miércoles 1 de febrero de 2012

Rodolfo Walsh

Declaro mi admiración por Rodolfo Walsh. Había esperado para escribir esta entrada sobre todo para hacerme una idea más amplia del hombre, pero ya es tiempo. Hace un mes, leí Operación Masacre. Era impresionante, era espeluznante a la vez: su investigación de una matanza de Estado sobre un puñado de inocentes en un descampado, en un episodio de la Revolución Libertadora de 1956. Lo leí sin pausa, con horror e indignación, trazando caminos desde Argentina hasta México. Un periodista argentino me dijo que los textos de Walsh son como libros de cabecera para los estudiantes de periodismo de allá. Entiendo por qué. Porque son literatura. No con la etiqueta de "comprometida", aunque lo es. Hay una filiación, hay una idea o una conciencia política que nace, hay una escritura contingente, del día a día, hay investigación y fuentes e incluso el recuento de los problemas para publicar estos textos, al calor de la lucha y la represión. Es la famosa no-ficción estadounidense antes de que Capote se apropiara del término y su gloria en las escuelas de comunicación y las redacciones de periódicos o noticias. Pero Walsh era un gran escritor y por lo que he leído y comprendido, a partir de Operación Masacre y su mayor participación en los grupos rebeldes, esta dicotomía de "intelectual" o "comprometido" le pesó en el alma. Ahí empezó a convertirse en el luchador. Walsh eligió un camino y murió tiroteado como una trágica leyenda, siendo un hombre. Y algo de ese aliento que se entregó a una lucha social y política de aristas que apenas empiezo a conocer, una porción imponente de esa vivacidad, late también en sus cuentos. He podido leer los que algunos consideran los mejores: el imprescindible "Nota al pie", "Fotos". Hoy acabo de terminar el magnífico "Irlandeses detrás de un gato". Qué escritor, Walsh. Cuántos tonos había ahí. Desde las prosas más intelectuales y policíacas a lo Borges, hasta las escrituras de la locura o de la violencia en un albergue de niños irlandeses, donde hay un tono a lo bíblico-Faulkner que reconocieron otros como Ricardo Piglia, sin olvidar que esa prosa se transformó en arma funcional de resistencia política. El punto es que los relatos de Walsh viven y hoy he tenido una muestra de ello en una ráfaga. Despido este lirismo que se me sale de las manos con sólo una cita de su prosa. Corto:

"Fue sólo una erupción de puro sentimiento, que le puso de punta cada pelo de la piel; algo parecido a lo que siente la piel de un caballo cuando huele un tigre en el horizonte. Tal vez comprendió que estaba a punto de conocer a la gente de su raza, a la que su padre no pertenecía, y de la que su madre no era más que una hebra descartada. Les temía intensamente, como se temía a sí mismo, a esas partes ocultas de su ser que hasta entonces sólo se manifestaban en formas fugitivas, como sus sueños o sus insólitos ataques de cólera, o el peculiar fraseo con que a veces decía cosas al parecer comunes, pero que tanto perturbaban a su madre."

Rodolfo Walsh, "Irlandeses detrás de un gato" en Cuentos completos, Madrid, Veintisiete letras, p.273.


viernes 27 de enero de 2012

Truong Tran, polvo y conciencia

quizás en otro tiempo nuestra historia sería distinta no habría despedidas y por tanto no habría retornos tú serías la maestra en una aldea del norte y yo el pescador viviríamos en paz con el canto de las cigarras como fondo el murmullo del aliento del mar y poemas como hierba creciendo entre las grietas de nuestras vidas quizá en esa vida la rana y el escorpión viven mejor como amantes

(perhaps in another time our story would be different there would be no leaving and thus no returning you would be the teacher in a northern village and i the fisherman we would live quietly to the background singing of cicadas the whispering of the ocean`s breath and poems like weeds would grow from the cracks of our lives perhaps in that life the frog and the scorpion are better off as lovers)


en sus memorias el joven escribió un capítulo tras otro sin usar puntuación sus imágenes sangraron de la una la otra sus palabras fueron monjes nómadas vagando por la página habiendo agotado las historias de su corta vida el hombre decidió que había llegado a un final escribió una última línea con indiferencia terminó con un punto la mañana siguiente al despertar descubrió las páginas blancas vacías

(in his memoir the young man wrote chapter after chapter without the use of punctuation his images bled from one the other his words were nomadic monks roaming the page having exhausted the stories of his young life the man decided he had arrived at an ending he wrote one last line nonchalantly he ended on a period when he woke the next morning he found the white pages void of print)


el otro al ser percibido es el lenguaje o la pérdida del otro como lugar un país extraño amado el otro al ser descifrado no es más que el yo diciendo intensamente al amarte a ti yo me pierdo

