Heureux qui, comme Ulysse, a fait un bon voyage.
Joachim Du Bellay
Dichoso aquel que hizo el viaje de Odiseo.
Dichoso si, al partir, sintió potente la armadura de un amor,
extendida en su cuerpo, como las venas en que bulle la sangre.
De un amor con un ritmo inacabable, invencible como la música y eterno
porque nació cuando nacimos y al morir, si muere,
no lo sabremos nosotros ni otro alguno.
Ruego a Dios me asista para decir, en un instante de gran regocijo,
cuál es este amor;
estoy sentado rodeado de desierto, y escucho su murmullo lejano,
como el eco del mar que se unió al huracán, inexplicable.
Y se presenta ante mí, una y otra vez el fantasma de Odiseo,
con ojos enrojecidos por la sal de la ola
y por el deseo maduro de volver a ver el humo que brota de la tibieza de su casa
y su perro envejecido esperando en la puerta.
Erguido alto, musitando entre sus barbas blancas,
palabras de nuestra lengua, como la hablaban hace tres mil años.
Extiende la palma de una mano encallecida por las cuerdas y el timón,
con una piel deteriorada por el viento, el calor y la nieve.
Diríase que quiere expulsar al Cíclope sobrehumano que ve con un ojo,
las Sirenas que en oyéndolas olvidas,
a Escila y a Caribdis de entre nosotros;
tantos monstruos complicados que no nos dejan pensar
que éste era también un hombre que luchó
en el mundo con el alma y con el cuerpo.
Es Odiseo; aquel que dijo que se hiciera el caballo de madera
y los aqueos ganaron Troya.
Me imagino que viene a aconsejarme cómo hacer yo también
un caballo de madera para ganar mi propia Troya.
Porque habla humildemente con calma, sin esfuerzo,
parece conocerme como un padre
o como ciertos marinos que,
apoyados en sus redes a la hora en que otoñaba
y se enfadaba el aire, me decían cuando yo era niño,
la canción de Erotókrito con lágrimas en los ojos;
entonces me asustaba en mi sueño
oyendo el adverso destino de Aretusa
descendiendo los peldaños de mármol.
Me hice del dolor difícil de sentir las velas de tu barco
hinchadas por la memoria y tu alma convertida en timón.
Y estar solo, oscuro en medio de la noche,
y a la deriva como la paja en la era.
De la amargura de ver a los compañeros naufragando en elementos,
abatidos, diseminados: uno a uno.
Y de cuán extrañamente te reanimas hablando con los muertos,
cuando los vivos que te quedan ya no bastan.
Habla... veo aún sus manos que sabían probar si estaba bien tallada en proa la sirena
regalarme el mar sin olas, celeste, el corazón del invierno.
(He sacado el poema de otro blog, luego que me cimbró encontrar la última parte en un cuaderno de notas. Lo copié línea por línea y eso disculpará las erratas de puntuación que se hagan evidentes en otras ediciones. A modo de precisión pseudofilológica, entre las traducciones hay otra versión de la penúltima estrofa que dice: "Y de qué extraña manera te haces hombre hablando con los muertos / cuando los vivos que te quedan ya no bastan". De esta última manera aparece en Yorgos Seferis, "Sobre un verso ajeno", Antología poética, Visor Libros, p. 75.)