jueves 30 de abril de 2009
Días pandémicos
¿Qué hacemos cuando nuestro cuerpo reacciona y enferma? Cuando de repente las cosas no son lo que eran antes y nos vemos débiles, vulnerables, aislados de la normalidad, un poco ejerciendo la ciudadanía del país de los enfermos del que hablaba Lihn, cuando nos expulsan de la patria de los sanos y no hay sino mirar y preguntarse si nosotros somos los siguientes, los que de repente tenemos esa cara untada sorpresivamente por la desgracia. Hay una línea muy tenue entre lo que llamamos sanidad y morbilidad. Más bien, entre lo que llamamos normalidad y experiencia del cuerpo, generalmente una dolencia o un malestar. En tiempos como éstos, que el cuerpo nos reclame o viva algo desconocido nos alarma. Con enfermedades alrededor y amenazas de pandemia, pedimos al cuerpo que se quede dormido a todo dolor y contingencia, que se olvide del mundo, que recluya su esencia. Pero tenemos que salir, tenemos que marchar, tenemos que toparnos siempre con la muerte y la enfermedad. No sé si es un acto heroico, pero sí un acto de vida. Luchar y sobrevivir. Eso nos recuerda este panorama, una angustia vital para muchos, la angustia de nuestro término, pero también la extraña belleza y valor que emana de cada momento vivido incluso en el límite del desconcierto. Más allá de las calles vacías, un beso, el cuerpo del otro, su mano, sus ojos, sus labios, la desnudez acercándose, aunque tantos discursos y melancolías y muertes nos rodeen.
lunes 27 de abril de 2009
Tapabocas
Los últimos días nos reciben con la palabra epidemia y con montones de noticias, fragmentos, enlaces y entrevistas que tratan de explicar lo que está pasando. Los puerquitos, en la soledad de sus chiqueros, la salen debiendo. También los pájaros y hasta una señora en Oaxaca. Aparecen entonces también carteles, programas y folletos con recomendaciones. Cubrebocas agotados en las farmacias o a precios infames. Y lo que se ve en la calle ya es postal para cuento de ciencia ficción o película palomera de desastres. Calles y avenidas vacías, restaurantes cerrados con grandes letreros adheribles donde se lee "Suspensión de actividades", salas de cine y parques muertos. En las banquetas, policías, vendedoras de tamales y despachadores de tiendita lucen sus telas blancas y azules que les cubren el rostro. Grandes y pequeños, metidos en sus casas, a la espera de que el próximo informe arroje mayores certezas. Hay miedo, extrañeza, desconcierto. Por acá, ya escucho versiones de que quien siente cerca la enfermedad llama a amigos, parejas y anexos a reclutarse en una casa con una provisión de cervezas, libros, películas y condones para mejor soportar estas épocas oscuras y apocalípticas. Ahora me pregunto si todo esto no es una ficción dentro de este porción de ficciones que llamamos lo real. Hace un par de días, no miento, vi a una pareja que se daba besos con tapabocas integrados. Como un apéndice de los que tanto le gusta narrar a los consagrados del género. A Cronenberg le gustaría. Seguro.
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jueves 16 de abril de 2009
El nado
Hace tiempo, en uno de los periodos más oscuros que me ha tocado vivir, me vino un término para designarme: "Nadador de desiertos". Era una mezcla de la lectura de Héctor Viel Temperley, junto con los poemas del desierto de Zurita, además de las horas a mediodía, paradas, blancas, en que también buscaba y buscaba señales en libros como Isaías, en la Biblia. Hoy que volví a leer a Viel, luego de meses de no mirarlo ni tocarlo para mi tesis, recordé que en ese tiempo el desierto era un mar inmenso, ocre y blanco en mi cabeza. En todo había lisura, las cosas se presentaban sin relieve, el tiempo se había negado porque todo era continuo y rasposo, como los dolores en la garganta. No recuerdo mucho los sueños que tuve entonces, pero sí me recuerdo con esos libros abiertos a más de medianoche y con el cansancio terrible que uno tiene cuando camina y camina y ni siquiera sabe si se dirige a un sitio, si llegará a una zona segura cuando la noche y todos los miedos secretos nos alcancen. Cuando uno anda (nada) y siente que el cuerpo es demasiado corto para poder con su propia desolación. Recuerdo la sensación fría del piso (muchas veces leía tirado en los azulejos del que era mi cuarto), las rodillas dobladas y adoloridas, los cactus diversos creciendo en un filón de madera pegado a mi ventana. No sé cuántas veces viajé al desierto esas noches y cuántas veces creí que no regresaba. Ahora, en internet, encuentro la foto de una chica que nada en el piso, con los brazos y las piernas extendidos, y parece que hay una gracia mezclada con dolor que me une a esa imagen. Le agradezco a esa mujer por la foto. Le agradezco a Viel por la natación. En cuanto al desierto, todavía no lo sé.