(the other as perceived is language or the loss of other as place stranger country beloved the other when deciphered is but the self intently saying in loving i lose myself)



Es raro que uno lea un libro de poemas de una sentada. Es un abuso, es una inconsciencia o una falta de respeto a lo que algunos llaman la cima del lenguaje, la absoluta conciencia de la palabra, el universo concentrado en unos cuantos signos, la revelación. Los poemas no son para leerse rápido. Arrastran incluso una amenaza de hartazgo para el lector. Pero sin ánimo de perderle el foco a la poesía, esta vez ha sido así. He pasado el tiempo anterior leyendo a Truong Tran (Saigón, 1969), a quien recién descubro en la traducción que Ricardo Cázares hace de polvo y conciencia (minúsculas en el original, algo que dice bastante de la valoración menos grave de los términos). Y pienso que quizás he leído con la misma intensidad todo el poemario porque ése es el espíritu de lo que ahí está escrito. polvo y conciencia es una historia personal, familiar, donde se vislumbra un amor perdido. En ella hay una forma, un lenguaje que parece hacerse a un lado de lo narrado, pero es a la vez su protagonista. Leo este conjunto como un relato fragmentado, donde todo es ritmo, cadencia, sin un solo signo de puntuación. Cada vez me convenzo más de que poesía es respiración, y aquí, gracias a la traducción y a la edición bilingüe, escucho respirar una voz. El mérito es la palabra. El mérito es el silencio que rodea a su vez la página. No conocía a Tran, poeta vietnamita radicado desde niño en Estados Unidos, pero me hace pensar en esos espacios aéreos e intensos que hay en la escritura de Samuel Beckett, por ejemplo, y en toda la tradición francesa del golpe de dados de Mallarmé, hasta las escrituras personales de Cendrars o Michaux. Pienso también en los poemas desérticos de Raúl Zurita. Pero quizá desvarío, porque en Tran esa palabra de flujos de conciencia y respiración interior está fijada en la cotidianidad del instante, en el clímax de lo que –en apariencia– es antipoético (el propio poeta usa la palabra antipoema). Y en una fauna pequeña, restringida, de ranas, escorpiones y cangrejos, Tran desgrana un amor homosexual, la migración y las figuras desvanecidas de sus padres, el encuentro con el día a día. polvo y conciencia ha sido un descubrimiento inesperado; ganó el San Francisco Poetry Center Book Prize en 2002. Tómense este puñado de comentarios como una primera impresión intensa de su lectura.

Truong Tran, polvo y conciencia, trad. de Ricardo Cázares, México, Mangos de Hacha, 2010.

miércoles 25 de enero de 2012

Giorgos Seferis, "Sobre un verso ajeno"


Heureux qui, comme Ulysse, a fait un bon voyage.
Joachim Du Bellay

Dichoso aquel que hizo el viaje de Odiseo.
Dichoso si, al partir, sintió potente la armadura de un amor,
extendida en su cuerpo, como las venas en que bulle la sangre.

De un amor con un ritmo inacabable, invencible como la música y eterno
porque nació cuando nacimos y al morir, si muere,
no lo sabremos nosotros ni otro alguno.

Ruego a Dios me asista para decir, en un instante de gran regocijo,
cuál es este amor;
estoy sentado rodeado de desierto, y escucho su murmullo lejano,
como el eco del mar que se unió al huracán, inexplicable.

Y se presenta ante mí, una y otra vez el fantasma de Odiseo,
con ojos enrojecidos por la sal de la ola
y por el deseo maduro de volver a ver el humo que brota de la tibieza de su casa
y su perro envejecido esperando en la puerta.

Erguido alto, musitando entre sus barbas blancas,
palabras de nuestra lengua, como la hablaban hace tres mil años.
Extiende la palma de una mano encallecida por las cuerdas y el timón,
con una piel deteriorada por el viento, el calor y la nieve.

Diríase que quiere expulsar al Cíclope sobrehumano que ve con un ojo,
las Sirenas que en oyéndolas olvidas,
a Escila y a Caribdis de entre nosotros;
tantos monstruos complicados que no nos dejan pensar
que éste era también un hombre que luchó
en el mundo con el alma y con el cuerpo.

Es Odiseo; aquel que dijo que se hiciera el caballo de madera
y los aqueos ganaron Troya.
Me imagino que viene a aconsejarme cómo hacer yo también
un caballo de madera para ganar mi propia Troya.

