martes 31 de marzo de 2009

En la mudanza

Ahora que estoy por irme de lo que fue mi casa, me encontré unos papeles y fotocopias entre los montones de escritos sin futuro que he producido con espantosa precisión. Cartas, recados, relatos, poemas, citas al vuelo; entre toda esa summa nostálgica, un puñado de hojas me llamó otra vez, no sé cómo llegó a colocarse entre un libro sobre los huicholes y una pila de revistas Playboy. Es una carta que le escribí a mi abuelo para contarle las últimas noticias de la tierra, lo que pasaba entonces, en noviembre de 2006. Mi abuelo Felino murió en el 2000 y desde entonces es una de esas presencias calladas, tutelares, escondidas, que me viven en los lunares y cicatrices del cuerpo y que también viven cada vez que tomo un libro o pongo una palabra. Lo que escriba o lo que lea es, hasta cierto punto, responsabilidad de ese tiempo cuando me enseñaba sus textos y platicábamos a solas hasta la noche, hablando de Veracruz, rancherías, ríos, campos y parientes perdidos. La carta habla de la enfermedad de mi madre, de la situación absorta de los integrantes de la casa ante la noticia del cáncer, de la soledad de mi abuela. Es también un homenaje a Enrique Lihn y a ese libro magnífico y doloroso, Diario de muerte, que tiene una irónica vitalidad que no desentona con la de sus tapas rosas y moradas (en la edición mexicana). En fin, me encontré con todo esto mientras guardaba algunas de mis últimas cosas y me alistaba para la mudanza. Metí la carta en mi morral y preferí leerla hasta hoy, aquí en el trabajo. Es una misiva sincera y muy pulida, casi no puedo creer que esté tan atravesada de exámenes médicos, pleuresías, sondas y noches de hospital. No sé, me reconozco y no me reconozco. La escritura es casi hermosa y delicada, y de repente me pone mal todo ese aparato armónico, bien puntuado y casi poético que insinuaba en esas líneas. Ahora no podría escribir una carta así. La hubiera destruido en medio de tantos borrones. Pero me quedo con el sueño que narraba el principio de esa misiva, porque era verdad y otras veces esa imagen ha venido marchando a mi cabeza a confirmarse. La tierra de los muertos como un parque temático, con teleféricos, montañas, algodones de azúcar y papas aceitosas. Allí mi abuelo me saludó, me mostró una cumbre desde la que asomaban unos muertos muy limpios y nada distintos a nosotros, y luego volteó a seguir caminando para perderse en medio de la multitud. No pude volver a encontrarlo en el sueño. Tampoco afuera, aquí, en este mundo. La carta está publicada en un libro editado por la UNAM, pero tampoco he podido (ni querido) encontrarlo. 

lunes 30 de marzo de 2009

Michaux fetal

Yo era un feto.
Mi madre me despertaba cuando le venía a la mente el señor de Riez.
Al mismo tiempo, a veces se despertaban otros fetos, hijos de madres golpeadas o que tomaban alcohol o estaban ocupadas en el confesionario.
Una noche, éramos entonces setenta fetos que conversábamos de vientre a vientre y a distancia, no sé muy bien de qué manera.
Después nunca nos volvimos a encontrar.
De ¿Quién fui? , 1927.

La errancia de Henri Michaux (1899-1984) está presente desde el principio de su obra, en el diálogo de los fetos extraños y hermanos desde el útero materno, cuando todo es silencio y humedad y prisiones. Una proyección al afuera estando en el momento de mayor concentración en sí mismo, cuando el lenguaje es inicial sin ser lenguaje conocido y parecemos regulados por algo infinito, inmemorial, en un cuerpo imperfecto que encuentra una armonía provisional para albergarnos. Hablar de Michaux me gusta; la biografía se encuentra fácilmente. Su salida en barco cuando era muy joven, la sensación de que Bélgica, su país natal, no le era un sitio cómodo. Michaux viajó por necesidad a conocer otros aires en América, Europa, África. Pero también viajó hacia adentro, definitivamente desde la muerte de su mujer Marie-Louise y de esa hermosísima y durísima elegía “Nosotros dos aún”, de 1948. Michaux es uno de esos hombres que se desenvolvieron en dos direcciones: adentro y afuera. Una especie de hombre malla, hombre ovillo, que al mismo tiempo que se anuda está rodando. Aunque creo que él hubiera preferido tener la naturaleza de los fluidos, algo líquido y medio chicloso, muy dúctil siempre, que se estira y se alarga y de pronto se desvanece como sus dibujos de los Meidosems. Escritura fluido, escritura fuertemente in-fluida por el arte plástico, por Ernst y de Chirico al principio, y luego más allá y siempre, la caligrafía china. Así que Michaux escribía y dibujaba casi al mismo tiempo, descubría países y pueblos imaginarios, sacaba poemas medio místicos y también atinadamente rabiosos (“Yo remo”), amaba a una mujer consumida por el fuego que se le había vuelto pura ceniza y memoria, tenía su propia zoología fantástica, se dejaba llevar por la mescalina para encontrar todo lo que estaba dentro de sí (el otro de mí, diría Pey). Experimental Michaux, pero de verdad, no sólo por un anhelo de crear modos de lectura trasversales o atravesados en una página, sino experimentándose en todo y en todos, metiéndose en la boca del lobo que nos crece a todos dentro de la tráquea, o en la cabeza o en los ojos abiertos, en el infinito turbulento que somos.

