergirme de nuevo en los viejos textos y entre ellos me topé con los dos poemas-residuos paquidérmicos. Merrick vuelve a tocarme de alguna forma, aun con tres años de distancia y sólo quiero dejar constancia aquí de que lo recuerdo y no dudo que tarde o temprano volveré a frecuentarlo, con ganas de cantarle o llorarle una nueva elegía.
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sábado 13 de junio de 2009
Sostiene Calvino
Simplemente para acotar la refrescante relectura de las Seis propuestas para el próximo milenio de Italo Calvino. Levedad, rapidez, visibilidad, multiplicidad..., en pequeñas joyas como la siguiente, que mucho se ha mencionado, pero tiende a olvidarse: ¨Estoy convencido de que escribir prosa no debería ser diferente de escribir poesía; en ambos casos es búsqueda de una expresión necesaria, única, densa, concisa, memorable¨. Dentro del libro, la bitácora de las lecturas el autor, la puesta en práctica de una escritura que logre sustraer el peso del mundo, el consejo (la advertencia) de que no debemos dejar de pensar en imágenes, la sensación de que la literatura es necesaria porque aún cree en la magia, porque puede nacer de los límites de los discursos y logra confrontarse y alimentarse con la ciencia para abrevar en nuevos horizontes. Agradezco el encuentro con las palabras de Calvino, y añado aquí mi reconocimiento a ese libro pequeño y fulgurante que es Las ciudades invisibles, uno de los textos más hermosos que se han escrito en el siglo XX, con una carga de poesía, sugerencia, imaginación y picardía que alumbra las noches ruidosas, de luz artificial y goteras malévolas, dentro de los departamentos citadinos.
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miércoles 10 de junio de 2009
Releyendo
Creo que fue Monterroso el que se burlaba de la gente que presumía sus relecturas. Porque además de que nunca los veía leer, esas personas siempre estaban releyendo a los clásicos como si nada y se inflaban llenos de petulancia, como si hubiera que ponerles una estrella en la frente. Yo apoyo a Monterroso cuando relectura puede sonar a vanidad, a competencia o pedantería. Pero también hay otra noción de releer (y Monterroso lo sabía). La que de pronto sucede por oleadas, por temperamento o situaciones personales y nos lleva de nuevo al placer. Como un camino de regreso a una casa que nos acoge, como entrar en un mar que nos es tibio y en el que hallamos siempre sorpresas. Mi relectura se desató hace unos días, cuando vi de nuevo Réquiem, un filme de Alan Tanner basado en la novela homónima de Antonio Tabucchi. Retrata una Lisboa fantasmal, a punto de un encuentro fantasmal con un Pessoa nebuloso. En esa joyita hay tiempo para ver pasar a un muchacho drogadicto, una gitana, un amigo y un amor perdido. Encima, es un libro delicioso para los amantes de la comida. A mí, en el plano intimista, la escena del padre joven acudiendo a mirar al hijo que duerme en el prostíbulo, me cimbra. Un padre rejuvenecido, a punto de ir a ver a una muchacha, pero que habla de la muerte con su hijo, que le pregunta cómo será el sufrimiento, el final; el tema me toca inevitablemente. Junto a Réquiem han venido de vuelta otros pocos textos que hoy quiero recordar. Vidas imaginarias, de Marcel Schwob, con esa mezcla de sensualidad, exotismo y profunda ligereza en la escritura. O un cuento de Borges que acude por temporadas a mi mente: "Emma Zunz", una de las grandes historias de venganza, contada desde el lado femenino. En el camino hay también unos cuantos pasajes de Piglia, que subrayaré nuevamente en mi libro nuevo, pues la primera Prisión perpetua se quedó para siempre en el tablero de un viejo taxi en la carretera a Catemaco. Enhorabuena por el taxista, que nunca pasó por mí, no se empapó bajo una tromba y además se llevó un tesoro.
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