Porque habla humildemente con calma, sin esfuerzo,
parece conocerme como un padre
o como ciertos marinos que,
apoyados en sus redes a la hora en que otoñaba
y se enfadaba el aire, me decían cuando yo era niño,
la canción de Erotókrito con lágrimas en los ojos;
entonces me asustaba en mi sueño
oyendo el adverso destino de Aretusa
descendiendo los peldaños de mármol.

Me hice del dolor difícil de sentir las velas de tu barco
hinchadas por la memoria y tu alma convertida en timón.
Y estar solo, oscuro en medio de la noche,
y a la deriva como la paja en la era.

De la amargura de ver a los compañeros naufragando en elementos,
abatidos, diseminados: uno a uno.
Y de cuán extrañamente te reanimas hablando con los muertos,
cuando los vivos que te quedan ya no bastan.

Habla... veo aún sus manos que sabían probar si estaba bien tallada en proa la sirena
regalarme el mar sin olas, celeste, el corazón del invierno.



(He sacado el poema de otro blog, luego que me cimbró encontrar la última parte en un cuaderno de notas. Lo copié línea por línea y eso disculpará las erratas de puntuación que se hagan evidentes en otras ediciones. A modo de precisión pseudofilológica, entre las traducciones hay otra versión de la penúltima estrofa que dice: "Y de qué extraña manera te haces hombre hablando con los muertos / cuando los vivos que te quedan ya no bastan". De esta última manera aparece en Yorgos Seferis, "Sobre un verso ajeno", Antología poética, Visor Libros, p. 75.)


miércoles 18 de enero de 2012

Juan Gelman, "Lamento por Gallagher Bentham"

Cuando Gallagher Bentham murió
se produjo un curioso fenómeno:
a las vecinas les creció el odio como si hubiera aumentado la papa
feroces y rapaces comenzaron a insultar su memoria
como si el deber obligación o tarea de gallagher bentham
fuera ser inmortal

siendo que él se preocupaba cuidadosamente
de vivir imperfecto a fin de no irritar a los dioses
jamás se cuidó de ser bueno sin ganas
pecó y gozó como los mil diablos
que sin duda lo habitaban de noche
y lo obligaban a escribir versos sacrílegos
en perjuicio de su alma

así
creció famoso por su desparpajo y sus caricias
"ahí va gallagher bentham el desgraciado malparido" decían las vecinas a sus hijos
y lo mostraban con el dedo
pero de noche soñaban con él
de noche una extraña nube o mano o seda
se les metía en la garganta soñando con él

¡ah gallagher bentham gran padre!
pueblos enteros habría fundado nada más con sus hijos
de haberlos querido tener
de no haber sido por los versos
que no piden de comer y es de lo poco que tienen a favor

de modo que murió nomás y la gente
desconcertada por la falta de ejemplo del mal ejemplo
o con la sensación de haber perdido algo de su libertad
designó representantes que entrevistaron a gallagher bentham
y por más preguntas que le hicieron
sólo escucharon el ruido de abejas en su cuerpo
como si estuviera haciendo miel
o más versos en otra cosa siempre

es difícil saber porque el vecindario de Spoker Hill llegó a odiarlo así
lo descuartizaron una mañana de otoño para alegría de los chicos
no hubo más nubes en garganta de mujer
ni desquites feroces en cama con marido extrañado
o hasta sueños de las más delicadas que llenaban la noche
y hacían girar el viento y llover

todos los arbolitos de Spoker Hill se secaron
menos el tábano real que volaba y volaba
alrededor de gallagher bentham o sus últimas mieles

Juan Gelman, Sidney West y otros poemas, Madrid, Visor, págs. 275-276.

(Aquí uno de mis poemas favoritos de uno de mis poetas favoritos, sobre un personaje que llama en la sangre.)