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martes 7 de abril de 2009
Aviones
Hace un par de meses me extrañó la aparición de aviones en algunas cuartillas. Los aviones nunca fueron algo muy importante para mí, ni un objeto fetiche, ni lo que llaman metáforas obsesivas. Nada por el estilo. Nunca tuve el sueño de pilotear un avión ni tampoco tuve pesadillas de aviones que sucumbían ante amenazas mecánicas invisibles y caían al mar y dejaban un rastro de destrucción y montones de sobrevivientes peculiares y cadenciosos, tipo tripulación de la isla de Gilligan. Pero lo que apareció en unos cuantos escritos, sin que apenas me diera cuenta, se hizo luego una imaginería todavía más necesaria, como el relato de un hombre que pasaba el tiempo esperando aviones como señales o las imágenes de aviones repetidos como espejismos, flotando seriados en el cielo, ilusiones desérticas. Así, cuando llego a este nuevo sitio y me digo que las asociaciones románticas caprichosas se han acabado en la mayoría de las vidas, me sorprende notar que el cuarto está exactamente por debajo de la ruta que siguen las líneas de aviación comerciales. ¿Son los aviones del papel una premonición de los aviones de verdad? Pasan y pasan en distintos intervalos, viran, ajustan su velocidad, carraspean con sus motores como si estuvieran a punto de despeñarse en mi techo y de incendiarlo todo, y es gracioso sentir que yo estoy aquí abajo, clavado a la tierra, contándolos, aguardándolos. Quizás soy como un habitante del inframundo mientras otros humanos angelicales y estilizados pasan bebiendo su último whisky o martini, pactan una cita con una azafata o se abrochan los cinturones para descender al nivel del resto de los mortales. Casi un habitante de las cavernas, mirando las señales celestes, revolviéndome en la cama para dormir, desnudándome, vistiéndome, dibujando signos sin sentido sobre unos obscenos pájaros de metal que son pura lata, turbinas, incertidumbre.
jueves 2 de abril de 2009
Edipo contraataca
Recuerdo una escena de El Club de la Pelea en que Brad Pitt y Edward Norton se preguntan mutuamente con qué personaje histórico les habría gustado pelear. Recuerdo que hablan de Abraham Lincoln (por su altura) y de Hemingway (por su tan mentada capacidad para el boxeo), pero me parece que es Pitt, en el papel de Tyler Durden, el que trae a colación a su padre. Algo así como que le hubiera gustado pelear con él, pues era un tipo que le daba órdenes y le fijaba metas para evaluar su capacidad de "realizarse en la vida". Hoy me azota esa verdad cuando recuerdo a mi padre, a quien no veo hace más de un año. Me imaginé qué diría mi padre de mí, el inútil de la familia (el que prefería el futbol, los libros o los enamoramientos súbitos), si me topara comprando focos y pensando en arreglar regaderas o, aun peor, verificando con absoluto cuidado cuál de todos los Pato Purific es el indicado para su baño. Pérdoname, padre. Mis primeros enseres son todo menos la caja de herramientas verde metálica que había en la casa, con sus montones de desarmadores, pinzas, cintas, pericos, martillos y demás menesteres, y que fue una prueba de crecimiento hasta que fui capaz de cargarla sin ayuda. No, mis primeros utensilios son unas cuantas plumas, una libreta negra y un sleeping. Parbleu, malediction o alguna de esas frases de novela francesa de aventuras, diría mi padre. La deshonra familiar lo alcanzó con su único hijo varón, ese al que le daba una flojera enorme ver cómo arreglaba una computadora o luchaba con una instalación eléctrica o se pasaba horas devorado por la plomería hogareña. No, nunca fui de ese estilo, pero la maldición me llega por rebote y se jacta de haber cobrado venganza cuando me veo comprando focos y pensando cómo mejorar mi regadera. Como a lo Edipo. O peor.
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