domingo 29 de marzo de 2009

Vagabundez, 1

Me vienen a la mente dos citas como inicio de estos signos vagabundos. Un verso de Bonnefoy ("Vivido ya el instante en que la carne más cercana se muda en conocimiento") y una línea de Vila-Matas, en Suicidios ejemplares ("Viajar, perder países"). No pretendo explicarlas; brillan y se oscurecen por sí solas, pero propongo un acercamiento. La primera es una cita de fusión. Puede ser una pareja en el acto de penetrarse sexual o intelectualmente, quizás el ser humano con su Dios, o un crimen, o la muerte, o el destino en una de sus formas predilectas: un cuerpo. Hemos conocido un cuerpo, y quizás no se trata de otro ser allá afuera, sino del cuerpo que uno mismo ejercita y ejecuta, el cuerpo en que uno desarrolla toda actividad y todo sueño. Es decir, la cita me habla de otro y a la vez de mí mismo. Supongo que es una aspiración que a muchos les suena mística o pedante. Pero creo en el conocimiento del cuerpo, mediante el cuerpo, no sólo en el conocimiento espiritual o intelectual. Creo que el cuerpo enseña fundamentalmente en el dolor y en la ausencia, pero también trae sus revelaciones en la alegría, la euforia, la revelación del instante al lado de los amigos, de la persona que uno ama o desea, de un buen libro, una plática, el alcohol, la soledad, la oración o lo onírico. Todo ello está en el cuerpo. Lo aprendí cuando hace dos años viajé al desierto interior. Fue la aridez total, la falta de perspectiva, la terrible noción de que los días eran monedas arrojadas al abismo. Regresé, pero era otro. Todos somos otros después de la muerte, del dolor, de la enfermedad. Aquí entra la segunda cita, esa que refiere Vila-Matas, y que en realidad es un verso luminoso de Pessoa. Al salir, al vagar en el exterior, uno es capaz de errar también adentro. Uno se convierte en otro constantemente, se experimenta. Las divagaciones de Rousseau, pese a su ridículo accidente con un perro, unen el principio de la errancia y la caminata moderna. Los Diálogos de Platón se dan en el camino. De allí hasta los viajeros (vagabundos) más recientes y estrambóticos. Recuerdo la idea de un querido amigo. La escritura de la periferia, de los baldíos, las torres y las antenas de comunicación. Lo extrarradial, lo que está más allá del centro. En mí, esta escritura de la periferia termina por traerme de nuevo al núcleo de todo, a la voz de la que surge el mundo, el mío. Viajar y perder países es también volver a encontrarnos con lo desconocido, a luchar contra el vacío que nos crece en el costado. Aprender a tener, a perder, a reconstruir. También volver a sentir, quizás, el cuerpo de una manera más intensa, luego de haberlo abandonado un rato por indiferencia, por falta de tiempo, por rutina o aburrimiento. Estoy del lado de escrituras corporales, orgánicas y vagabundas. Hablaré de ellas en otra ocasión. Por ahora, termino esta primera errancia con un recuerdo. En alguna consulta médica, un internista me habló del llamado nervio vago. Se trata de un nervio que inicia, digamos, en la garganta y realiza un recorrido caprichoso por el cuerpo, sorteando los pulmones, las vísceras, arañando la cavidad abdominal, saliendo de nuevo hasta la garganta. Cualquier doctor se burlaría por mi reduccionismo. Pero la idea me atrapó. Un nervio vagabundo dentro del cuerpo, que toca, acaricia, causa dolor, brinda sensaciones a partes tan disímiles del organismo. Como una larga cuerda de dolor y experiencias, algo verdaderamente musical. Un nervio errante dentro de otro ser errante, contingente, viajando y perdiéndose y enredándose y surgiendo nuevamente. Bienvenidos.