miércoles 4 de enero de 2012

Muhammad Ali, novelista




Con ustedes Muhammad Ali, entrevistado por Playboy, en octubre de 1964. Entonces Ali todavía se llama Cassius Clay, no se ha convertido al Islam, no ha sido derrotado y es el bocafloja que empieza a vencer a los grandes pesos pesados de su tiempo. Ali todavía no ha peleado con Frazer ni con Foreman, en lo que serían algunos de los grandes showtimes de la era moderna. Pero Ali es Ali desde entonces. Leo las preguntas de Alex Haley, pero me impresionan más las respuestas. Ali busca en todo momento respeto, eso que le niegan los críticos ortodoxos del pugilato. Dice que siempre le ha gustado ser el centro de atención, que desde niño sus combates estaban llenos de otros niños que esperaban que alguien le quebrara esos labios gordos desde los que hablaba y fanfarroneaba, que su primer pelea fue a los 12 años contra un niño blanco y ganó. Ali dice sin tapujos que quiso saltar desde muy joven al profesionalismo, porque no quería llegar acabado y golpeado a su primera pelea.
Pero una de las cosas que más me impresiona de la charla del Campeón son sus enseñanzas narrativas, a modo de tenues tácticas que todo aspirante a escritor podría aprender. Me sorprende cómo Ali describe su manera de intimidar a los rivales, cómo se mete en la piel del otro peleador, cómo lo distrae con su boca para jugar con el otro en el ring, cómo lo engaña, incluso cómo crea un personaje de sí mismo, esa ficción, esa voz narrativa necesaria que le permitirá llegar al triunfo o ser efectivo. Me hace pensar en el modo en que algún escritor o director genial juega con nosotros en los instantes del arte. En algún momento, contra su rival Sonny Liston, Ali era that crazy Cassius Clay, el bocafloja que sería sacado a rastras por los médicos, el que hacía creer al otro que sólo era un fanfarrón más; pero fuera de las cámaras, a la sombra, Ali no para de entrenarse y de mejorarse física y técnicamente. Prepara su obra metódicamente, es aquel artista necio que siempre declara que está haciendo la obra del siglo ante las cámaras, y está convencido de su verdad y balbucea discursos, y llegada la hora, verdaderamente, la termina.
Cuando Alex Haley le pregunta por su preparación, Ali contesta casi como un novelista, un periodista, un escritor: "Sí (estudié a Sonny Liston). Su estilo de pelear. Su fuerza. Su punch. Cosas como ésas, pero eso era sólo una parte de lo que estudiaba. Cualquier boxeador estudiaría cosas como ésas del boxeador con el que va a pelear. Lo importante para mí era observar cómo actuaba Liston afuera del ring. Leí todo lo que pude de sus entrevistas. Hablé con la gente que lo había rodeado o que había hablado con él. Me tiraba en la cama y reunía todas esas cosas y pensaba en ellas, para tratar de hacerme una imagen de cómo trabajaba su mente. Y así fue como se me ocurrió que podía manejar las cosas, podía usar la psicología contra él –ya sabes, picarlo y ponerlo tan nervioso que ya lo habría vencido antes de que subiera al ring conmigo. ¡Y fue justo lo que hice!"
Muhammad Ali como ser obsesivo, como temperamento concentrado, como detective reflexivo que se aleja de sus puños para apelar a cierta lógica de personaje, al relato de su antagonista, y así descubrir la respuesta de su enigma. Era grande Ali como campeón, pero sobre todo como mente narrativa. "Cuando un hombre cree que estás loco, pensará dos veces antes de actuar. Imagina que estarás dispuesto a hacer cualquier cosa", dijo el Campeón recordando el incidente en que llegó a tratar de tirar la puerta de Liston a las 3 de la mañana. Luego se burla un poco de que el enemigo no tuviera una mente tan rápida como la suya, de que no examinara cuidadosamente todas esas acciones. Ahí esta Alí jugando al creador loco que se siente superior, al verboso surrealista, al showman que escandaliza las buenas conciencias, pero que tiene todos los ases bajo la manga. Algunos dirán que son rasgos del narcisista y del machito inseguro que busca ganarse el respeto social y el de sus pares mayores. Cierto, pero también queda claro que el Campeón es consciente y que los creadores no desconocen en sí mismos todo el cuadro antes mencionado.
Ali sabe lo que hace. Podía contar con perfecta lucidez su desempeño en el ring round por round, sabía lo que correspondía a cada momento, incluso sabía lo que vendría en el combate. Ali conocedor del ritmo del relato: "float like a butterfly, sting like a bee". Y por si fuera poco, Ali, boxeador-novelista, había logrado crear toda una ficción antes de ese clímax en el encordado. Recordaba montones de anécdotas como preámbulo del choque de los puños. Y lo disfrutaba. Y fanfarroneaba en ello. Con soberbia, con rimas simples y sencillas, que los críticos tildaban de horribles (aunque Ali tenía la boca llena de triste verdad: esos versitos con números eran más leídos y citados que cualquier verso de los poetas de su época).
Ahí esta Ali, en octubre de 1964, sentado y seguramente tan juguetón como envalentonado frente a los micrófonos de Playboy. Como el joven escritor que por fin se siente un demiurgo porque conoce a placer a todos sus personajes y sus intrigas, y sabe adónde va la obra de sus manos.


