jueves 28 de mayo de 2009
Ante-peregrinaje
Hay viajes que uno siente, intuye, que deberá tener. Aunque uno los bordee, los ilusione, los rodee solamente o los vea lejanos. Uno de los míos, al lado de las Islas Feroes, se refiere a Santiago de Compostela y nació gracias a un libro de Nooteboom y a las historias que se contaban alrededor de los peregrinos. Lo había dejado olvidado mucho tiempo, pero hoy volvió a mí por la corrección de un artículo. El texto hablaba brevemente de la ida medieval a esos lares, con una capa y una vieira como señas de identidad. Entonces recordé a Nooteboom hablando de los amantes de Teruel, o en un mitad de un sitio rocoso, pétreo, con grandes arcos, creo que en Segovia. Me imagino caminando mucho, gastando tenis, abriéndolos y viéndolos romperse como un huevo bajo los rayos del sol. Luego otro par gastado y cómodo, los mismos pies, gastados y coléricos y felices, continuando el camino. Recomiendan que la mochila pese menos de la décima parte de nuestro peso corporal. Yo creo que no necesito demasiado. Hay viajes que uno puede hacer y con lo único que cuenta es una intuición, como cuando nos perdemos en una calle o salimos después de una fiesta o un encuentro y toda la noche es para nosotros. Nadie nos la dio, simplemente está allí. Así imagino el viaje a Santiago. Poca ropa, un libro, lápices, agua. Las palabras se darán con los encuentros, con el silencio, con los compañeros y conocidos que vayamos encontrando. Será una alegría callada cuando todos estemos allí. Cada uno con nuestro Dios o sin Él, pero con el viaje a cuestas, haciéndonos ligeros.
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miércoles 27 de mayo de 2009
Veintisiete
Como una bocanada de aire fresco. Hoy cumplo 27 y lo considero un pequeño gran acto de des-escritura. El intento 27 por hallar una voz y abandonar la página y luego, como criminal extasiado, alias niño llorón o esposo arrepentido, regresar. Todos los años hay épocas de escritura y silencio. Éste, supongo, no será la excepción. No sé si el destino o el azar deparen más episodios oscuros y macabros y excitantes, si todo volverá a convertirse en la mezcla de amor y muerte que viví el año anterior. Hoy he volteado y anotado mis pérdidas. He visto también el aire nuevo, las cortinas, la alfombra, los nuevos lugares, los nuevos personajes. He salido y los automóviles, la reja, el metro, la pared son indiferentes al régimen interno. El decorado está inmóvil en apariencia. Pero sé que algo corre adentro y en cualquier momento el mundo puede contraerse hasta volverse algo inexplicable, abrumador. Y será el crecer, crecer, inundar, ahogar, hacer que la vida germine de nuevo tras el desastre. Habrá contacto, olores, lágrimas, una cama pequeña para dos, un libro donde de repente, con esa luz extraña, la vida está latiendo y los personajes respiran y las palabras rompen toda ilusión, para volverse más reales.
miércoles 20 de mayo de 2009
Lluviosos los días
Empieza la temporada de lluvias y me toma levemente desprevenido. Necesito un cobertor y otras cortinas. Las últimas noches he despertado por el frío y también me las he tenido que ver con una coladera tapada, sudaderas mojadas o tenis que sufren de hipotermia. Recuerdo que de niño me gustaban las fiestas por mi cumpleaños, pero siempre, irremediablemente llovía, y eso entorpecía los juegos de futbol, las escondidillas o demás juegos emocionantes. Recuerdo más raspones que regalos, recuerdo más pantalones rotos que pasteles, recuerdo resfriados post-aniversario. Quizás fue hasta mucho después cuando empecé a amar la lluvia. Después de aquella vez en que, luego de ver la película de La profecía, me escondí en un sillón verde preguntándome si un granizo intempestivo significaba el fin del mundo. Después de eso, seguro, aunque el primer momento que me viene nítido es en la preparatoria, en las caminatas que mi amigo Omar y yo hacíamos por el campo terroso, arenoso y pedregoso de futbol, hablando de amigos, chicas y viajes futuros. Un campo desolado y donde el polvo se quedaba quieto, y sentíamos el agua en la frente y corriendo sobre los labios, mientras los demás nos observaban escudados en los miradores del tercer piso. Así es. Allí estaban otra vez las coladeras tapadas en los pasillos, mis sudaderas mojadas y mis tenis con hipotermia. Pero también había algo más. Eso que algunos pueden contar como días felices. Y por supuesto lluviosos.
martes 12 de mayo de 2009
Melancolía
La melancolía me tomó el 10 de mayo y se volcó completamente sobre mis hombros el día de ayer. Melancolía de la madre ausente, de esa que sueño muchas noches a la semana, como si estuviera conmigo, a mi lado, hablándome, acariciándome, preguntándome cosas, riendo. Madre que toco y reacciono un momento después, para volver al aire gris, un poco pesado, del día, y el pecho batiendo salvaje, solitario. A mi madre, por lo general, no la recuerdo enferma, sino llena de vida, llevándome a nadar, mirando juntos una película en casa, la recuerdo bailando conmigo en los andenes del metro ante la mirada displicente de mi hermana, contándome cosas u oyéndome la Legión que traigo adentro en las playas arenosas de Tecolutla. Me regañaba por mi letra, me decía nombres hermosos, se emocionaba si yo le contaba un cuento o le daba un poema, no importa lo malo que fueran. Quizás son lugares comunes, pero mi madre y su energía, su calidez, su amor, su inteligencia y su dulzura nunca serán algo común. Todos los que la conocieron pueden atestiguarlo. Por eso tanta gente la rodeó en cuanto supo de su enfermedad y era difícil a veces hacerse un espacio entre la preocupación e inquietud de alumnos, exalumnos, amigos, compañeros, familiares o conocidos. No conozco una mirada de mayor dulzura que la suya, ni un abrazo más sincero. Faltan líneas, no podré describirla, siempre daré tumbos y vueltas y viajes alrededor de su imagen, y la melancolía se irá y volverá siempre, una condena para toda la vida, en el límite de mi cuerpo y la noche. Lo que he querido decir es que la recuerdo rotundamente. Cada rasgo, cada inflexión, los tamaños de su alegría y de su dolor porque, gracias a Dios, lo compartimos juntos. Salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Y eso es poco.
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jueves 7 de mayo de 2009
Pared
Vagar por una pared. Como un insecto, como una mirada. Vagar y recorrer una pared blanca sin fijarse en el tiempo, sin sentir el frío ni el azote del mundo. No preocuparse por esquivar las grietas, los residuos de papeles o pegamentos, las pequeñas imperfecciones del camino. Vagar por una pared mientras un poco de sol, un toque apenas, se filtra y da en los lomos pero todo sigue sucediendo allí, ahora, nunca, sin conciencia. Vagar por una pared sin que nada de ese movimiento deba alinearse en un pensamiento. Vagar. Vagando.
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