La entrevista Playboy con Ali en:
http://www.alex-haley.com/alex_haley_cassius_clay_interview.htm

martes 27 de diciembre de 2011

Paul Auster, La invención de la soledad (fragmento)

"La muerte despoja al hombre de su alma. En vida, un hombre y su cuerpo son sinónimos; en la muerte, una cosa es el hombre y otra su cuerpo. Decimos: "Éste es el cuerpo de X", como si el cuerpo, que una vez fue el hombre mismo y no algo que lo representaba o que le pertenecía, sino el mismísimo hombre llamado X, de repente careciera de importancia. Cuando un hombre entra en una habitación y uno le estrecha la mano, no siente que es su mano lo que estrecha, sino que le estrecha la mano a él. La muerte lo cambia todo. Decimos "éste es el cuerpo de X" y no "éste es X". La sintaxis es completamente diferente. Ahora hablamos de dos cosas en lugar de una, dando por hecho que el hombre sigue existiendo, pero sólo como idea, como un grupo de imágenes y recuerdos en las mentes de otras personas; mientras que el cuerpo no es más que carne y huesos, sólo un montoncillo de materia."

Paul Auster, La invención de la soledad, Trad. de María Eugenia Ciocchini, Barcelona, Anagrama, p. 24.

lunes 19 de diciembre de 2011

Palabras de niño para el Barcelona FC

"El Barça ha inventado un sistema nuevo: el 3-7-0", dijo el derrotado técnico del Santos de Brasil, Muricy Ramalho, tras la goliza sufrida en la final del Mundial de Clubes.
En estas líneas trataré de disentir con la carretada de elogios que los culés se han ganado, no porque no los comparta, sino con el ánimo de aportar algunos nuevos con cierta simplicidad de niño. Y es que lo del 3-7-0 me hace pensar en la necesidad esquemática que tienen los técnicos de explicarse la superioridad de sus rivales y me recuerda el modo como jugábamos de chicos: todos adelante, tratando de llegar a portería, dejando el trabajo de defensas a unos pocos, rotando las posiciones, abrumando al rival, buscando la recuperación inmediata del balón. Sé que el concierto del Barça tiene todo menos la desorganización simplista y pueril que planteo, pero sí respeta la esencia de que todo mediocampista puede oler y anhelar el gol, un lateral puede llegar al fondo y centrar, un delantero puede barrerse a medio campo para ganar un balón, un equipo puede sostener la avidez de anotar y volver a anotar; en contraposición directa a la rigidez del llamado fútbol moderno, que tantas trabas y soberbias engendró pensando en términos esquemáticos y dibujos tácticos medrosos y llegó a jugar con un solo punta y 10 barredoras detrás de media cancha, privilegiando el no perder.
Y resulta que el equipo más ofensivo, por azares del destino, resulta ser el que no tiene delanteros. Porque los delanteros no son sólo esos atacantes fijos, de espaldas al gol, en pique solitario y de figura casi decadente y vagabunda; los delanteros no sólo son esos troncos ni torres solitarias ni "referencias de área" ni cazagoles consumados que tanto se han esforzado en inculcarnos en el último medio siglo. Bajo ese concepto, lo del Barça no son esos puntas. Aquí hay jugadores de fútbol, pensantes, asociados, frontales, de fundamentos. Técnicos en diferentes grados, de cabeza levantada, de pelota al pie y que no han olvidado cómo se tira una pared o que el juego también es seducción, velocidad, cambio de planes y regates. Dicen que eso era el futbolista de antaño, no sólo un corredor de milla, ¿por qué carajos planteaban su desaparición?
Y añado: resulta también que el equipo más preciso, monopolizante y preciosista es aquel que juega como si hubiera olvidado que tiene un técnico enfrente (aunque lo tenga y sea uno de los mejores del mundo). Toda la libertad y rebeldía en función de un grupo. Como un montón de niños incansables, que aman a la pelota, que se han cansado de quien quiere reventarla a pelotazos o se pasa la mitad del juego en saques de banda o faltas a medio campo. El Barcelona juega, se divierte y además es un gusto. Pasional, estéticamente. Es consciente, digamos, de su recepción e incluso de la historia que lo precede. Y esto me hace pensar en un último punto: que los blaugranas son quizás el capricho de la historia futbolística que vuelve y se muerde la cola. Me hace creer que regresan en 90 minutos trasvasados y mágicos aquellos equipos de antaño del potrero, de los inicios amateurs, que alcanzan una de sus cimas en el Brasil de los 50, jugando con sus 5 delanteros, con extremos incisivos y "dieces" reales, repartidos artística, lúdicamente, en pintoresca y pueril armonía sobre el campo.